Entrar Via

La amante despreciada del CEO romance Capítulo 72

Maxwell entró en la habitación del hospital y se detuvo al pie de la cama. Arthur se veía pálido. Sarah se puso en pie de un salto; el miedo y la culpa en su mirada eran evidentes, pero él ni siquiera se molestó en sostenerle la vista. Su atención estaba fija en el niño.

—Arthur, mi amor —susurró Sarah, acercándose para acariciar la frente del pequeño—. Mira quién vino.

El niño giró la cabeza con lentitud. Sus ojos, grandes y cansados, buscaron la figura de Maxwell hasta encontrarla.

—¿Quién es él, mamá? —preguntó Arthur con un hilo de voz que a Maxwell le dolió en el centro del pecho.

Sarah tragó saliva, mirando a Maxwell con una súplica silenciosa antes de responder.

—Es un amigo que te quiere mucho, Arthur. Y es la persona que te va a salvar la vida.

Arthur observó a Maxwell durante un largo silencio.

—¿Usted me va a salvar? —preguntó Arthur, extendiendo una mano pequeña y pálida que temblaba por la debilidad.

Maxwell se sentó en el borde del colchón y envolvió la mano del niño con las suyas. El contacto con la piel del niño le agitó el corazón.

—Haré que te pongas bien, Arthur. Te lo juro —respondió Maxwell. Su voz, siempre fría y calculadora, se quebró por un instante.

Arthur apretó los dedos de Maxwell con la poca fuerza que le quedaba y sonrió de una manera que le atravesó el alma.

—¿Sabe? Anoche soñé con usted —susurró el niño, entornando los ojos—. Soñé que un gigante venía y me sacaba de esta cama para llevarme a ver el mar. Usted se parece al gigante de mi sueño. Por favor, no deje que me quede aquí siempre... quiero ir a jugar con mis amigos, con mi papá.

Maxwell sintió un golpe físico en el pecho ante la inocencia del niño. El resentimiento hacia Sarah se volvió ceniza frente a la pureza de esa pregunta. Apretó la mano de Arthur con una delicadeza extrema, prometiéndose internamente que nadie, ni Sarah ni los Pierce, volverían a separarlo de él.

—No pienso dejarte, Arthur —aseguró Maxwell, mirándolo a los ojos con una verdad absoluta—. Vas a sanar. Vas a salir de aquí y yo mismo te llevaré a ver ese mar.

Sarah cerró la puerta de la habitación con un cuidado extremo, como si el más mínimo ruido pudiera romper la frágil estabilidad de Arthur. Se apoyó contra la pared del pasillo y se cubrió el rostro con las manos, dejando que los sollozos contenidos estallaran en un llanto amargo. No pasó mucho tiempo antes de sentir unos brazos conocidos rodeándola con la calidez de un hogar que ya no tenía.

—Niña Sarah... —susurró Morgana, apretándola contra su pecho.

Sarah se hundió en el abrazo de la mujer que la había visto crecer. Era el ama de llaves de la casa de su padre. Morgana se separó apenas para buscar algo en su bolso y le entregó un pequeño envoltorio de terciopelo desgastado.

—No diga eso, no piense que es un castigo —la consoló Morgana con ternura—. Todos cometemos errores cuando estamos desesperados. No se torture más.

Sarah se limpió el rostro con la manga, tratando de recuperar un poco de aire.

—¿Sabes qué va a hacer mi papá con las joyerías? —preguntó con una mueca de amargura.

—Creo que las va a poner en venta muy pronto —respondió Morgana en un susurro—. Quiere deshacerse de todo lo que tenga que ver con usted. No quiere dejarle nada.

A pocos metros, oculto tras el ángulo del pasillo, Maxwell permanecía inmóvil. Había escuchado cada palabra, cada sollozo y cada confesión de culpa. Sus ojos se entrecerraron y una frialdad absoluta se instaló en su semblante al procesar la información sobre las joyerías.

—Esas joyerías tienen que ser mías —murmuró Maxwell para sí mismo, con la voz cargada de una determinación gélida.

Se alejó rápidamente hacia una zona privada, sacó su teléfono y marcó el número de su bufete principal.

—Llama a mis abogados ahora mismo —ordenó Maxwell en cuanto atendieron—. Quiero que le hagan una propuesta agresiva al padre de Sarah para comprar todas sus joyerías. Háganlo a través de la empresa fantasma en Delaware. Que sea rápido y discreto. El viejo Colleman no debe sospechar, ni por un segundo, que me las está vendiendo a mí. Hagan que firme hoy mismo.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO