La junta se disolvió. Grace fue la primera en levantarse. Charlotte Pierce salió de la sala sin dirigirle una sola palabra más, golpeando el bastón contra el mármol con furia.
«Se van a arrepentir», pensó la anciana mientras se alejaba.
Dominic esperó a que el último directivo cerrara la puerta. Entonces se acercó a Grace hasta que sus cuerpos casi se tocaban. El aroma de su loción la golpeó de inmediato.
—Has estado increíble —murmuró él con voz ronca, tan cerca que su aliento le rozaba los labios—. No esperaba menos de ti.
Grace lo miró fijamente. No retrocedió.
—No lo hice por ti, Dominic —dijo ella—. Lo hice por mis hijos y por Maxwell. —Hizo una pausa y endureció la mirada—. Y aleja a Dustin de mí. Sé exactamente por qué tu abuela lo trajo.
Dominic no se movió. Se inclinó apenas un poco más.
—Dustin es un buitre —respondió él en voz baja—. Pero ahora tienes el poder legal para cortarle las alas. Úsalo. Yo estaré aquí, como tu segundo al mando. Si necesitas que sea el que ejecute el trabajo sucio, solo tienes que pedirlo. Haré lo que sea por ti.
Grace tragó saliva. El pulso le latía tan fuerte que estaba segura de que él lo notaba. Quería empujarlo, pero no lo hizo.
—No necesito que me defiendas y quiero poner las reglas claras, en primer lugar no te me acerques tanto —espetó alejándose de él—, quiero que nuestra relación aquí sea estrictamente profesional, caso contrario si intentas otra cosa, dejo todo, agarro a mis hijos y vuelvo a San Francisco.
Sin decir nada más, salió de la sala de juntas y caminó directo a la oficina principal. Al abrir la puerta se detuvo en seco. Derek y Doménica estaban en el suelo, rodeados de figuras de acción, moviéndolas muy entretenidos.
—Dejen los muñecos de Dominic ahí ahora mismo —ordenó con tono severo—. A él no le gusta que nadie toque su colección, son piezas importantes.
Los niños se detuvieron y la miraron con extrañeza. Derek levantó el reactor de Tony Stark, que seguía emitiendo una luz azulada.
—Pero él nos dio permiso, mamá —dijo Derek con orgullo—. Hasta me regaló este reactor de Stark.
—Y a mí me dio a Black Widow —añadió Doménica, agitando la figura—. Dijo que podíamos jugar con todo y hacer en esta oficina lo que queramos.
Grace abrió la boca para replicar, sintiendo una mezcla de molestia y desconcierto, cuando escuchó la puerta cerrarse detrás de ella. Dominic estaba allí, apoyado en el marco.
—Así es —intervino Dominic—. Al menos, así era mientras esta era mi oficina.
Grace se giró con rapidez, encarándolo.
—No puedes ser tan permisivo con ellos, Dominic. Tienen reglas y debes cumplirlas si quieres estar cerca. No puedes venir y deshacer la educación que les he dado solo para ganártelos.
Dominic no se inmutó. Dio un paso hacia ella.
—Perfecto. Recibo las órdenes —respondió con una media sonrisa—. Hoy mismo alguien sacará mis cosas personales para que puedas instalarte oficialmente en tu nueva oficina. Solo un consejo: conserva el sofá, Grace. A mí me trae recuerdos muy especiales.
El aire pareció escaparse de los pulmones de Grace. Sus ojos viajaron involuntariamente hacia el mueble de cuero oscuro. La imagen la golpeó de inmediato: el peso de Dominic sobre ella, sus manos recorriendo su piel, el sonido de su respiración agitada en esa oficina mientras el mundo desaparecía. Fue en ese sofá donde él le había hecho el amor más veces de las que podía contar.
Sintió un calor abrasador subir por su cuerpo, pero se obligó a recuperar la frialdad. No iba a permitir que él viera el efecto de sus palabras.
—Eso es lo primero de lo que me pienso deshacer —sentenció Grace, clavando su mirada en la de él—. No quiero nada que haya pertenecido a tu administración en este lugar. Especialmente ese sofá.
—No hay un "por favor" para lo que hiciste, Sarah. Tú decidiste el destino de Arthur y el mío. No me pidas empatía, cuando ocultaste una verdad tan importante. Yo me hubiera jugado la vida por ustedes, los habría protegido, lo sabes —expresó con la voz entrecortada y la mirada llena de dolor.
Sarah bajó la cabeza, apretando sus brazos contra su pecho. No tenía defensa. Maxwell hizo un esfuerzo por incorporarse de la poltrona, soltando un gruñido cuando sus huesos protestaron por el movimiento. El fármaco empezaba a hacer su trabajo y la presión en su espalda era real.
—Ya me quiero ir —dijo él con terquedad—. Tengo que ver al niño antes de que termine el horario de visitas.
Maxwell intentó dar un paso, pero el esfuerzo le provocó un mareo súbito que lo hizo tambalearse. Sarah reaccionó por instinto y se lanzó hacia él, rodeándole la cintura con sus brazos para sostenerlo. Sus cuerpos quedaron pegados. Maxwell apoyó su peso en ella, respirando agitado cerca de su oído. Sarah sintió el calor de su piel a pesar de la debilidad, y por un segundo, el recuerdo de lo que alguna vez fueron la golpeó. Ella lo sostuvo con desesperación, como si Maxwell fuera lo único que la mantenía en pie a ella también.
—¿Interrumpo?
La voz de Grace sonó desde la entrada del pasillo como un latigazo. Sarah y Maxwell se separaron de inmediato. Grace estaba de pie, observándolos con una expresión gélida.
—Claro que no —respondió Maxwell, recuperando el aliento—. Sarah solo me estaba ayudando. Me sentí un poco inestable al levantarme.
Grace caminó hacia ellos con paso firme y se colocó al lado de Maxwell, tomando su brazo.
—Ya estoy aquí, Sarah —sentenció Grace, mirándola fijamente—. No es necesaria tu presencia. Yo me encargaré de llevarlo al hotel ahora.
Sarah sintió la bofetada de exclusión. Miró a Maxwell, buscando algún rastro de apoyo, pero él solo miraba hacia el frente, ignorándola. Se dio cuenta de que, entre la frialdad de él y la autoridad de Grace, ella ya no tenía lugar.
—Gracias... —dijo Sarah con la voz quebrada—, gracias por hacer esto por Arthur.
Sin esperar respuesta, Sarah se dio la vuelta y salió de la sala casi corriendo. Se sentía vacía, expulsada de la vida de las únicas personas que realmente le importaban.

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