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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 8

Dominic se quedó helado. No apartó las manos, pero sus dedos no se movieron. El aire en la habitación pareció espesarse. No esperaba una noticia así, no tan pronto.

—¿Dominic? —insistió ella, buscando su mirada—. Estoy embarazada.

Él parpadeó, recuperando el control de sus facciones. Forzó una sonrisa.

—Qué alegría —respondió.

La atrajo hacia sí, la abrazó y la besó en la frente. Sus movimientos fueron mecánicos, precisos, pero vacíos. Mientras Sarah se aferraba a él, Dominic miraba por encima de su hombro hacia la nada, le había dicho a su esposa que no pensaba en Grace, que dejaría atrás el pasado, pero tenía una espina clavada en el pecho, que si no se la sacaba no iba a continuar en paz.

«Parecías tan sincera. ¿Cómo pudiste fingir todo este tiempo? Hasta me dijiste que me amabas y lo sentí, lo sentía cada vez que me mirabas, qué te entregabas a mí. ¿Por qué Grace? ¿Acaso te estás vengando por qué no te elegí?»

—Dominic…

La voz de Sarah lo sacó del trance mental en el que se encontraba en ese momento.

—Vamos a despedirnos de los invitados, y prepárate para el viaje, yo debo solucionar un asunto con mi abuela, algo de los negocios, no tardo —mintió, cuando era realidad quería comprobarse así mismo que escoger a Sarah por encima de Grace había sido lo correcto.

La mirada de Sarah se iluminó, esbozó una amplia sonrisa.

—Claro mi amor —respondió Sarah y salió de la habitación.

Cuando Dominic recuperó algo de la compostura buscó a su abuela, pero le informaron que se había retirado. Salió del hotel sin decir nada y pidió a la limusina que lo llevara a la mansión.

—Grace Scott solo espero que no existan esas pruebas —murmuró para sí mismo, apretó con fuerza los puños.

****

Charlotte Pierce entró en su despacho privado y cerró la puerta con llave. Se sentó frente a su escritorio de caoba y marcó un número de memoria.

—Soy yo —dijo en cuanto contestaron—. Dominic recibió un mensaje y una transferencia de Grace Scott hace como una hora. Quiero que usen todos sus medios. rastreen ese teléfono y el origen del dinero.

Hubo una breve pausa al otro lado de la línea. Charlotte apretó el auricular con fuerza.

—Me da igual el costo o la legalidad. Quiero una ubicación exacta —sentenció con voz cortante—. Esa mujer no sabe que se ha ganado a su peor enemiga. Creía que con diez mil dólares y una amenaza iba a asustarme, pero voy a aplastarla antes de que pueda volver a acercarse a mi nieto.

Colgó sin esperar respuesta. Se puso en pie y caminó hacia el ventanal, mirando las luces de Nueva York. Sus ojos brillaban con una furia fría. Para ella, Grace Scott no era más que un cabo suelto que debió cortar con más fuerza.

—Te di una oportunidad para desaparecer, Grace —susurró al cristal—. Ahora sabrás que te metiste con la familia equivocada.

La puerta del despacho se abrió de golpe. Dominic entró como un vendaval, con el rostro tenso y la mandíbula apretada.

—Quiero ver esas pruebas. Ahora.

La abuela se llevó la mano al pecho, sobresaltada por la irrupción. El gesto le robó el color del rostro, aunque su mirada seguía firme, calculadora.

—Tanto te importa esa mujerzuela —reclamó, fingiendo indignación— que dejaste a tu esposa en plena fiesta y viniste hasta aquí solo por unas pruebas.

Dominic respiraba agitado. No levantó la voz, pero cada palabra salió cargada de dureza.

C8: Las pruebas del engaño. 1

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