Grace sintió una punzada en el corazón, por un segundo las palabras se quedaron atoradas en su garganta, ahora él tenía todo el derecho de actuar de ese modo, inhaló profundo y se dirigió a los pequeños.
Vayan a saludar —les dijo Grace a los niños, animándolos.
Los pequeños, con cierta timidez por el ambiente hospitalario, se acercaron despacio y extendieron sus manitas hacia él.
—Señor Dominic —dijo Derek con suavidad—, mamá nos contó que Arthur está enfermo. Vinimos a apoyarlo.
Dominic sintió un nudo en la garganta que casi no le permitió hablar. Se conmovió profundamente por la presencia de esos dos niños a los que, a pesar de todo el caos con Grace, sentía tan cercanos. Agarró las pequeñas manitas de sus hijos como si fueran un ancla.
—Gracias por estar aquí —respondió Dominic con la voz quebrada—. A él le dará mucho gusto verlos cuando despierte.
Dominic miró a Grace por un segundo y luego volvió a los niños con una necesidad desesperada de afecto humano.
—¿Les puedo dar un abrazo? —preguntó, casi como un ruego.
Los niños miraron a su madre, buscando aprobación. Grace los observó con ternura. Sabía que Dominic estaba a punto de recibir el golpe más duro de su vida y que, en ese momento, él solo veía en ellos un consuelo inocente.
—Nadie los va a obligar —dijo Grace con calma—. Si ustedes desean hacerlo, pueden.
Sin dudarlo más, ambos niños se abalanzaron hacia él y rodearon su cuello con sus brazos pequeños. Dominic cerró los ojos y los apretó contra su pecho, escondiendo el rostro entre sus cabellos mientras las lágrimas que tanto había luchado por contener frente a la enfermera comenzaban a mojar su camisa. En ese abrazo, Dominic buscaba la fuerza que sentía perder.
Maxwell apareció en el pasillo de la sala de espera con paso lento. Tenía la manga de la camisa arremangada y un algodón presionado en el pliegue del brazo, justo donde la aguja había extraído la muestra para la prueba de compatibilidad cruzada. Se detuvo en seco al ver la escena: Derek y Doménica, estaban fundidos en un abrazo con Dominic Pierce.
Apretó la mandíbula, sintiendo una punzada de celos y dolor que no pudo ocultar del todo, pero se mantuvo en silencio mientras los observaba. Dominic, al notar la presencia de alguien más, se separó despacio de los niños y se puso de pie, limpiándose el rastro de las lágrimas con el dorso de la mano.
—Debemos esperar los resultados —dijo Maxwell, mirando fijamente a Grace y señalando con la cabeza hacia el laboratorio—. Tardarán una hora en confirmar la compatibilidad total.
Dominic frunció el ceño, alternando la vista entre el brazo vendado de Maxwell y su semblante serio. El agotamiento lo hacía estar irritable y confundido.
—¿Qué haces aquí, Maxwell? —preguntó Dominic con voz ronca—. ¿Estás enfermo? ¿Acaso los niños…?
Maxwell soltó una risa seca, carente de humor, y bajó la manga de su camisa con cuidado.
—No, Dominic. Al contrario, gozo de una excelente salud —respondió Maxwell, dando un paso hacia él—. Estoy aquí para salvar a Arthur.
Dominic se quedó estático, como si no hubiera procesado las palabras. Miró a Grace buscando una explicación, pero ella se quedó en silencio.
Sarah tragó saliva y cerró los ojos un segundo mientras una lágrima corría por su mejilla. Cuando los abrió, miró a Dominic con fijeza.
—Él no miente, Dominic —dijo con la voz cortada—. Maxwell es el verdadero padre de Arthur.
Dominic se quedó quieto, con la mano todavía levantada. Se puso pálido. Miró a Sarah con desprecio, rabia y mucho dolor. Luego miró a Maxwell, quien se quedó inmóvil devolviéndole la mirada con seriedad.
Dominic sintió una indignación profunda. Pensó en los seis años que pasó cuidando a Arthur y sintió que todo había sido un engaño. Sin decir nada, empujó a Maxwell con fuerza para quitarlo de su camino y salió de la sala de espera a paso rápido hacia las escaleras de emergencia.
Grace, que miraba todo desde lejos después de alejar a los niños, bajó la cabeza y cerró los ojos con fuerza. Ese debía ser un momento feliz, durante años había querido ver así a Dominic Pierce, herido, humillado, sufriendo al menos una parte de todo lo que ella sufrió, pero por el contrario no se sentía feliz, sentía una presión en el pecho al ver cómo la vida de Dominic se destruía.
Sarah se dejó caer contra la pared hasta quedar sentada en el suelo y se tapó la cara con las manos. El secreto ya no existía, pero la verdad acababa de dejar a Dominic Pierce devastado.
—Maxwell te encargo a los niños —solicitó Grace.
Maxwell frunció el ceño.
—¿Vas a ir tras de él?

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