—Te daré una oportunidad, Dominic —soltó ella con la voz firme—. Pero quiero que me escuches bien y que esto se te grabe.
Dominic no retrocedió, manteniendo la mirada fija en ella, atento a cada palabra.
—A la primera que invadas mi espacio, a la primera que intentes sobrepasarte conmigo o que creas que este abrazo te da derecho a algo más, se acabó —sentenció Grace, apretando los dedos sobre la tela de su chaqueta—. Agarro mis cosas, tomo a mis niños y no nos vuelves a ver nunca más. No habrá una segunda oportunidad ni explicaciones. Desapareceré de tu vida y de esta empresa para siempre. ¿Te queda claro?
Dominic sintió el peso de la amenaza. Grace ya se había ido una vez y no dudaría en hacerlo de nuevo si él cometía el más mínimo error.
—Te queda claro —respondió él, bajando las manos de su rostro para demostrarle que respetaba su límite de inmediato—. No voy a forzar nada, Grace. Mi prioridad es que estés segura y que nadie vuelva a humillarte. Si para eso tengo que mantener mi distancia, lo haré. Solo quiero que sepas que estoy de tu lado.
*****
Sarah caminó por el pasillo y se encontró de frente con Maxwell. Él la esperaba recostado contra la pared, con una expresión gélida y una chispa de triunfo amargo en la mirada. Ella intentó disimular el rastro de sus lágrimas, pero él ya lo había visto todo.
—¿Qué se siente perderlo todo, querida? —soltó Maxwell con una voz cargada de ironía.
Sarah se detuvo en seco, apretando el pequeño envoltorio de joyas contra su costado. Lo miró con una mezcla de cansancio y desafío.
—¿De qué hablas, Maxwell? —respondió ella, tratando de mantener la voz firme.
—Escuché a tu nana —dijo él, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio con esa autoridad que siempre la ponía nerviosa—. Sé que tu padre te dio la espalda, que las joyerías están en venta y que te quedaste sin el respaldo de los Colleman. Estás sola.
Sarah soltó una risa seca, carente de alegría, y lo miró directo a los ojos.
—No, no lo he perdido todo, Maxwell —sentenció ella con una intensidad que lo obligó a guardar silencio—. Mientras mi hijo siga respirando, lo tengo todo. El dinero y los apellidos me dan igual si él sale de esa cama.
Maxwell la estudió por un momento, frunciendo el ceño. El cinismo volvió a su rostro, aunque en el fondo algo en la devoción de Sarah lo perturbaba.
—Me sorprende que quieras tanto al niño —comentó él, cruzándose de brazos—, cuando tú a la única persona que has querido siempre es a ti misma. Me pregunto a qué se debe tanto amor por un niño que no lleva la sangre Pierce, sino la de un simple empleado... o sea, la mía.
El silencio que siguió fue pesado. Sarah no apartó la mirada; al contrario, dio un paso hacia él, quedando tan cerca que Maxwell se tensó.
—Pues ahí tienes la respuesta —respondió Sarah en un susurro vibrante—. Si eres tan inteligente como presumes, sabrás deducir por qué mi vida entera gira en torno a Arthur. No es por el apellido, Maxwell. Es por lo que él representa.
Sin decir una palabra más, Sarah le dio la espalda. Caminó con paso rápido y se refugió en la habitación del niño, cerrando la puerta tras de sí.
Maxwell se quedó estático en medio del pasillo. El corazón le empezó a latir a mil por hora. Las palabras de Sarah lo golpearon como una revelación física. Ella no solo le estaba diciendo que Arthur era suyo; le estaba confesando que el amor desmedido por ese niño era el reflejo del amor que, a pesar de las traiciones y las mentiras, ella siempre había sentido por él.
«No eso no es posible. Si ella me hubiera amado, habría huido conmigo cuando se lo propuse»
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Dominic y Grace entraron al restaurante con una sincronía que ninguno reconoció en voz alta. Luciano Mariani ya los esperaba y, al ver a Grace, se puso de pie con una sonrisa genuina, ignorando la figura imponente de Dominic.
—Grace, qué gusto verte —dijo Luciano, estrechando su mano—. Me sorprendió saber que eres la nueva CEO de Global Pierce. ¿Qué pasará con tu empresa en San Francisco?
—Global Pierce es mi prioridad ahora, Luciano —respondió Grace con seguridad—. Mi enfoque está en rescatar este imperio.
Dominic intercambió una mirada rápida con Grace. El trato era ambicioso, pero justo.
—Si Sebastian nos asegura prioridad de atraque y reducimos los tiempos en un 15%, puedo concederte esa gestión preferente en los terminales de Nueva York y Savannah —intervino Dominic con firmeza.
—Y yo integraré el sistema de rastreo en tiempo real en todos tus barcos —añadió Grace—. Eso eliminará los cuellos de botella en las aduanas que controlamos. Seremos la red más eficiente del mundo.
Luciano sonrió, satisfecho por la rapidez de ambos. Firmó la carta de intención con un trazo decidido.
—Me voy con un trato excelente. Sebastian estará encantado de trabajar con ustedes.
Al salir del restaurante, el éxito del negocio dejó un silencio cargado de adrenalina entre Dominic y Grace.
—Seguimos siendo un gran equipo Grace —aseguró Dominic.
Grace inhaló profundo.
—Sí, pero ahora ya no soy tu asistente, soy la jefa —recalcó con autoridad.
Dominic la miró a los ojos con esa chispa que a Grace le derretía el corazón, esbozó una sonrisa ladeada.
—Siempre estaré a tus órdenes jefa, para lo que necesites…—Lo último recalcó con voz ronca.

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