Sarah caminaba por el pasillo central del hospital cuando divisó la figura imponente de Dominic. Se veía cansado, pero mantenía esa rigidez aristocrática que nada lograba doblegar.
—¿Cómo está Arthur? —preguntó Dominic con voz trémula—. La enfermera me dijo que se está recuperando de la sesión de quimioterapia y que es mejor que no entre ahora.
—Está descansando.
Dominic la observó con frialdad.
—Como verás, no ha habido tiempo para hablar de nosotros —respondió él, cortante—. Y no hace falta dar rodeos: quiero el divorcio, Sarah. Mis abogados ya tienen las instrucciones.
Sarah asintió lentamente, apretando los párpados.
—Lo sé. Tu abuela ya se encargó de dejarme claro que me vas a dejar en la calle. Imagino que estuviste de acuerdo con que me echara de la mansión.
Dominic frunció el ceño, mostrando una genuina sorpresa que pronto se transformó en fastidio.
—No he vuelto a la mansión. Estoy instalado en otro lugar para estar lejos de ella y más cerca de acá. No sabía que mi abuela te había echado, pero era de esperarse. Ella no tolera los fallos en su plan.
—No solo eso —replicó Sarah con amargura—. Fue a contarle todo a mi padre. Él también me echó, me quitó las joyerías y me desheredó. Estoy sola, Dominic.
Dominic endureció la mandíbula. Lejos de ablandarse, su mirada se volvió más dura, casi cruel.
—¿Y qué esperas? ¿Qué te compadezca? ¿Qué haga de cuenta que estos años no fuiste despiadada conmigo? —soltó él, dando un paso hacia ella—. Me mentiste cada día. Dejaste que me encariñara con un niño que no lleva mi sangre mientras me acusabas de que sus enfermedades eran mi culpa por no amarte. Me hiciste sentir miserable, culpable por su dolor, y no tuviste ni un gramo de pena por mí.
Sarah intentó hablar, pero él la interrumpió con un gesto violento.
—Seguramente fuiste cómplice de mi abuela para separar a Grace y a mis hijos de mi lado. Y ahora vienes aquí a jugar el papel de víctima. Pues no, no lo eres. Lo que te está pasando no es mala suerte, son las consecuencias de tus actos.
—¡Sí, lo sé! —gritó Sarah, perdiendo la compostura—. Pero tú tampoco eres inocente, Dominic. Ambos fuimos unos cobardes. Si tú te hubieras negado a casarte conmigo, si hubieras tenido el valor de enfrentar a Charlotte hace seis años, nada de esto habría pasado. No soy la única villana de esta historia.
—Yo no manipulé a nadie para que me diera un hijo ajeno —sentenció él.
—¡Me heriste con tu indiferencia! —le reclamó ella con la voz rota—. Me heriste cada noche con el fantasma de Grace en medio de nuestra cama. Nunca estuviste conmigo, siempre estabas buscándola a ella en mí. Por eso decidí castigarte. Quería que sufrieras un poco de lo que yo sentía al saber que nunca me amarías.
Dominic la miró con un desprecio profundo, como si terminara de entender la magnitud del daño que se habían hecho mutuamente.
—No voy a desamparar a Arthur —dijo Dominic—. Él es un Pierce ante la ley y para mí. Lo voy a proteger siempre, pero contigo... contigo todo acabó.
—Yo solo quería un padre para mi hijo.
Dominic negó con la cabeza, sus labios dibujaron una sonrisa llena de ironía.
—No Sarah, tú querías seguir conservando tu imagen, no lo hiciste por Arthur, lo hiciste por ti, porque eres una egoísta. —Dio por terminada la conversación y se alejó.
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Maxwell sentado en la sala de espera, se recuperaba del mareo. Se veía entero, aunque su postura delataba la tensión acumulada en su espalda.
—Acepté ser la CEO, como pediste —dijo Grace, bajando la voz—, pero no quiero estar cerca de Dominic, Maxwell. No así.

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