Dominic estaba sentado en la silla, con la mano de Arthur rodeada por las suyas. El niño respiraba con dificultad, con un silbido leve que cortaba el silencio de la habitación. Una enfermera entró en silencio para revisar los niveles del monitor y se detuvo al ver el estado de Dominic.
—Señor Pierce, debe ir a comer algo o descansar un poco —le dijo en voz baja—. Lleva horas en la misma posición.
—No, estoy bien —respondió Dominic sin apartar la vista del rostro pálido de su hijo—. No me quiero separar de él ni un segundo.
La enfermera ajustó el goteo del suero con movimientos lentos. Dominic levantó la cabeza y la miró con una fijeza que asustaba.
—Dígame la verdad —pidió él, con la voz ronca—. ¿Cuánto tiempo le queda de vida a Arthur?
La mujer suspendió lo que estaba haciendo y bajó la vista, evitando el contacto visual directo.
—No piense en eso ahora, señor Pierce. Concéntrese en estar con él.
—No me gusta evadir la realidad —replicó Dominic con dureza, aunque sus ojos estaban vidriosos—. Necesito saber a qué me enfrento.
La enfermera suspiró y le puso una mano en el hombro de forma breve.
—Ore —le susurró—. Los milagros existen, a veces la medicina llega hasta un punto y lo demás queda en otras manos.
Dominic se quedó solo en la habitación por unos minutos. Las palabras de la mujer se quedaron grabadas en su mente. Él nunca había sido un hombre de fe; siempre había confiado en su dinero, en su poder y en su capacidad para doblar la voluntad de los demás, pero frente a la leucemia de Arthur, todo eso era basura.
Salió de la habitación y caminó por los pasillos hasta encontrar la pequeña capilla del hospital. Estaba vacía y en penumbra. Dominic entró con pasos vacilantes, sintiéndose un extraño en ese lugar de paz. Se acercó a la primera fila y, por primera vez en su vida adulta, sus rodillas tocaron el suelo.
Se arrodilló con pesadez, escondiendo el rostro entre las manos. Los sollozos que había contenido frente a Sarah y los médicos finalmente brotaron, sacudiendo sus hombros con violencia.
—Dios... si existes, escúchame —suplicó en un susurro desesperado—. No te lleves a Arthur. Él es inocente, él no tiene la culpa de nada. Llévame a mí, quítame todo lo que tengo, mis empresas, mi dinero... no me importa.
Las lágrimas caían sobre la alfombra de la capilla. Dominic apretó los puños, sintiendo una angustia que le quemaba el pecho.
—Te prometo que cambiaré. Apoyaré a más causas sociales, dedicaré mi vida a ayudar a otros niños, haré lo que me pidas... pero por favor, dale una oportunidad a mi hijo. No dejes que muera.

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