Dustin, que había estado observando la escena con una fascinación oscura, dio un paso al frente. Recorrió a Grace de pies a cabeza con una mirada lasciva, deteniéndose en sus labios antes de mojarse los suyos con la punta de la lengua.
—Vaya, que tienes agallas —soltó Dustin con una voz cargada de una intención turbia—. Con razón mi primo babeaba por ti. Tienes ese fuego que a los Pierce nos vuelve locos.
Grace no retrocedió ante la invasión de su espacio personal. Lo miró con el desprecio que se le reserva a un insecto.
—No sé qué haces aquí, Dustin, ni qué pretendes —sentenció ella—. Te recuerdo que tu lugar es de interventor. Eso no te da derecho a estar aquí todo el día ni a interferir con el personal. Debes organizar tus horarios de auditoría e informarme formalmente. No eres un empleado, y mucho menos mi jefe.
Dustin soltó una carcajada seca, llena de arrogancia.
—Se te olvida un detalle, preciosa. Soy tan dueño de este imperio como Dominic y la abuela. Tú solo eres una empleada con un título temporal.
Grace soltó una risa ligera, casi compasiva, que dejó a Dustin descolocado.
—No, Dustin. Ya no soy una empleada. Desde el momento en que a tu primo se le ocurrió tomar mis activos para salvar su empresa, nos convertimos en socios. Yo manejo esta empresa por contrato legal. Si quieres venir a meter tus narices en mis libros, me informas el día y la hora. No antes.
Grace giró sobre sus talones y clavó la mirada en el personal que seguía expectante.
—¡Todos a trabajar! Los despachos de la zona norte siguen su curso según lo planeado. Cualquier orden que no provenga de mi oficina es nula. Muévanse.
Sin esperar respuesta, Grace caminó hacia su despacho y cerró la puerta con un golpe seco y firme, dejando a Rose y a Dustin con la palabra en la boca, hirviendo en una furia que prometía represalias, pero con la clara señal de que el territorio ya no les pertenecía.
—vámonos hijo —dijo la anciana a Dustin—, debemos preparar nuestra estrategia, esa mujer no sabe con quién se está metiendo, o parece que se le olvidó.
Grace se recargó contra la madera de la puerta, cerrando los ojos con fuerza mientras soltaba un suspiro tembloroso. Sentía el pulso acelerado.
—Esto va a ser un infierno —susurró para sí misma—. Y todo gracias a Dominic y sus brillantes ideas.
Caminó con paso lento hacia el imponente escritorio de roble, intentando recuperar la compostura, pero se detuvo en seco. Sobre la superficie pulida descansaba una elegante caja de trufas artesanales, exactamente de la marca y el tipo que a ella le encantaban. Junto a los dulces, una tarjeta de caligrafía impecable mostraba un mensaje corto: «Bienvenida, señora directora. Espero que volver a trabajar juntos sea mejor que en el pasado».
—Como usted mande, señora.
—Y ahora, siéntate —continuó Grace, sentándose en su sillón con autoridad—. Infórmame cuál es la agenda del día. Quiero saber cada reunión, cada compromiso.
Grace cerró su agenda digital, bloqueando cualquier pensamiento intrusivo sobre Dominic. Tenía una empresa que manejar y una guerra que ganar; no permitiría que unas trufas y una flor la distrajeran del tablero, hasta que la voz de su asistente la devolvió a la realidad.
—Hoy debe ir con el señor Pierce a los bancos para registrar su firma autorizada —explicó la mujer mientras revisaba su propia Tablet—. Al mediodía tienen un almuerzo con el CEO de la flota naviera Mariani y, por la tarde, deben trasladarse a los muelles de Nueva Jersey. Hubo un retraso con un cargamento crítico y el jefe de puerto exige la presencia de los dueños para liberar la mercancía.
Grace apretó los labios, procesando la información. Significaba que no solo tendría que soportar la cercanía de Dominic en la ciudad, sino que terminarían la jornada juntos en el puerto, lejos de la seguridad de sus oficinas.
Estaría a solas con él, en la oscuridad de los muelles, donde nadie podría ayudarla a escapar de él, si decidía rendirse.
«M@ldito Dominic, debí suponerlo»

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