Dominic soltó una risa seca, cargada de una tristeza absoluta.
—El padre de tus hijos. Un padre al que ellos tratan como a un extraño porque no me conocen, porque soy un desconocido que solo les causa curiosidad.
Grace perdió la paciencia ante el tono victimista y el dolor punzante de Dominic.
—¡Ya basta! —exclamó ella, dándole un golpe seco en el brazo—. Te comportas como si yo fuera la única culpable, pero no es así. Yo no te engañé, Dominic. Las que te mintieron y te manipularon fueron tu abuela y tu esposa. Mi amor por ti siempre fue real. No te atrevas a cuestionar eso.
Dominic tragó saliva con dificultad. Su corazón comenzó a latir con tanta fuerza que Grace podía ver el movimiento en su cuello. Él dio un paso hacia ella con una intensidad que la hizo retroceder instintivamente hasta que su espalda chocó contra la pared fría del pasillo. Dominic no se detuvo; puso ambas manos a los lados de la cabeza de Grace, atrapándola.
—¿Fue o sigue siendo real, Grace? —le preguntó en un susurro cargado de una tensión que quemaba.
Grace se puso nerviosa. Sentía el calor de su cuerpo y el olor de su perfume mezclado con el aroma del hospital. Desvió la mirada hacia sus labios, incapaz de sostenerle el brillo de los ojos.
—Fue, Dominic —respondió ella con la respiración entrecortada—. Tú mataste lo que yo sentía por ti cuando la preferiste a ella. Cuando me diste la espalda hace seis años.
Dominic la miró con una mezcla de derrota absoluta y una furia contenida.
—Entonces vete. Ve con él, ve con tu esposo perfecto y déjame solo —le ordenó con desprecio, aunque sus manos temblaban sobre la pared.
—Sí, tienes razón —dijo Grace, tratando de recuperar el aire y su dignidad—. Sigues siendo el mismo de antes. El hombre que cree que no necesita a nadie, el todopoderoso que no se derrumba ante nada ni ante nadie.
Dominic la miró con lágrimas en los ojos que finalmente rodaron por sus mejillas, cayendo sobre el cuello de su camisa.
—Ya no soy el todopoderoso, Grace. Solo te falta una cosa para acabar conmigo: quedarte con mi empresa. Pues la vas a tener. No voy a pelear más. Quédate con todo.
Grace frunció el ceño, completamente desconcertada por su renuncia.
—¿Qué? ¿De qué demonios hablas?
—Yo sé lo que digo, Grace Scott. Pero antes de que me destruyas del todo, voy a comprobar algo que necesito saber para poder respirar —sentenció él con una determinación desesperada.
Sin darle tiempo a reaccionar, Dominic acortó la distancia final. Tomó su rostro enterrando sus dedos en su cabello, y la besó. El beso fue una colisión de desesperación, tristeza y un deseo que ambos habían intentado sofocar durante años. Dominic presionó sus labios contra los de Grace con una fuerza que le hizo soltar un gemido ahogado.
Grace intentó empujarlo al principio, pero el contacto de sus labios calientes y húmedos la desarmó. Dominic abrió la boca de Grace con una insistencia, metiendo su lengua, buscando una respuesta que ella no pudo negar. Sus lenguas se enredaron en un baile desordenado y urgente, mientras el sabor de las lágrimas de Dominic se mezclaba con el beso. Grace cerró los ojos y terminó aferrándose al cuello de él, devolviéndole el beso con la misma intensidad, dejando que sus labios se movieran con una pasión que hablaba de todo lo que no se habían dicho en seis años.

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