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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 51

Maxwell se sirvió un trago corto y se quedó mirando el líquido ámbar antes de romper el silencio.

—Grace, tenemos que hablar de lo que pasó entre nosotros la otra noche —soltó Maxwell, finalmente levantando la vista—. De cuando nos fuimos de copas y terminamos... así.

Grace se tensó y dejó los documentos sobre el escritorio, frotándose las sienes. El recuerdo de los besos desesperados y las caricias torpes en la penumbra de la alcoba le provocaba un nudo de incomodidad en el estómago.

—Eso no puede volver a pasar, Maxwell —sentenció ella con voz firme, aunque cargada de una honestidad cruda—. Hemos sido amigos todos estos años, nos hemos apoyado en lo peor. Esa noche, gracias a Dios, nos quedamos dormidos antes de que fuera tarde. Eres un hombre muy atractivo, inteligente y bueno, pero si hubiéramos cruzado la línea, nada volvería a ser igual entre nosotros. Me he sentido mal solo por esos besos, por dejar que tus manos me tocaran así... Si lo hubiéramos consumado, habríamos destruido lo único real que tenemos.

Maxwell asintió lentamente, dejando el vaso sobre la mesa. Su rostro reflejaba el mismo alivio amargo.

—Lo sé, y me pasa igual. Hubiera sido un error imperdonable dejarnos llevar por el despecho y por la rabia —admitió él, suspirando—. Estábamos heridos, Grace. Pero no podemos permitir que ellos, que Sarah y Dominic, nos sigan afectando hasta el punto de hacernos perder la cabeza.

Grace soltó una risa seca, llena de resentimiento. Se puso en pie y caminó hacia el ventanal, mirando la ciudad.

—Para ti es más fácil, Maxwell. Al final del día, no hay nada que te ate a Sarah. En cambio yo... yo tengo que ver la cara de Dominic cada vez que miro a mi hijo —Grace apretó los puños, sintiendo cómo el desprecio por el abandono de la última semana le recorría las venas—. Pero se acabó. Vamos a destruir el imperio de los Pierce, pieza por pieza. A Dominic le va a doler mucho más perder su empresa que a sus propios hijos. Le daremos donde más le duele: en su orgullo y en su dinero.

Maxwell se colocó a su lado, compartiendo esa mirada gélida hacia el futuro.

—Entonces no habrá piedad —concluyó él—. Empezaremos con la impugnación de los puertos mañana mismo.

—Pero señor, si no intervenimos, los inversionistas van a convocar a una junta de emergencia para destituirlo por negligencia...

—¡Que convoquen a quien quieran! —lo cortó Dominic, con una furia fría que hizo que el empleado se callara al otro lado de la línea—. Llamen a los gerentes regionales, que los abogados se peleen con el sindicato o dejen que la empresa pierda lo que tenga que perder. Pero a mí no me vuelvas a molestar con problemas de fletes o huelgas mientras mi hijo esté en este estado. ¿Fui claro?

Colgó sin esperar respuesta y guardó el celular, sintiendo que el pecho le ardía de rabia. Extendió la mano y tomó la del pequeño, que se sentía helada entre los cables y la cinta adhesiva de la vía. Le dolía el alma ver así al niño.

—Daría cada puerto, cada barco y cada dólar solo por verte despertar con fuerza y completamente sano.

Ignoraba que, mientras él despreciaba su imperio para cuidar a Arthur, Grace y Maxwell en San Francisco interpretaban su silencio como la arrogancia de siempre, y estaban a punto de lanzar un ataque legal que él no vería venir hasta que fuera demasiado tarde.

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