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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 76

Poco a poco, el balanceo violento del yate fue cediendo hasta convertirse en un vaivén rítmico y pesado. El motor seguía muerto, pero la embarcación parecía haber encontrado un equilibrio precario entre las olas. Grace, con el corazón todavía galopando contra sus costillas, sintió el peso firme y protector de Dominic sobre ella. La oscuridad en la cabina era casi total, rota solo por los fogonazos de los rayos que se filtraban por los cristales empapados.

—Ya no necesitas estar encima de mí —susurró Grace, con la voz entrecortada—. Parece que el barco se estabilizó.

Dominic no se movió de inmediato. En la penumbra, ella pudo sentir su mirada fija, intensa, recorriéndole el rostro con una mezcla de ansiedad y alivio. Con una lentitud que le erizó la piel, él levantó una mano y le acarició la mejilla con una devoción que no pudo ocultar. Sus dedos temblaban apenas.

—¿Seguro no tienes golpes o heridas? —le preguntó él, con una voz ronca que vibraba de preocupación—. Por favor, Grace, dime la verdad. No me perdonaría si algo malo te pasara por mi culpa.

Grace sintió una sacudida en el pecho, una calidez que no tenía nada que ver con el clima. El resentimiento que había estado cultivando durante años flaqueó ante la sinceridad de ese hombre que parecía estar sufriendo más por ella que por la tormenta misma.

—Estoy bien, de verdad —respondió ella, suavizando el tono sin darse cuenta—. ¿Y tú?

Grace levantó la mano para apartarle el cabello de la frente, pero al rozar su sien, sintió algo líquido y viscoso que se le pegó a los dedos. El olor metálico de la sangre la golpeó de inmediato.

—¡Por Dios, Dominic! Tú sí estás herido —exclamó ella, incorporándose a medias con un gesto de alarma.

—Estoy bien, no es nada —dijo él, intentando restarle importancia mientras se apartaba para sentarse en el sofá de enfrente—. Seguro es solo un rasguño del golpe contra la mesa cuando caímos.

Dominic buscó en un compartimento lateral y encendió una linterna de mano. El haz de luz cortó la oscuridad de la cabina, iluminando el rastro de sangre que bajaba por su mejilla. Se limpió con el dorso de la mano, pero la herida seguía abierta. Miró por el ventanal; afuera, el cielo seguía rugiendo, aunque la lluvia ya no golpeaba con la misma furia asesina de antes.

—Voy a pedir refuerzos —anunció él, poniéndose de pie con esfuerzo.

Caminó hacia la consola de mando y tomó el radio de comunicación. El estático llenó el espacio, un ruido blanco y desesperante que no traía ninguna voz de vuelta.

—Aquí yate de inspección Alpha, estamos a la deriva cerca del muelle sur, ¿me reciben? —insistió Dominic una y otra vez, pero solo obtuvo silencio—. La interferencia de la tormenta bloqueó la señal. Estamos aislados hasta que baje el frente eléctrico.

Regresó hacia donde estaba Grace y, sin decir una palabra, se quitó el saco oscuro. Se acercó y se lo puso sobre los hombros, envolviéndola en el calor que aún conservaba la prenda y en su aroma característico.

—Debes tener frío —dijo él, sentándose a una distancia prudente pero sin dejar de observarla.

—No, tranquilo... estoy bien —respondió Grace, apretando las solapas del saco contra su pecho. La adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a una fatiga profunda—. Solo quiero volver a casa. Quiero estar con mis niños.

Dominic la miró con una ternura dolorosa. Al mencionar a los niños, sintió una punzada en el pecho, apenas sabía de su existencia y no iba a permitir que el mar le arrebatara la oportunidad de ganarse el cariño de sus hijos.

—Volveremos, Grace —le prometió él con una convicción absoluta—. Te juro que hoy mismo estarás con ellos.

—El yate de inspección está a la deriva en New Jersey —respondió Charlotte, con una voz que carecía de cualquier rastro de angustia—. Dominic y esa mujer están atrapados en medio de la tormenta. No hay señales de ellos en el radar.

Dustin palideció, pero Charlotte soltó una risa seca, un sonido corto y carente de alma que erizó los vellos de su nieto.

—Ojalá esa mujer se muera en el mar —sentenció la abuela Pierce, entrelazando sus dedos huesudos—. Es el momento que he estado esperando. Si el océano hace el trabajo sucio por nosotros, el camino quedará libre de una vez por todas.

Sin perder un segundo, Charlotte volvió a tomar el teléfono. Marcó la extensión directa de la oficina de administración de Global Pierce. Cuando la secretaria respondió, la voz de la anciana cambió de inmediato, transformándose en el tono de una abuela angustiada y vulnerable.

—Habla Charlotte Pierce... —dijo, fingiendo un temblor en la voz que sonaba escalofriantemente real—. Acabo de recibir la noticia del accidente de mi nieto. Estoy desolada, pero mi mayor preocupación en este momento son esos pobres niños... los hijos de la señora Grace. No pueden estar solos en una situación así, necesitan a su familia. Por favor, querida, dame la dirección exacta de la residencia de la señora Foster. Debo enviar a alguien de mi total confianza para que los recoja y los traiga a la mansión de inmediato. No quiero que sufran ni un minuto de incertidumbre.

La empleada, conmovida por la aparente nobleza y preocupación de la matriarca, no dudó ni un segundo.

—Por supuesto, señora Pierce, qué gesto tan noble de su parte —respondió la secretaria, tecleando rápidamente en su ordenador—. Aquí la tengo. La dirección es en el sector de...

Charlotte anotó cada dato, con una sonrisa triunfal dibujándose en sus labios marchitos. Al colgar, miró a Dustin con una determinación feroz.

—Ya tengo la dirección, querido —dijo ella, entregándole el papel—. Ve por esos niños ahora mismo. Si tenemos a los hijos de Grace bajo nuestro techo, tendremos a Dominic y a esa mujer bajo nuestro control absoluto, si es que logran salir vivos de ese maldito puerto.

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