El apartamento que la agencia de bienes raíces consiguió para Grace era impecable. Estaba completamente amoblado con un estilo minimalista y cálido, techos altos y una vista privilegiada de la ciudad. Lo más importante era la seguridad y el espacio para que Derek y Doménica no se sintieran encerrados. Rose, la niñera de confianza que los había acompañado en San Francisco, ya estaba instalada, organizando la ropa de los pequeños y devolviéndoles una sensación de normalidad.
Cuando la puerta principal se abrió, los niños soltaron sus juguetes y corrieron por el pasillo.
—¡Papá! —gritaron al unísono, lanzándose a los brazos de Maxwell.
Él se agachó para recibirlos, pero un pinchazo agudo en la zona lumbar lo obligó a tensar la mandíbula. Derek, siempre observador, lo miró con el ceño fruncido mientras se separaba un poco.
—Estás muy pálido, papá —dijo el niño con preocupación—. ¿Es otra vez la crisis de asma? ¿Te sientes mal?
Maxwell forzó una sonrisa y le revolvió el cabello, tratando de disimular la debilidad que empezaba a calarle los huesos por el tratamiento.
—No, campeón. Estoy bien, solo un poco cansado por el viaje y el trabajo. No es el asma, lo prometo.
Derek no pareció del todo convencido, pero Doménica lo distrajo rápidamente, tirando de la manga de Maxwell.
—¡Mira, papá! El señor Pierce me regaló a Black Widow —dijo la niña, mostrándole la figura de acción con entusiasmo—. Dijo que podía jugar con todo en su oficina.
—Y a mí me regaló el reactor de Tony Stark —añadió Derek, señalando el dispositivo que brillaba sobre una de las mesas auxiliares—. ¡Es el de verdad, el que tiene luz!
Maxwell sintió una punzada de celos que no pudo evitar. Era el instinto territorial de saber que Dominic estaba usando sus recursos para deslumbrar a los niños. Sin embargo, la imagen de Arthur, pálido y solo en la habitación de aislamiento, cruzó su mente. Pensó en cómo ese niño amaba a Dominic como a un padre, entonces el rencor se disolvió en una resignación amarga.
—Son unos juguetes muy lindos —dijo Maxwell con voz suave, haciendo un esfuerzo por sonar genuino—. Deben añadirlos a su colección con cuidado. El señor Pierce fue muy generoso.
Grace, que observaba la escena desde la entrada de la cocina, cruzó una mirada cargada de significado con Maxwell. Había una tregua silenciosa entre ellos, un frente unido por el bienestar de los tres niños involucrados en este caos.
—¿Cuándo volveremos a casa? —preguntó de pronto Doménica, sentándose en el sofá—. Extraño mis cosas de San Francisco.
Grace y Maxwell volvieron a mirarse. El silencio pesó un par de segundos hasta que Grace se acercó y se sentó junto a su hija.
—En un par de meses, cariño —respondió Grace con calma—. Tenemos que esperar a que Arthur esté recuperado y los médicos den el alta. Mientras tanto, no quiero que pierdan clases. Mañana mismo vamos a buscar una escuela aquí cerca.
—¿Una escuela nueva? —Derek abrió mucho los ojos—. ¿Con nuevos amigos?
—Sí —asintió Grace, acariciándole la mejilla—. Nueva York es una ciudad grande, seguro encontrarán compañeros divertidos.
—¡Sí! Queremos tener nuevos amigos acá —exclamó Doménica, contagiando a su hermano con la idea.
Maxwell se dejó caer en el sillón frente a ellos, observando cómo Grace manejaba la situación con esa fortaleza que siempre lo había cautivado. Sabía que los próximos meses serían una cuerda floja entre su salud, el imperio de los Pierce y el fantasma de Dominic acechando cada rincón de su nueva vida.
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El silencio en la unidad de aislamiento era absoluto, roto únicamente por el rítmico pitido del monitor que vigilaba el corazón de Arthur. La luz era tenue, una penumbra azulada que suavizaba las facciones pálidas del niño. Sarah finalmente se había rendido al agotamiento; Dominic la había obligado a retirarse a la habitación de descanso para padres del piso superior tras verla tambalearse de sueño.
Dominic se acomodó en el sillón junto a la cama, sin soltar la mano pequeña y frágil de Arthur. El niño tenía los ojos entreabiertos, desenfocados por la medicación, pero apretó débilmente los dedos de Dominic cuando sintió su contacto.
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El piso ejecutivo de Global Pierce era un hervidero de voces alzadas y movimientos erráticos. Rose Pierce se paseaba entre los escritorios de los analistas, señalando carpetas y exigiendo cambios en los reportes de logística con una prepotencia que rozaba el insulto. A su lado, Dustin se mantenía con las manos en los bolsillos, reforzando con su sola presencia la autoridad de la matriarca. Los empleados intercambiaban miradas de pánico; no sabían si seguir los protocolos establecidos por Dominic o someterse a las órdenes arbitrarias de la anciana.
El sonido metálico de unos tacones contra el mármol cortó el murmullo. Grace avanzó por el pasillo central, enfundada en un traje sastre color crema que resaltaba su figura y su nueva posición de poder. Se detuvo en seco, observando el desorden con una calma gélida que de inmediato atrajo todas las miradas.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Grace, con una voz que, sin necesidad de gritar, se impuso sobre el caos.
La asistente de Dominic, que ahora servía a Grace, se acercó de inmediato con el rostro tenso.
—La señora Pierce y el señor Dustin están exigiendo acceso a los servidores centrales y han ordenado detener los despachos de la zona norte —explicó en voz baja—. Los jefes de área están confundidos.
Grace asintió apenas y caminó directo hacia la anciana. No hubo dudas en su paso.
—Rose —dijo Grace, omitiendo cualquier título de cortesía.
La abuela Pierce se giró con una lentitud dramática, sintiendo cómo la bilis se apoderaba de su cuerpo ante la falta de respeto. Sus ojos azules chispearon de furia contenida.
—Atrevida... para ti soy la señora Pierce —escupió la anciana, apretando el puño sobre su bastón.
—Pues para mí ese título de señora le queda grande —replicó Grace con una sonrisa cortante—. Le recuerdo que, bajo los estatutos vigentes de esta empresa, quien da las órdenes soy yo. No usted, ni sus caprichos.

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