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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 73

Dominic se adelantó unos pasos y abrió la puerta de su deportivo con un gesto fluido, esperando que Grace subiera. Se quedó sosteniendo la manija, pero ella ni siquiera se detuvo. Con la barbilla en alto y un paso decidido, Grace pasó de largo y caminó hacia la camioneta negra donde el chofer ya mantenía la puerta abierta.

Subió al asiento trasero sin mirar atrás.

—Al banco —ordenó Grace con voz seca.

Dominic se quedó estático un segundo, con la mano aún en su auto, procesando el desplante. Reaccionó rápido; cerró su deportivo de un golpe y corrió hacia la camioneta antes de que el chofer arrancara. Abrió la puerta y se sentó a su lado.

Grace resopló, apretando los dientes mientras se pegaba a la ventanilla opuesta.

—El acoso laboral es penado por la ley, Dominic —soltó ella sin mirarlo, con un tono cortante que buscaba poner una barrera física entre los dos.

—No te estoy acosando, Grace —respondió él, acomodándose en el asiento de cuero con una calma que a ella le resultaba exasperante—. Pero si vamos a los mismos lugares y tenemos la misma agenda, es más eficiente ir en un solo auto. Se llama optimizar recursos.

Grace no se molestó en discutir. Sabía que pelear con él solo le daría la satisfacción de verla alterada. Abrió su computadora portátil con un movimiento seco, la apoyó sobre sus piernas y empezó a teclear con furia, concentrándose en los reportes trimestrales como si su vida dependiera de ello.

El ambiente dentro del vehículo se volvió pesado. Dominic no se movió, pero Grace podía sentir su mirada fija en ella, recorriendo su perfil, estudiando la tensión de sus hombros y el ritmo acelerado de sus dedos sobre el teclado. Ella mantuvo la vista clavada en la pantalla, ignorando la presión de tenerlo a pocos centímetros, decidida a demostrarle que, aunque compartieran el mismo espacio, él ya no existía en su mundo.

Cuando llegaron al banco, el aire acondicionado no logró disipar la tensión que Grace sentía en el pecho. Caminó con la cabeza en alto, ignorando la presencia de Dominic a su lado, hasta que llegaron a la oficina principal. El gerente, un hombre de rostro severo llamado Sr. Harrison, ni siquiera se puso de pie para recibirlos.

—Señor Pierce, es un gusto verlo —dijo Harrison, ignorando por completo la mano extendida de Grace—. Pero me temo que el registro de firma para la señora... —hizo una pausa cargada de desprecio, consultando unos papeles—... para la señora Foster, no será posible hoy.

Grace frunció el ceño, sintiendo un nudo en el estómago.

—¿De qué está hablando? Soy la nueva CEO de Global Pierce. Los documentos legales están en regla.

Harrison soltó una risa seca, recostándose en su silla.

—Recibí llamadas muy interesantes esta mañana, señora. Referencias personales que ponen en duda su ética y su capacidad. Este banco no puede otorgar poderes de firma a alguien con un historial de manipulación y conveniencia personal. La señora Charlotte Pierce fue muy clara sobre el tipo de mujer que es usted.

Grace sintió que la sangre se le helaba. Las palabras del gerente la golpearon con fuerza. "Manipulación", "conveniencia".

—La señora Pierce conoce muy esas palabras es experta en manipulaciones —expresó.

Dominic, que hasta ese momento había guardado un silencio tenso, dio un paso al frente. Su mandíbula se tensó y una vena saltó en su cuello.

—Repita eso, Harrison —ordenó Dominic con una voz tan baja y peligrosa que el gerente palideció al instante.

—Señor Pierce, solo sigo instrucciones... Su abuela dice que esta mujer solo busca...

—¡Esta mujer es la CEO de mi empresa! —rugió Dominic, golpeando el escritorio con una fuerza que hizo saltar la lámpara—. Y si usted decide creer en chismes de pasillo antes que en los documentos legales que tiene enfrente, entonces este banco no es digno de mi capital.

Harrison tartamudeó, intentando retractarse, pero Dominic no lo dejó hablar.

—Cierre nuestras cuentas. Todas. Ahora mismo —sentenció Dominic con una furia fría—. El fondo de contingencia, las nóminas, los activos personales... mueva cada centavo a la competencia antes de que termine el día.

—Señor, por favor, son décadas de relación comercial...

—Dominic… —Grace quiso intervenir, pero él no la dejó.

—Eso se terminó hoy —sentenció él, su voz vibró con una determinación que ella sintió en el pecho—. Ya la enfrenté nombrándote CEO, pero ahora voy a ir más allá. Me voy a encargar de Charlotte personalmente. Te lo juro por mi vida, no voy a permitir que vuelvan a tocarte ni con una palabra. Esta vez voy a ser tu escudo contra todo lo que ella intente. No estás sola en esto, Grace. Créeme.

Grace lo miró, buscando rastro de duda en esos ojos grises que la devoraban con una mezcla de arrepentimiento y adoración.

—Ella no se va a quedar quieta, Dominic. Es capaz de todo por el apellido —murmuró ella, sintiendo que la calidez de él finalmente empezaba a calmar su agitación.

—Pues que lo intente. Prefiero quemar el apellido Pierce antes de dejar que vuelvan a humillarte —respondió él con firmeza.

Dominic la envolvió en un abrazo protector, rodeándola con sus brazos como si quisiera esconderla del resto del mundo. Grace, vencida por la descarga emocional, se aferró a su chaqueta y hundió la cara en su hombro, permitiéndose llorar mientras se entregaba a la seguridad de ese abrazo que, siempre a pesar de todo le daba seguridad.

Sin embargo segundos después se obligó a reaccionar, se alejó de Dominic y se limpió el rostro con un pañuelo facial que sacó de su bolso.

—Te agradezco el apoyo Dominic, pero no sobrepases los límites, si quieres que esto de trabajar juntos y estar cerca de los niños funcione, mantén la distancia conmigo.

Dominic tragó saliva y luego la miró a los ojos.

—Te ofrezco una tregua, mantendré mis manos alejadas de ti, pero podemos empezar siendo amigos, prometo no sobrepasarme.

Grace negó.

—Te conozco bien, contigo no se puede negociar, ya lo dijiste siempre te sales con la tuya.

—Lo prometo —dijo con rapidez—, y sabes que lo que prometo lo cumplo. —Extendió su mano a ella—. ¿Amigos?

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