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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 75

El teléfono en el despacho de Charlotte Pierce vibró con una insistencia. Cuando ella finalmente lo tomó, la voz del señor Harrison, el gerente del banco, sonaba al borde del colapso.

—¡Señora Charlotte! —exclamó Harrison, casi sin aire—. Dominic acaba de estar aquí. Ha sido un desastre absoluto. Canceló todas las cuentas de Global Pierce... ¡todas! El fondo de contingencia, las nóminas, incluso sus cuentas personales. Dijo que movería hasta el último centavo a la competencia antes del cierre del día. Es una fortuna que el banco ha manejado desde la época de su esposo, no podemos permitirnos perder este flujo de capital.

Charlotte apretó el auricular, su rostro mostró una máscara de frialdad, pero no mostró ni un ápice de debilidad ante el gerente.

—Tranquilo, Harrison —respondió ella con una voz gélida y autoritaria—. Dominic está pasando por una fase de rebeldía absurda. No se angustie, mi nieto Dustin será pronto el nuevo CEO de la compañía y retomaremos las relaciones comerciales de inmediato. Considere esto un contratiempo temporal.

Colgó sin esperar respuesta y dejó el teléfono sobre la mesa de caoba. Dustin, que había estado observando la escena desde el sillón frente al ventanal, soltó una risa seca, cargada de escepticismo.

—¿Y cómo vamos a lograr eso, abuela? —preguntó Dustin, ajustándose el nudo de la corbata con impaciencia—. Dominic tiene el control total y esa mujer, Grace, no nos deja ni asomarnos por el edificio. Nos tienen bloqueados en todas las juntas. Ahora mismo, somos extraños en nuestra propia empresa.

Charlotte se giró lentamente hacia él. Sus ojos, cargados de décadas de manipulación y poder, brillaron con una luz peligrosa. Se acercó a su nieto y apoyó sus manos huesudas sobre el respaldo del sillón.

—Tengo estrategias, querido. Confía en tu abuela —sentenció ella, dibujando una sonrisa torcida—. El mundo cree que fue tu abuelo quien alzó este imperio, pero la realidad es que quien puso cada piedra de Global Pierce fui yo. Él era la cara amable, yo era la voluntad de hierro.

Charlotte chasqueó los dedos en el aire, un sonido seco que resonó en el silencio del despacho.

—Con un solo movimiento puedo volver a destruirlo todo —continuó en un susurro—. Si Dominic quiere jugar a los héroes defendiendo a esa empleaducha, que lo haga. Pero cuando el suelo se abra bajo sus pies y los inversores empiecen a retirar su apoyo por el caos que voy a provocar, lo veré de rodillas ante mi suplicando que lo salve, entonces tú tomarás el mando.

Dustin miró a su abuela con una mezcla de temor y admiración. Sabía que cuando Charlotte hablaba de destrucción, no se trataba de una metáfora, sino de una promesa.

****

El puerto de New Jersey se extendía ante ellos como un gigante de acero y asfalto bajo un cielo que empezaba a teñirse de un violeta amenazante. Dominic y Grace bajaron de la camioneta, recibidos por el estruendo de las máquinas. El gerente operativo los esperaba con un casco en la mano, visiblemente ansioso por la llegada de la nueva CEO.

Una ola mucho más grande golpeó el casco, inclinando el yate de forma violenta. Grace soltó un grito al sentir que sus pies abandonaban la cubierta. Dominic se lanzó hacia ella justo cuando el barco daba un bandazo hacia el otro lado, proyectándolos con fuerza hacia el interior de la cabina.

Cayeron sobre el amplio sofá de cuero, con un impacto que les robó el aliento. Dominic usó su propio cuerpo como escudo, protegiendo la cabeza de Grace con su brazo mientras ella quedaba atrapada bajo su peso, hundida en los cojines.

La lluvia estalló sobre el techo de fibra de vidrio. Afuera no se veía nada, solo la furia del agua. Grace tenía el corazón martilleando contra sus costillas, la respiración agitada golpeando el cuello de Dominic. El miedo, la hizo aferrarse con fuerza a los hombros de él.

—Tengo miedo Dominic… mis niños, no me quiero morir.

—Tranquila, no voy a dejar que te pase nada —susurró Dominic.

Él no se movió. La tenía debajo, sintiendo cada curva de su cuerpo, el calor de su piel empapada y el aroma de su perfume mezclado con la lluvia. Grace cerró los ojos, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello mientras el yate subía y bajaba violentamente. En esa oscuridad, con el barco crujiendo y el mar reclamando su espacio, la barrera que ella había construido se sentía tan frágil como el cristal. Dominic apretó el abrazo, mientras el balanceo inevitable los fundía en un solo cuerpo en medio de la tempestad.

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