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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 52

Sarah estaba sentada en la camilla fría del laboratorio, con el brazo extendido y el puño cerrado mientras la enfermera ajustaba el torniquete. El olor a alcohol y el brillo de las agujas la hacían sentir mareada, pero no apartó la vista. Necesitaba que esto funcionara a pesar de la barrera del tipo de sangre.

«Por favor, que seamos compatibles en lo genético. Que el tipo de sangre no importe ahora» suplicaba en silencio, cerrando los ojos con una fuerza que le hacía doler los párpados.

Sentía el pinchazo de la aguja y el flujo de su propia vida llenando los tubos de ensayo, uno tras otro. Cada gota que salía de su cuerpo era una oración desesperada. Sabía que al ser ella de un grupo sanguíneo distinto al de Arthur, las probabilidades eran menores, pero se aferraba a la prueba de compatibilidad HLA como si fuera un milagro. En su mente, la imagen de Arthur conectado a esos monitores en el piso de arriba la perseguía como una sombra. No podía perder lo único que en verdad amaba.

«Si soy compatible en el mapa genético, todo esto se acaba» pensaba con el corazón martilleando contra sus costillas. «Si yo puedo darle la médula, Dominic nunca sabrá la verdad. Podremos seguir adelante, él seguirá creyendo que es su padre y Arthur vivirá»

La idea de confesar le provocaba un terror paralizante. Imaginaba la mirada de Dominic, ese fuego en sus ojos si llegaba a enterarse de que Arthur era el hijo de Maxwell, el hombre al que él ahora despreciaba con toda su alma. Sabía que Dominic no solo la odiaría, sino que la borraría de su existencia sin piedad.

—Ya terminamos, señora Pierce. Presione aquí —dijo la enfermera, entregándole un algodón.

Sarah presionó el brazo con desesperación, como si pudiera empujar la suerte a su favor. Se quedó ahí, sola en el cubículo, temblando mientras veía los tubos de sangre etiquetados.

«No me obligues a decírselo, Dios, por favor» rogaba internamente, sintiendo un nudo de angustia que le cerraba la garganta. «Déjame salvarlo a mí. No dejes que Arthur pague por mi error. Solo necesito que mis marcadores genéticos coincidan con los suyos, que la ciencia oculte mi secreto»

Se puso de pie con las piernas flácidas, sintiendo que el mundo le daba vueltas. Tenía que subir de nuevo a la habitación, poner su mejor cara frente a Dominic y esperar los resultados de esa prueba profunda que definiría si Arthur tenía una oportunidad con ella o si tendría que buscar al verdadero padre en San Francisco.

***

Dominic salió de la habitación de Arthur sintiendo que las paredes lo asfixiaban. La imagen del niño tan frágil, sumada a la culpa que le pesaba por no haber llamado a San Francisco en toda la semana, lo tenía al borde del colapso. Sabía que Derek y Doménica probablemente pensaban que los había abandonado otra vez, pero con Arthur en ese estado, no podía prometerles nada. Cuando Sarah regresó de las pruebas, él solo murmuró que necesitaba tomar aire y salió sin esperar respuesta.

Se detuvo en un rincón apartado del jardín del hospital, rodeado de un silencio que solo rompía el viento frío de Nueva York. Con las manos temblorosas, inició una videollamada con Grace. El tono sonó hasta cortarse. Lo intentó de nuevo, pero ella no respondió. Frustrado y con el pecho apretado, le escribió un mensaje rápido: “Grace, he tenido problemas personales graves aquí en Nueva York. No me he olvidado de los niños, me gustaría saludarlos”.

Grace leyó el mensaje de inmediato. Durante siete días había visto a sus hijos preguntar por él con una esperanza que se apagaba cada tarde. Al principio decidió ignorarlo, pero al ver la tristeza en los ojos de Derek, la rabia cedió ante la compasión. Le devolvió la videollamada. Cuando la imagen cargó, Grace se quedó muda por un segundo: el semblante de Dominic estaba desencajado, con ojeras profundas y una palidez que delataba una agonía real.

—Tienes cinco minutos —sentenció Grace, endureciendo el tono para que él no notara que su aspecto la había perturbado.

Grace llamó a los niños, avisándoles que Dominic quería hablar con ellos. En cuanto las caritas de los pequeños aparecieron en la pantalla, el rostro de Dominic se iluminó con una emoción cruda.

—Hola ¿Cómo están? ¿Cómo les va en el colegio? —les preguntó, esforzándose por sonreír.

Los niños, con timidez inicial, empezaron a contarle cosas de sus clases. Dominic los escuchaba como si sus voces fueran el único anclaje que le quedaba.

—No los he olvidado, de verdad. Tengo mucho trabajo aquí —les aseguró, tragando saliva.

De pronto, el sonido estridente de una ambulancia que llegaba a urgencias se filtró por el micrófono. Grace frunció el ceño, dándose cuenta de que estaba en un hospital.

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