El estruendo de las hélices cortó el viento sobre el yate. Un haz de luz blanca y cegadora descendió desde el helicóptero de rescate, barriendo la cubierta y entrando por los ventanales de la cabina. El ruido era ensordecedor, impidiendo cualquier otra palabra entre Grace y Dominic. Los rescatistas bajaron mediante cables, asegurándolos con arneses para elevarlos uno a uno.
En el puerto, la noticia del rescate corrió como pólvora. Las autoridades notificaron de inmediato a las familias y a los equipos de seguridad. Maxwell, que llegó después de dejar a los niños bien seguros, esperaba junto a la plataforma de aterrizaje con el rostro desencajado y la ropa empapada por la lluvia que no cesaba.
Cuando el helicóptero tocó tierra, Grace fue la primera en bajar. Tenía el cabello enredado, el rostro pálido, pero caminaba por su propio pie. Los paramédicos corrieron hacia ella con mantas y una camilla, pero ella los detuvo con un gesto firme.
—Estoy bien —dijo Grace con voz ronca—. El que necesita atención es el señor Pierce, él tiene una herida en la cabeza.
Maxwell rompió el cordón de seguridad y corrió hacia ella. Se detuvo a pocos centímetros, hasta que la estrechó entre sus brazos. Grace hundió el rostro en su hombro.
—¿Estás bien? —preguntó Maxwell.
—Sí, solo quiero ir a casa y abrazar a mis niños.
Dominic bajó del helicóptero justo detrás de ella. Tenía el vendaje en la sien manchado de sangre y caminaba con dificultad. Al ver la escena, se detuvo en seco. Ver a Grace en los brazos de Maxwell le produjo un dolor físico punzante, una presión en el pecho que le dificultaba respirar.
Grace levantó la vista hacia Maxwell. Sintió la mirada de Dominic clavada en su espalda y, en un arranque de determinación para terminar con todo el pasado de una vez por todas, tomó el rostro de Maxwell entre sus manos.
—Bésame —le pidió ella en un susurro audible.
Maxwell se quedó helado, parpadeando con sorpresa.
—¿Qué? —alcanzó a decir él.
—¡Soy su esposa! ¡Voy con él! —gritó Sarah, subiendo al vehículo antes de que cerraran las puertas. Se sentó junto a la camilla, tomando la mano gélida de Dominic mientras los paramédicos le colocaban una máscara de oxígeno.
Desde el muelle, Grace y Maxwell observaron cómo la ambulancia se alejaba con las sirenas encendidas. Grace seguía aferrada al abrigo de Maxwell, buscando estabilidad, pero él tenía la mirada fija en el punto donde Sarah había desaparecido.
Maxwell permaneció en silencio, con el rostro endurecido. En su mente, las piezas encajaban de una forma dolorosa y amarga.
«Dejaste solo a Arthur en el hospital por venir a ver a Dominic», pensó Maxwell con una rabia sorda que le quemaba por dentro. «Se nota que lo amas, Sarah. Todo este tiempo trataste de manipularme con tus palabras, tu dolor, pero tu prioridad siempre fue él. Soy un tonto por haber creído que alguna vez signifiqué algo para ti»
Grace notó la rigidez en el cuerpo de Maxwell y lo miró con confusión, pero él no bajó la vista. Se sentía traicionado de nuevo, convencido de que Sarah solo lo usaba como un consuelo mientras su verdadero interés seguía siendo el hombre que acababan de llevarse al hospital.
—Vamos a casa.

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