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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 68

El apartamento que la agencia de bienes raíces consiguió para Grace era impecable. Estaba completamente amoblado con un estilo minimalista y cálido, techos altos y una vista privilegiada de la ciudad. Lo más importante era la seguridad y el espacio para que Derek y Doménica no se sintieran encerrados. Rose, la niñera de confianza que los había acompañado en San Francisco, ya estaba instalada, organizando la ropa de los pequeños y devolviéndoles una sensación de normalidad.

Cuando la puerta principal se abrió, los niños soltaron sus juguetes y corrieron por el pasillo.

—¡Papá! —gritaron al unísono, lanzándose a los brazos de Maxwell.

Él se agachó para recibirlos, pero un pinchazo agudo en la zona lumbar lo obligó a tensar la mandíbula. Derek, siempre observador, lo miró con el ceño fruncido mientras se separaba un poco.

—Estás muy pálido, papá —dijo el niño con preocupación—. ¿Es otra vez la crisis de asma? ¿Te sientes mal?

Maxwell forzó una sonrisa y le revolvió el cabello, tratando de disimular la debilidad que empezaba a calarle los huesos por el tratamiento.

—No, campeón. Estoy bien, solo un poco cansado por el viaje y el trabajo. No es el asma, lo prometo.

Derek no pareció del todo convencido, pero Doménica lo distrajo rápidamente, tirando de la manga de Maxwell.

—¡Mira, papá! El señor Pierce me regaló a Black Widow —dijo la niña, mostrándole la figura de acción con entusiasmo—. Dijo que podía jugar con todo en su oficina.

—Y a mí me regaló el reactor de Tony Stark —añadió Derek, señalando el dispositivo que brillaba sobre una de las mesas auxiliares—. ¡Es el de verdad, el que tiene luz!

Maxwell sintió una punzada de celos que no pudo evitar. Era el instinto territorial de saber que Dominic estaba usando sus recursos para deslumbrar a los niños. Sin embargo, la imagen de Arthur, pálido y solo en la habitación de aislamiento, cruzó su mente. Pensó en cómo ese niño amaba a Dominic como a un padre, entonces el rencor se disolvió en una resignación amarga.

—Son unos juguetes muy lindos —dijo Maxwell con voz suave, haciendo un esfuerzo por sonar genuino—. Deben añadirlos a su colección con cuidado. El señor Pierce fue muy generoso.

Grace, que observaba la escena desde la entrada de la cocina, cruzó una mirada cargada de significado con Maxwell. Había una tregua silenciosa entre ellos, un frente unido por el bienestar de los tres niños involucrados en este caos.

—¿Cuándo volveremos a casa? —preguntó de pronto Doménica, sentándose en el sofá—. Extraño mis cosas de San Francisco.

Grace y Maxwell volvieron a mirarse. El silencio pesó un par de segundos hasta que Grace se acercó y se sentó junto a su hija.

—En un par de meses, cariño —respondió Grace con calma—. Tenemos que esperar a que Arthur esté recuperado y los médicos den el alta. Mientras tanto, no quiero que pierdan clases. Mañana mismo vamos a buscar una escuela aquí cerca.

—¿Una escuela nueva? —Derek abrió mucho los ojos—. ¿Con nuevos amigos?

—Sí —asintió Grace, acariciándole la mejilla—. Nueva York es una ciudad grande, seguro encontrarán compañeros divertidos.

—¡Sí! Queremos tener nuevos amigos acá —exclamó Doménica, contagiando a su hermano con la idea.

Maxwell se dejó caer en el sillón frente a ellos, observando cómo Grace manejaba la situación con esa fortaleza que siempre lo había cautivado. Sabía que los próximos meses serían una cuerda floja entre su salud, el imperio de los Pierce y el fantasma de Dominic acechando cada rincón de su nueva vida.

****

El silencio en la unidad de aislamiento era absoluto, roto únicamente por el rítmico pitido del monitor que vigilaba el corazón de Arthur. La luz era tenue, una penumbra azulada que suavizaba las facciones pálidas del niño. Sarah finalmente se había rendido al agotamiento; Dominic la había obligado a retirarse a la habitación de descanso para padres del piso superior tras verla tambalearse de sueño.

Dominic se acomodó en el sillón junto a la cama, sin soltar la mano pequeña y frágil de Arthur. El niño tenía los ojos entreabiertos, desenfocados por la medicación, pero apretó débilmente los dedos de Dominic cuando sintió su contacto.

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