Maxwell estaba recostado en la camilla de la unidad de hematología, sintiendo el primer pinchazo de la aguja en su brazo. El ambiente era aséptico y silencioso, interrumpido solo por el murmullo de los enfermeros que preparaban el protocolo. No era una extracción inmediata; era el comienzo del proceso de estimulación.
—Señor Foster, vamos a empezar con las inyecciones de factores de crecimiento —explicó el médico mientras revisaba su historial—. Durante los próximos días, estas dosis obligarán a su médula ósea a producir células madre y enviarlas al torrente sanguíneo. Es posible que sienta dolor en los huesos o un cansancio profundo. Es normal.
Maxwell asintió, manteniendo la vista fija en el techo. En cuanto el medicamento entró en su sistema, sintió una frialdad líquida recorriéndole las venas. Cerró los ojos y apretó los dientes. El dolor físico que empezaba a manifestarse en su espalda y caderas no le importaba en absoluto. Su mente estaba fija en la imagen de Arthur, pálido y pequeño en esa cama de hospital.
Cada pulsación, cada molestia en sus articulaciones, era un recordatorio de que su cuerpo finalmente estaba haciendo algo por el hijo que no sabía que tenía. Maxwell no pidió ver a nadie, ni siquiera a Grace. Se quedó allí, solo con sus pensamientos, concentrado en la tarea de preparar su sangre para la batalla que Arthur apenas comenzaba a librar.
El primer día de tratamiento avanzaba lento, con el goteo constante de los sueros y el peso de una responsabilidad que lo desbordaba.
Tras el primer ciclo de inyecciones, Maxwell se sentía como si le hubieran molido los huesos. El dolor punzante en la zona lumbar y en las caderas era una señal clara de que su médula estaba trabajando a marchas forzadas. Estaba solo en la habitación, cuando el teléfono vibró en la mesa de noche.
Era Grace. Maxwell respondió con la voz algo ronca, haciendo un esfuerzo por ocultar su malestar físico.
—¿Grace? ¿Cómo están los niños? —preguntó de inmediato.
—Maxwell estamos bien, saliste temprano del hotel, me disponía a ir contigo, pero me llamaron de Global Pierce.
—¿Para qué? —preguntó frunciendo el ceño.
Grace le narró todo con una mezcla de agitación y confusión. Le habló de la junta extraordinaria, de la renuncia de Dominic y, finalmente, soltó la bomba: él la había nombrado CEO de Global Pierce, utilizando la cláusula de protección cruzada que se activó cuando ellos mismos intentaron hundir sus licencias días atrás.
Maxwell escuchó en silencio. Cualquier otro hombre, o el Maxwell de hace una semana, habría estallado en rabia ante lo que parecía una manipulación maestra de Dominic para retener a Grace en Nueva York. Pero allí, conectado a una vía intravenosa y sufriendo por un hijo que compartía la sangre de su rival, Maxwell cerró los ojos y respiró hondo.
—Escúchame, Grace —dijo Maxwell, manteniendo una calma sorprendente—. No te dejes llevar por el impulso de rechazarlo todo de inmediato. Dominic es un estratega, sí, pero lo que acaba de hacer no es solo una trampa... es una rendición.
—¿Una rendición? Maxwell, me ha amarrado legalmente a su empresa. Nos ha convertido en una sola entidad operativa —replicó Grace con frustración.
—Lo sé. Pero piénsalo con la cabeza fría —continuó Maxwell, ignorando una punzada de dolor en su espalda—. Al nombrarte CEO y darte el control de sus activos, te está entregando las llaves de su imperio. Nos dio lo que fuimos a buscar, solo que no de la forma en que esperábamos.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Maxwell continuó, analizando la situación como el ajedrecista que siempre había sido.
—Si rechazas el puesto ahora, nuestras propias licencias en Foster & Scott podrían quedar en el limbo legal por esa misma cláusula de protección. Dominic nos ha metido en un laberinto. Acepta el control, Grace. Toma el mando de Global Pierce. Eso nos da una ventaja que nunca imaginamos tener: ahora somos dueños del tablero.
—¿No te molesta que esté cerca de él? —preguntó Grace en voz baja.
—Me importa que Arthur viva y que nuestra familia esté segura —respondió Maxwell con sinceridad—. Dominic está roto, Grace. Lo vi en sus ojos. No tiene fuerzas para pelear con nosotros ahora. Usa este poder para proteger a Derek y Doménica de esa vieja loca de su abuela. Hazte cargo de la empresa. Yo te voy a apoyar, tranquila.

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