Dominic se quedó helado. No apartó las manos, pero sus dedos no se movieron. El aire en la habitación pareció espesarse. No esperaba una noticia así, no tan pronto.
—¿Dominic? —insistió ella, buscando su mirada—. Estoy embarazada.
Él parpadeó, recuperando el control de sus facciones. Forzó una sonrisa.
—Qué alegría —respondió.
La atrajo hacia sí, la abrazó y la besó en la frente. Sus movimientos fueron mecánicos, precisos, pero vacíos. Mientras Sarah se aferraba a él, Dominic miraba por encima de su hombro hacia la nada, le había dicho a su esposa que no pensaba en Grace, que dejaría atrás el pasado, pero tenía una espina clavada en el pecho, que si no se la sacaba no iba a continuar en paz.
«Parecías tan sincera. ¿Cómo pudiste fingir todo este tiempo? Hasta me dijiste que me amabas y lo sentí, lo sentía cada vez que me mirabas, qué te entregabas a mí. ¿Por qué Grace? ¿Acaso te estás vengando por qué no te elegí?»
—Dominic…
La voz de Sarah lo sacó del trance mental en el que se encontraba en ese momento.
—Vamos a despedirnos de los invitados, y prepárate para el viaje, yo debo solucionar un asunto con mi abuela, algo de los negocios, no tardo —mintió, cuando era realidad quería comprobarse así mismo que escoger a Sarah por encima de Grace había sido lo correcto.
La mirada de Sarah se iluminó, esbozó una amplia sonrisa.
—Claro mi amor —respondió Sarah y salió de la habitación.
Cuando Dominic recuperó algo de la compostura buscó a su abuela, pero le informaron que se había retirado. Salió del hotel sin decir nada y pidió a la limusina que lo llevara a la mansión.
—Grace Scott solo espero que no existan esas pruebas —murmuró para sí mismo, apretó con fuerza los puños.
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Charlotte Pierce entró en su despacho privado y cerró la puerta con llave. Se sentó frente a su escritorio de caoba y marcó un número de memoria.
—Soy yo —dijo en cuanto contestaron—. Dominic recibió un mensaje y una transferencia de Grace Scott hace como una hora. Quiero que usen todos sus medios. rastreen ese teléfono y el origen del dinero.
Hubo una breve pausa al otro lado de la línea. Charlotte apretó el auricular con fuerza.
—Me da igual el costo o la legalidad. Quiero una ubicación exacta —sentenció con voz cortante—. Esa mujer no sabe que se ha ganado a su peor enemiga. Creía que con diez mil dólares y una amenaza iba a asustarme, pero voy a aplastarla antes de que pueda volver a acercarse a mi nieto.
Colgó sin esperar respuesta. Se puso en pie y caminó hacia el ventanal, mirando las luces de Nueva York. Sus ojos brillaban con una furia fría. Para ella, Grace Scott no era más que un cabo suelto que debió cortar con más fuerza.
—Te di una oportunidad para desaparecer, Grace —susurró al cristal—. Ahora sabrás que te metiste con la familia equivocada.
La puerta del despacho se abrió de golpe. Dominic entró como un vendaval, con el rostro tenso y la mandíbula apretada.
—Quiero ver esas pruebas. Ahora.
La abuela se llevó la mano al pecho, sobresaltada por la irrupción. El gesto le robó el color del rostro, aunque su mirada seguía firme, calculadora.
—Tanto te importa esa mujerzuela —reclamó, fingiendo indignación— que dejaste a tu esposa en plena fiesta y viniste hasta aquí solo por unas pruebas.
Dominic respiraba agitado. No levantó la voz, pero cada palabra salió cargada de dureza.
Su voz se quebró. Se dejó caer en el sillón con un jadeo exagerado.
—Mis pastillas… —susurró—. Me falta el aire.
—¡Abuela! —exclamó Dominic, avanzando de inmediato—. ¡Traigan sus medicinas!
Una empleada entró apresurada. Dominic no apartó la mirada de Charlotte ni un segundo.
Entre jadeos, la anciana habló de nuevo, con un tono débil que contrastaba demasiado bien con la firmeza de sus palabras.
—Dominic… siempre he querido lo mejor para ti. Grace Scott es igual que tu madre. Arribistas. Interesadas. —Hizo una pausa, sin retirar la mano del pecho—. No te estoy manipulando. Te estoy salvando. No quiero que te conviertas en tu padre. No quiero verte destruido por una mujer que no vale nada.
Dominic no respondió. Observó a la anciana recuperar el aliento, pero el aire en la habitación le resultaba insoportable.
Si esas pruebas eran reales, su conciencia podía descansar. Si Grace era una arribista, entonces él no era el hombre que había destrozado a una mujer inocente por ambición; era solo otra víctima de su engaño. Necesitaba que Grace fuera la culpable para no derrumbarse.
—Llévenla a su habitación —ordenó Dominic a las empleadas, sin mirar a su abuela.
Salió del despacho con paso rápido. Se quedó en el pasillo.
—Me traicionaste —susurró, aunque sabía que era él quien la había dejado primero—. Me vendiste una mentira.
Necesitaba odiarla. Era la única forma de no admitir que, aunque tuviera las fotos en la mano y una fusión empresarial asegurada se sentía más vacío que nunca. El viaje de bodas comenzaba, pero para Dominic, la verdadera condena era saber que, incluso después de todo, el fantasma de Grace Scott lo perseguiría en cada instante de su vida.

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