Dominic entró en su oficina y se detuvo un segundo para observar la escena. Los niños estaban frente a una vitrina de cristal iluminada donde reposaba una colección impecable de figuras de Marvel. Su asistente, con las manos entrelazadas y gesto nervioso, les advertía en voz baja que no debían tocar nada.
Al notar la presencia de Dominic, la asistente se enderezó de inmediato, pero él simplemente le hizo una seña para que se retirara. Sus ojos estaban fijos en Derek, que miraba con la boca abierta una figura articulada de Iron Man, y en Doménica, que señalaba con curiosidad a Natasha Romanoff, la Viuda Negra.
—No sabía que eran fans de las películas —dijo Dominic, acercándose con las manos en los bolsillos y una suavidad en la voz que rara vez usaba en ese edificio.
—¡Con nuestro papá las hemos visto casi todas! —exclamó Derek, saltando sobre sus pies—. ¡Iron Man es el mejor porque tiene tecnología en el corazón!
—Y Derek tiene un disfraz de Spiderman —añadió Doménica con entusiasmo—. Y muchos muñecos en casa, pero no son tan brillantes como estos.
Dominic sintió una calidez extraña en el pecho. Sin importarle que su traje de diseñador se arrugara, se dejó caer sobre la alfombra de felpa, sentándose de piernas cruzadas a la altura de los niños. La asistente, que observaba desde la puerta antes de irse, no se sorprendió; sabía que detrás del tiburón de los negocios, Dominic siempre había sido un padre entregado que pasaba horas en el suelo jugando con Arthur.
—Entonces saben que Tony Stark siempre tiene algo nuevo bajo la manga —comentó Dominic, conectando con la mirada llena de asombro de Derek.
—¡Tony Stark es lo máximo! —exclamó Derek
Dominic esbozó una sonrisa. Se estiró hacia un compartimento especial de su escritorio y sacó una caja metálica. Al abrirla, reveló una réplica del reactor Arc de Iron Man. Al presionar el centro, el juguete emitió un zumbido electrónico y una luz azulada suave que iluminó el rostro de Derek.
—¡Waooooo! —exclamaron al unísono los mellizos.
—Toma, Derek. Es tuyo —dijo Dominic, extendiéndole el dispositivo.
El niño abrió los ojos y extendió las manos con cuidado, sosteniéndolo con fuerza. Se quedó maravillado viendo cómo la luz palpitaba bajo sus dedos.
—Señor Pierce... pero Arthur se va a enojar si me lo da a mí —susurró Derek, mirando el juguete con un deseo contenido por la culpa.
Dominic sintió un nudo en la garganta al ver la nobleza del niño. Se inclinó un poco más hacia él en la alfombra.
—No te preocupes, campeón. Arthur prefiere al Capitán América y tiene su propio escudo y sus figuras. Este reactor es para un nuevo integrante del equipo. Es para ti.
—¡Es como el de la película! —exclamó Doménica, acercándose para tocar el borde brillante—. ¡Parece de verdad, Derek! ¡Mira cómo brilla! Señor Pierce, ¿la Viuda Negra también tiene luces?
Dominic soltó una carcajada suave, una que no nacía de la cortesía, sino de la felicidad pura de verlos allí.
—Ella no necesita luces para ser la más fuerte de la sala —respondió Dominic, bajando de la vitrina la figura de Natasha Romanoff para dársela a la niña—. ¡Es tuya! Pueden jugar con los que quieran. Hoy, en esta oficina, mandan ustedes.
—Tú no eres mi hija —sentenció el hombre con una voz que vibraba de desprecio—. Charlotte ya me puso al tanto de toda tu suciedad. Si quieres recuperar tu apellido y tu fortuna, deshazte de ese bastardo ahora mismo. Entrégalo a los servicios sociales, dile a Foster que se lo lleve, me da igual.
—¡Es tu nieto! —chilló Sarah, con las lágrimas desbordándose—. ¡Lleva tu sangre, papá!
—Mezclaste nuestra sangre con la de un vulgar empleado, Sarah. Te advertí que no toleraría una mancha así en este linaje —el hombre dio un paso al frente, golpeando el suelo con el bastón—. Vete. Ah, y como me habías pedido un préstamo para expandir tus joyerías el mes pasado, hice efectivos los pagarés esta mañana. Ahora las tiendas son mías. No tienes nada. Ve con ese muerto de hambre a ver si él puede darte los lujos a los que estás acostumbrada.
Sarah sintió un vacío punzante en el estómago. La frialdad de su padre era incluso peor que la de Charlotte. Se secó las lágrimas con un gesto violento y lo miró con un odio puro que nunca antes se había atrevido a mostrar.
—No me importa —escupió ella, dando un paso hacia él a pesar de los guardias—. Mi madre tenía razón. Ahora comprendo perfectamente por qué te dejó por otro hombre. Prefería cualquier cosa antes que seguir al lado de un viejo seco y amargado como tú.
El rostro de Arthur Colleman se contrajo en una mueca de furia contenida, pero Sarah no se detuvo.
—Lástima que seas mi padre —le gritó con la voz rota—. ¡Te odio! ¡Te odio con toda mi alma!
Sin esperar respuesta, Sarah dio media vuelta y caminó hacia su auto, dejando atrás la casa donde creció, ahora convertida en una fortaleza enemiga. Subió al vehículo y arrancó a toda velocidad, sola, y con el peso de saber que ahora su única prioridad era el niño al que ahora su familia despreciaba y llamaba bastardo.
—No eres un bastardo mi niño, no voy a dejar que te humillen, te vas a recuperar, y tú y yo vamos a ser felices así tenga que empezar de cero —sollozó.

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