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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 70

Maxwell llegó al hospital caminando con una rigidez que intentaba disimular. El medicamento de la primera dosis empezaba a manifestarse como una presión sorda en su zona lumbar. Al tomar el pasillo de hematología, divisó a Dominic que venía de salida.

Ambos hombres se detuvieron a pocos metros de distancia. El aire se volvió denso, cargado de una rivalidad que trascendía los negocios; era una colisión de pasados, presentes y dos paternidades enfrentadas. Se miraron a los ojos durante varios segundos, midiendo fuerzas en un silencio absoluto.

—¿Cómo está Arthur? —preguntó Maxwell, rompiendo el hielo con una voz que sonaba más cansada de lo que pretendía.

—Acaba de recibir la nueva dosis de quimioterapia —respondió Dominic, manteniendo las manos en los bolsillos de su abrigo—. Está débil, pero es un guerrero.

Dominic guardó silencio un momento, estudiando la palidez en el rostro de su rival. Dio un paso al frente, bajando el tono de voz para mantener la privacidad de la conversación.

—Entiendo que no es el mejor momento y, créeme, agradezco profundamente lo que estás haciendo por Arthur —comenzó Dominic, midiendo sus palabras—. Pero me gustaría hablar de la situación legal de nuestros hijos. Imagino que, dadas las circunstancias, deseas que Arthur lleve tu apellido.

Maxwell enarcó una ceja, y una chispa de desconfianza brilló en sus ojos.

—¿Qué propones ahora, Dominic? ¿Una nueva trampa? ¿Un intercambio de niños para seguir acercándote a mi esposa?

Dominic enfureció al instante. Su mandíbula se apretó con tanta fuerza que un músculo comenzó a vibrar en su mejilla, pero no gritó.

—Jamás usaría a los niños para mis estrategias —siseó Dominic con una furia contenida—. Solo hablo de lo que es justo. Lo justo es que Derek y Doménica lleven mi apellido, y Arthur el tuyo. Eso no significa que yo vaya a desamparar a Arthur o dejar de quererlo; ese niño ha sido mi hijo durante seis años y nada va a cambiar eso. Pero los mellizos... ellos son sangre de mi sangre.

Maxwell soltó una risa amarga, sosteniéndole la mirada con desafío.

—Pues con respecto a Derek y Doménica, eso lo tendrás que discutir con Grace. Y dudo mucho que, después de todo lo que ha pasado, ella desee que nuestros niños lleven tu apellido. Para ellos, yo soy su padre. Ese es el único título que conocen.

Las palabras de Maxwell fueron como una daga directo al corazón de Dominic. Por dentro, sintió una rabia volcánica ante la mención de que Grace pudiera negarle ese derecho, pero hizo un esfuerzo sobrehumano por mantener la compostura frente al hombre que ahora sostenía la vida de Arthur en sus manos.

—Es mi oficina ahora, Dominic —le recordó ella, entrelazando sus dedos sobre el escritorio en un gesto de control que no lograba ocultar el leve temblor de sus manos.

Dominic acortó la distancia con pasos lentos, calculados, hasta quedar frente a ella. Se inclinó sobre la madera, acercándose demasiado haciendo que su perfume —esa mezcla de madera y cítricos que ella recordaba con una precisión dolorosa— nublara sus sentidos, estaba nerviosa de solo pensar que ese día estarían solos y él parecía predecir lo que ella estaba sintiendo.

—Es nuestra —recalcó él, bajando el tono de voz hasta que se volvió un susurro—. Y no he venido a discutir sobre metros cuadrados. Acabo de hablar con Maxwell.

Grace se tensó, pero no retrocedió. Sostuvo su mirada, aunque la proximidad de Dominic la obligaba a registrar cada detalle de su rostro: la intensidad de sus ojos, la línea dura de su mandíbula y el calor que emanaba de su cuerpo.

—¿Y ahora qué ocurre? ¿Con qué nueva trampa vas a salir?

—¿Por qué piensas negarles el derecho de llevar mi apellido a Derek y Doménica? —soltó él, directo, sin apartar los ojos de los suyos—. ¿Pretendes que empecemos una guerra legal y que en medio de todo queden los niños?

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