«¿Vas a ir tras de él?»
Más que pregunta fue para Grace como una recriminación por parte de Maxwell.
—Te encargo a los niños —fue su única respuesta y se alejó por el mismo pasillo que Dominic desapareció segundos antes.
Sarah se volvió hacia Maxwell, con los ojos rojos y la voz cargada de reproche.
—¿Cómo pudiste? —le recriminó Sarah, temblando—. Me obligaste a soltarle así la noticia. Dominic está destrozado por la salud de Arthur y tú acabas de darle el golpe de gracia. No se lo merecía.
A Maxwell le dolió en lo más profundo que ella, incluso en medio de esa tragedia, siguiera priorizando los sentimientos de Dominic Pierce. La furia le subió por el pecho.
—¿Ahora te preocupa lo que él siente? —le soltó Maxwell con desprecio—. Ese hombre ha vivido seis años con mi hijo, ocupando un lugar que me pertenecía mientras yo no sabía nada. No me hables de lo que él merece. Quiero ver a mi hijo ahora mismo.
Sarah lo miró con una amargura fría y se limpió las lágrimas con un gesto brusco.
—Solo porque se está muriendo te busqué —sentenció ella sin piedad—. Si Arthur estuviera sano, te juro que jamás lo sabrías. Habría muerto con el secreto antes de decirte la verdad.
Maxwell soltó una carcajada seca, llena de veneno, y se acercó a ella hasta quedar a pocos centímetros.
—Claro, nunca hubieras confesado tu falta —le dijo con dureza—. Habrías preferido seguir callada para guardar las apariencias de señora decente, esa imagen de mujer perfecta que no eres, Sarah. Engañaste a todo el mundo por años para no perder tu estatus.
Sarah no bajó la mirada, aunque el dolor le desencajaba el rostro.
—Voy a decirle a una enfermera que te aliste para entrar al área de aislamiento —dijo ella antes de darle la espalda.
Doménica, que no le había soltado la mano a su padre, lo miró con los ojos muy abiertos y llenos de miedo.
—Papá... ¿nos vas a dejar solos aquí? —preguntó la niña con la voz pequeñita.
Maxwell sacudió la cabeza, tratando de alejar las imágenes de Sarah y Dominic de su mente. Se agachó para quedar a la altura de sus hijos.
—Perdón, niños —murmuró Maxwell, tratando de que su voz no sonara tan rota.
Derek, que había estado escuchando cada palabra con atención, frunció el ceño y miró a su padre con fijeza.
—No entendimos nada de lo que dijeron —dijo el niño con seriedad—. ¿Tienes otro hijo, papá? ¿Arthur es nuestro hermano?
Dominic resopló y sacudió la cabeza, apretando los puños a los costados de su cuerpo.
—No te creo. Te has empecinado en destruirme desde que volviste a Nueva York. Disfruta, Grace. Mírame. Me ocultaste a mis hijos durante años, y el niño que yo creía propio, al que cuidé cada noche, resulta que no lleva mi sangre.
Su voz se quebró y Dominic tuvo que desviar la vista para que ella no viera cómo su rostro reflejaba dolor. Se veía derrotado, como nadie jamás hubiera imaginado ver al poderoso Dominic Pierce.
Grace lo miró con fijeza, sintiendo que la rabia que había cultivado durante seis años se disolvía ante su sufrimiento.
—Sí, es verdad que he deseado que sufrieras algo de lo que yo viví —confesó ella con la voz baja—. Pero no me alegra verte así. No soy un monstruo, Dominic. No puedo disfrutar esto.
—Tampoco necesito tu lástima —replicó él con un orgullo herido—. Prefiero que me odies. Al menos el odio sería una certeza de que alguna vez me amaste de verdad y que algo de lo nuestro fue real.
—Entiendo que estás herido, pero no estoy aquí para revivir el pasado ni para pelear —dijo Grace tratando de mantener la respiración tranquila—. Vine para saber cómo estás.
—¿Te importa? —cuestionó él, acercándose un paso.
—Eres el padre de mis hijos —respondió ella, aunque su voz tembló un poco.

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