Dominic dejó el radio tras otro intento fallido de obtener respuesta del puerto. La estática era lo único que se escuchaba en la cabina del yate. Grace se puso de pie y se acercó a él con decisión.
—Sigues sangrando, Dominic —dijo ella con voz seria—. Si no limpiamos esa herida ahora, se va a infectar.
Él se dejó caer en el sofá de cuero, agotado. Grace buscó en los compartimentos hasta encontrar el botiquín de emergencias. Sacó gasas, alcohol y antiséptico. Se sentó frente a él, muy cerca, y la luz de la linterna iluminó el corte profundo en su sien. Con movimientos precisos, Grace empezó a limpiar la sangre. Dominic cerró los ojos y respiró agitado por el roce de los dedos de ella en su piel.
—Siempre fuiste tan buena cuidándome —susurró él.
—Y tú nunca valoraste eso —respondió Grace sin dejar de trabajar. Su voz sonó firme y cargada de resentimiento.
Dominic abrió los ojos y la tomó de las manos, obligándola a mirarlo. Estaban tan cerca que sus respiraciones se mezclaban.
—¿Qué tengo que hacer para que me perdones, Grace? —preguntó él en voz baja—. Dime qué quieres que haga.
Grace detuvo el movimiento de la gasa y lo miró con una frialdad absoluta.
—Nada, Dominic. Para perdonarte tendría que olvidar que preferiste a otra y que me echaste de tu vida. No tienes idea de cuánto sufrí. Si no hubiera sido por Maxwell y por mi amiga Danna, no sé qué habría pasado conmigo y con mis bebés.
—Sé que fui un imbécil —admitió él, y su expresión de orgullo desapareció—. No me di cuenta de que te amaba hasta que te perdí, tenía esposa, pero me sentía más solo que nunca, lo único que me mantuvo a flote fue Arthur. Pero tenemos dos hijos, Grace. Eso tiene que valer algo.
—Es lo único que nos une —sentenció ella, terminando de ponerle el vendaje.
Ella intentó alejarse, pero Dominic la sujetó suavemente de las muñecas. Sus ojos estaban rojos y fijos en los de ella.
—Mírame a los ojos, Grace. Dime que ya no me amas. Dime que eres feliz con Maxwell y yo renuncio a ti. Dejaré de buscarte y de pelear. Te dejaré libre. Renunciaré a ti, a todo este amor a cambio de tu felicidad.
Grace sintió un nudo en la garganta. Quería abrazarlo y decirle que lo amaba, que lo había extrañado cada día de esos seis años. Pero recordó el desprecio y el dolor del pasado. Se armó de valor, puso su rostro rígido y lo miró con dureza.
—Ya no te amo, Dominic —le dijo mirándolo directo a los ojos—. Mi vida es otra y tú ya no estás en ella.
Dominic se quedó inmóvil. La firmeza de Grace lo dejó sin palabras. Soltó las muñecas de ella y agachó la cabeza. Sus hombros se hundieron y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, mezclándose con los restos de sangre. Sintió un dolor físico en el pecho, una presión que no lo dejaba respirar.
—Entonces... —logró decir entre sollozos, con la voz rota— dejaré de insistir. Te perdí para siempre.
Él se levantó con dificultad y se fue al rincón más oscuro de la cabina. Se sentó de espaldas a ella, ocultando su llanto, mientras afuera la lluvia seguía golpeando el casco del barco.
Grace cerró los ojos, le dolió verlo así, pero no desistió.
«Es lo mejor para todos»
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La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales en el apartamento de Grace cuando el timbre sonó con una insistencia violenta. La niñera abrió la puerta con cautela, pero Dustin empujó la entrada con el hombro, entrando en la estancia sin permiso. Su ropa estaba algo mojada y traía una expresión de arrogancia que asustó a los niños, quienes jugaban en la alfombra de la sala.
—Soy Dustin Pierce y vengo por ellos porque Dominic lo pidió —logró decir Dustin, tratando de zafarse del agarre de acero de Maxwell—. Suéltame si no quieres enfrentar a mis abogados.
Maxwell entrecerró los ojos. Sabía perfectamente que Dominic estaba perdido en alta mar en ese mismo instante, incomunicado.
—Dominic no es tan pendejo para atreverse a algo así —sentenció Maxwell, apretando más el agarre—. Y menos enviando a un tipo como tú. Estos niños no son nada de los Pierce. No tienen ningún vínculo con tu familia de víboras.
Maxwell no soltó a Dustin. Sacó su teléfono y llamó de inmediato a su equipo de seguridad privada.
—¡Entren ahora! —ordenó Maxwell por el auricular—. Tengo a un intruso intentando llevarse a mis hijos. Reténganlo en el suelo hasta que llegue la patrulla.
Dos hombres de seguridad corpulentos entraron en la sala y redujeron a Dustin, poniéndole las manos a la espalda mientras lo mantenían arrodillado.
—No me pueden hacer esto —gritaba Dustin, forcejeando inútilmente—. Mi abuela tiene poder en esta ciudad, ¡se van a arrepentir! ¡Esto es un error!
Maxwell ignoró sus gritos. Marcó el número de emergencias y habló con una frialdad absoluta mientras miraba a Dustin a los ojos.
—Quiero denunciar un intento de secuestro de menores en propiedad privada —dijo Maxwell a la operadora—. Tenemos al perpetrador retenido. Envíen una patrulla a esta dirección de inmediato.
Dustin palideció al darse cuenta de que Maxwell no estaba bromeando. El plan de Charlotte acababa de estrellarse contra un muro de hierro.

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