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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 57

Grace sintió una punzada en el corazón, por un segundo las palabras se quedaron atoradas en su garganta, ahora él tenía todo el derecho de actuar de ese modo, inhaló profundo y se dirigió a los pequeños.

Vayan a saludar —les dijo Grace a los niños, animándolos.

Los pequeños, con cierta timidez por el ambiente hospitalario, se acercaron despacio y extendieron sus manitas hacia él.

—Señor Dominic —dijo Derek con suavidad—, mamá nos contó que Arthur está enfermo. Vinimos a apoyarlo.

Dominic sintió un nudo en la garganta que casi no le permitió hablar. Se conmovió profundamente por la presencia de esos dos niños a los que, a pesar de todo el caos con Grace, sentía tan cercanos. Agarró las pequeñas manitas de sus hijos como si fueran un ancla.

—Gracias por estar aquí —respondió Dominic con la voz quebrada—. A él le dará mucho gusto verlos cuando despierte.

Dominic miró a Grace por un segundo y luego volvió a los niños con una necesidad desesperada de afecto humano.

—¿Les puedo dar un abrazo? —preguntó, casi como un ruego.

Los niños miraron a su madre, buscando aprobación. Grace los observó con ternura. Sabía que Dominic estaba a punto de recibir el golpe más duro de su vida y que, en ese momento, él solo veía en ellos un consuelo inocente.

—Nadie los va a obligar —dijo Grace con calma—. Si ustedes desean hacerlo, pueden.

Sin dudarlo más, ambos niños se abalanzaron hacia él y rodearon su cuello con sus brazos pequeños. Dominic cerró los ojos y los apretó contra su pecho, escondiendo el rostro entre sus cabellos mientras las lágrimas que tanto había luchado por contener frente a la enfermera comenzaban a mojar su camisa. En ese abrazo, Dominic buscaba la fuerza que sentía perder.

Maxwell apareció en el pasillo de la sala de espera con paso lento. Tenía la manga de la camisa arremangada y un algodón presionado en el pliegue del brazo, justo donde la aguja había extraído la muestra para la prueba de compatibilidad cruzada. Se detuvo en seco al ver la escena: Derek y Doménica, estaban fundidos en un abrazo con Dominic Pierce.

Apretó la mandíbula, sintiendo una punzada de celos y dolor que no pudo ocultar del todo, pero se mantuvo en silencio mientras los observaba. Dominic, al notar la presencia de alguien más, se separó despacio de los niños y se puso de pie, limpiándose el rastro de las lágrimas con el dorso de la mano.

—Debemos esperar los resultados —dijo Maxwell, mirando fijamente a Grace y señalando con la cabeza hacia el laboratorio—. Tardarán una hora en confirmar la compatibilidad total.

Dominic frunció el ceño, alternando la vista entre el brazo vendado de Maxwell y su semblante serio. El agotamiento lo hacía estar irritable y confundido.

—¿Qué haces aquí, Maxwell? —preguntó Dominic con voz ronca—. ¿Estás enfermo? ¿Acaso los niños…?

Maxwell soltó una risa seca, carente de humor, y bajó la manga de su camisa con cuidado.

—No, Dominic. Al contrario, gozo de una excelente salud —respondió Maxwell, dando un paso hacia él—. Estoy aquí para salvar a Arthur.

Dominic se quedó estático, como si no hubiera procesado las palabras. Miró a Grace buscando una explicación, pero ella se quedó en silencio.

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