Grace regresó a la sala de espera, donde Derek y Doménica ya cabeceaban, vencidos por el cansancio. Los acomodó en el sofá y se acercó a Maxwell.
—Me llevo a los pequeños al hotel, Maxwell —dijo ella en voz baja—. ¿Te ha dicho algo el médico?
—Nada aún —respondió Maxwell—. Imagino que esas pruebas demoran. Te estaba esperando porque, antes de irte, quiero entrar a conocer al pequeño Arthur.
—Ve —asintió Grace—. Yo te espero aquí un momento más.
Justo cuando Maxwell se ponía de pie, Charlotte Pierce apareció en el pasillo, caminando con una arrogancia que ni la tragedia de su bisnieto lograba aplastar. Al verlos, se detuvo en seco.
—¿Qué hacen ustedes aquí todavía? ¡Par de arribistas! —escupió la anciana con desprecio.
Maxwell la miró de arriba abajo con un desdén absoluto. Se cruzó de brazos y no retrocedió ni un centímetro.
—¿Quién demonios es usted para venirnos a insultar de esa manera? —preguntó Maxwell con voz gélida.
—Soy Charlotte Pierce y sé perfectamente quién eres —replicó la mujer, golpeando el suelo con su bastón—. Eres el marido de esta cualquiera. Lo que no entiendo es qué hacen merodeando por aquí. ¿Pretenden sacar provecho de la situación en la que se encuentra mi bisnieto?
Maxwell soltó una carcajada seca que resonó en el pasillo.
—¿Su bisnieto? —repitió Maxwell con ironía—. Siga creyéndolo si eso la hace feliz.
—¿Qué insinúa? —chilló la vieja, indignada—. Sarah es una mujer respetable, una esposa intachable, no como esta...
De pronto, un pequeño ruido interrumpió la pelea. Derek, que se había despertado por los gritos, se frotó los ojos y se puso de pie junto a su hermana. Al escuchar a la mujer insultar a su madre, el niño frunció el ceño con una valentía impropia de su edad.
—No insultes a mi mamá —dijo Derek con voz firme, encarando a la anciana.
Charlotte se giró para mirar al niño y se quedó de piedra. El bastón estuvo a punto de resbalar de su mano. Se quedó muda, mirando fijamente las facciones de Derek: eran una copia exacta de las de Dominic a esa misma edad. La misma mirada, sus mismos ojos grises, su rostro, era como ver a su nieto cuando era niño. El aire pareció escaparse de sus pulmones.
En ese momento de silencio sepulcral, el médico salió del área de laboratorio con un sobre en la mano. Miró a los presentes y se dirigió directamente a Maxwell.
—Señor Foster —anunció el doctor—, los resultados están listos. La compatibilidad de usted con Arthur es total. Es la más alta que podíamos esperar.
—¿Por qué? —intervino Charlotte, saliendo de su estupor—. ¿Por qué este hombre es altamente compatible con Arthur? ¡Dígame!
Grace se levantó de inmediato. Se acercó a Derek, le dio un beso en la frente y le susurró:
—Ve a sentarte con tu hermana, cariño —Luego, caminó hacia la anciana hasta quedar a milímetros de su rostro.
—¿Por qué cree usted, señora Pierce, que dos personas son altamente compatibles? —le preguntó Grace con una sonrisa amarga—. Responda usted misma esa pregunta. O mejor aún, busque a la esposa intachable de su nieto y pregúntele. Puede que se lleve una sorpresita. Quizás los niños a los que usted mandó a abortar sean los únicos que realmente llevan su sangre en este hospital.
Charlotte enfureció, el rostro se le puso rojo y empezó a gritar fuera de sí, llamando a Dominic y a Sarah a voz en cuello.
Dominic apareció por el pasillo, con el rostro marcado por las lágrimas y el cansancio. Se detuvo frente a ellas con una frialdad que asustó a su propia abuela.
—¿Qué quieres ahora, Charlotte? —le soltó él, omitiendo cualquier título familiar.
Arthur abrió los ojos lentamente, desenfocados por la medicación. Miró a Maxwell a través del protector facial y sus labios se movieron con un esfuerzo que le dolió a Maxwell en el alma.
—¿Papá? —susurró el niño con un hilo de voz.
A Maxwell se le quiso salir el corazón del pecho. Sintió un orgullo y una ternura que no podía explicar con palabras. Se inclinó sobre él, queriendo transmitirle toda su fuerza.
—Sí, Arthur... soy yo. Soy tu papá —respondió Maxwell, llorando abiertamente—. Y no te voy a dejar solo nunca más.
Pero el niño frunció el ceño, confundido. Sus ojos buscaron desesperadamente más allá de Maxwell, hacia el cristal de la habitación donde Sarah observaba destrozada.
—Papi... —dijo Arthur de nuevo, pero su voz cambió a una de angustia—. Quiero a mi papá. Papá Dominic... ven.
Maxwell sintió un impacto físico en el estómago, como si le hubieran quitado el aire de golpe. La mano del niño se soltó de la suya y se extendió con debilidad hacia la puerta, buscando al hombre que lo había arrullado durante seis años. Maxwell comprendió en ese segundo que, aunque Arthur tuviera su sangre, su corazón y sus recuerdos le pertenecían a otro. Sintió el mismo vacío desgarrador que Dominic tuvo al ver a sus hijos biológicos en sus brazos.
Sarah, pegada al cristal con el rostro empapado en lágrimas, habló por el intercomunicador con una voz cargada de culpa y realidad.
—Maxwell... Arthur está llamando a Dominic. Él es su papá. No trates de forzarlo ahora; tú eres un extraño.
Maxwell se quedó de pie junto a la cama, inmóvil, sintiendo el peso de los seis años perdidos mientras su propio hijo lloraba llamando al hombre que él tanto odiaba y que amaba a su hijo como si fuera suyo, lo mismo que le sucedía a él con los mellizos.
—¡Maldito destino!

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