Grace se apoyó en el borde del escritorio, sintiendo que el mundo le daba vueltas. El plan que habían trazado con tanto resentimiento para golpear el patrimonio de los Pierce se estaba ejecutando justo cuando la familia de Dominic se caía a pedazos.
—Tienes que pararlo como sea —insistió Grace, con la voz quebrada—. No podemos hacerle esto ahora. El hijo de ellos... Arthur... se está muriendo, Maxwell. Tiene leucemia y no le queda tiempo.
Maxwell se quedó petrificado en su silla. El nombre del niño volvió a golpearlo con esa extraña familiaridad que no lograba entender.
—Debo llamar a los abogados —expresó de inmediato, no supo por qué las manos le temblaban, pero hizo esa llamada. —Vienen en la tarde —avisó a Grace luego de colgar.
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Dominic estaba sentado en la silla junto a la cama de Arthur, observando el ritmo lento del respirador, cuando su teléfono comenzó a vibrar de forma violenta. Era el director legal de Pierce Global. Dominic respondió con un gesto cargado de cansancio.
—Señor Pierce, lamento molestarlo en el hospital, pero el Consejo Portuario acaba de notificarnos —la voz del abogado sonaba tensa—. Han presentado una impugnación formal contra la renovación de nuestras licencias exclusivas en las terminales de la costa este.
Dominic apretó el auricular, sintiendo una punzada de rabia que le despejó la mente por un segundo.
—¿Quién se atrevió a presentar eso? —preguntó con voz gélida.
—La empresa Foster & Scott, señor. Han solicitado que se abran las licitaciones bajo el argumento de falta de competitividad. El proceso ya inició y, si no respondemos en las próximas horas, perderemos el control operativo.
Dominic cerró los ojos y apretó los dientes.
«Grace»
No podía creer que ella estuviera haciendo esto mientras él veía a su hijo morir.
—Quiero a todos los abogados aquí en el hospital —ordenó Dominic sin levantar la voz, pero con un tono amenazante—. Ahora mismo. No voy a moverme de aquí, así que traigan los documentos.
Una hora después, tres abogados entraron a la sala de espera privada. Dominic salió de la habitación de Arthur para recibirlos. Su semblante era el de un hombre agotado por la enfermedad de su hijo, pero seguía siendo el mismo CEO implacable.
—Escúchenme bien —dijo Dominic, señalando los papeles sobre la mesa—. No solo vamos a defender las licencias. Quiero que ejecuten la cláusula de interdependencia logística que firmamos en la sociedad reciente con Foster & Scott.
—Señor, esa cláusula es compleja —objetó uno de los abogados.
—No me importa. Si ellos quieren impugnar mis licencias en la costa este, utilicen el contrato de la nueva terminal que estamos construyendo juntos. Vinculen sus activos operativos a los míos. Si el Consejo Portuario decide bloquear mis licencias por falta de competitividad, que esa orden arrastre también las de ellos por estar asociadas legalmente en la misma red de distribución.

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