Al otro lado de la línea, el abogado guardó un silencio prolongado antes de responder con cautela.
—Señora Pierce hice las investigaciones que me pidió en la mañana. Debo informarle dos cosas importantes: sobre el divorcio de Sarah, no habrá problema, las cláusulas son claras. Pero lo de los niños... eso es legalmente casi imposible. Están reconocidos por Maxwell Foster y él figura como el padre en los certificados de nacimiento, ante la ley él es el padre legítimo. No importa quién sea el progenitor biológico si ya hay una paternidad legal establecida y el padre ha cumplido con sus deberes. Los Foster tienen recursos y no hay pruebas de negligencia por parte de Grace Scott.
—¡Me importa un bledo Foster! —gritó la anciana, golpeando el escritorio—. ¡Son Pierce! Dominic es el padre de sangre y esos niños son mis bisnietos legítimos.
—Señora, para que un tribunal siquiera considere el caso, el señor Dominic Pierce tendría que presentar una demanda de impugnación de paternidad y reclamar la suya. Sin la firma de su nieto, usted no tiene ningún derecho legal sobre esos niños. Además, si Dominic no quiere iniciar una guerra contra la señora Scott, nosotros no podemos hacer nada. Un juez verá esto como un acoso de su parte.
Charlotte apretó el auricular con tanta fuerza que sus dedos dolieron. La realidad la golpeaba: su dinero no servía para comprar la ley si Dominic se negaba a participar y si Maxwell ya les había dado su apellido.
—¿Me está diciendo que me quede de brazos cruzados mientras mis bisnietos viven en otra ciudad con esa mujer y el enemigo de mi nieto? —preguntó Charlotte con una voz que era un susurro peligroso.
—Le estoy diciendo que, legalmente, los niños están protegidos por el apellido Foster y por ahora por la voluntad de su nieto de no pelear. Si forzamos una situación, Dominic podría testificar en su contra y eso destruiría la imagen de la familia.
Charlotte colgó el teléfono sin despedirse. Caminó hacia la ventana, mirando los jardines de la mansión. Dominic no la iba a ayudar; estaba demasiado ocupado con el niño enfermo y con su propia culpa.
—Si no puedo usar la ley... —murmuró la vieja con los ojos entrecerrados—, buscaré la forma de que los niños vengan a mí por su cuenta. No necesito que Dominic firme nada.
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Dominic Pierce llegó a la sede de Global Pierce luciendo impecable, aunque las ojeras y el cansancio visible en su rostro hacían evidente las noches en vela en el hospital. Su traje gris oscuro estaba perfectamente planchado y su expresión era de una frialdad absoluta. Caminó por el vestíbulo ignorando los murmullos de los empleados y entró en su oficina con paso firme.
—Convoca a una junta extraordinaria con el consejo directivo para el mediodía —le ordenó a su asistente sin detenerse—. Asegúrate de citar a mi abuela, y a la señora Grace Scott. Que no falte nadie.
Tras dar la orden, Dominic se encerró en su despacho. Atendió un par de asuntos urgentes de la empresa con una eficiencia mecánica, pero su mente volvía constantemente al hospital. Tomó el teléfono y marcó el número del hematólogo jefe.
—Dígame que Arthur está estable —pidió Dominic con la voz ronca—. Solo necesito saber que va a aguantar estos días mientras preparan las células de Maxwell Foster.
—Estamos en ello, señor Pierce —respondió el médico—. El niño ya está recibiendo las últimas dosis de quimioterapia para limpiar su médula. Maxwell Foster ya está bajo observación para iniciar la extracción. Por ahora, Arthur resiste.
Dominic colgó y se pasó una mano por el rostro, tratando de mantener la compostura antes de la reunión que cambiaría el rumbo de su vida.
«Voy a compensarte Grace, voy a demostrarte con hechos que tú eres más importante que el dinero, y el apellido. Voy a recuperar tu amor y el de mis hijos»
Mientras tanto, la noticia de la convocatoria llegó a manos de Grace. Ella leyó el correo en la pantalla de su móvil y sintió un vuelco en el estómago. El pulso se le aceleró y un sudor frío le recorrió la espalda al ver su nombre en la lista oficial de convocados junto a los grandes accionistas.
—¿Para qué me quieren ahí? —murmuró para sí misma, caminando de un lado a otro en la habitación del hotel.
El nerviosismo la invadió de inmediato. Grace no pensó en acciones, ni en contratos, ni en la empresa; su primer pensamiento fue para Derek y Doménica. Estaba convencida de que Charlotte Pierce, tras el violento enfrentamiento en el hospital, había movido sus hilos para tenderle una trampa legal definitiva.
—No voy a dejar que los toques, Charlotte —sentenció Grace con los dientes apretados.
En la mansión, la abuela recibió la citación con la misma sorpresa. Se miró al espejo, se ajustó el collar de perlas y esbozó una sonrisa amarga. Ella tampoco sabía el motivo exacto de la urgencia de su nieto, pero no podía faltar, además quería convencer a Dominic de reclamar legalmente la paternidad de los niños.
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Grace caminó por el vestíbulo de Global Pierce sintiendo que un nudo atorado en su garganta. Estar allí después de tantos años le removía recuerdos que creía haber enterrado. Suspiró profundo, ajustando el agarre de las manos de Derek y Doménica. Los empleados que aún permanecían de su época la reconocieron de inmediato; los cuchicheos no se hicieron esperar al ver a los niños, cuyo parecido con el jefe era evidente.

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