Al entrar en el apartamento, el silencio se rompió con el sonido de pasos rápidos sobre la madera. Los niños corrieron hacia Grace, aferrándose a sus piernas con una fuerza desesperada. Ella se puso de rodillas para abrazarlos, sintiendo sus pequeños cuerpos temblar contra el suyo.
—¡Mamá! ¡Llegaste! —gritó Derek, escondiendo el rostro en su cuello—. Un hombre malo vino... quería llevarnos a la fuerza.
Grace se tensó de inmediato. Se separó un poco de ellos y los miró a los ojos, con una expresión de alarma absoluta.
—¿Qué? ¿De qué están hablando? ¿Quién vino? —preguntó Grace, levantando la vista hacia Maxwell, que permanecía de pie junto a la puerta con el rostro endurecido.
Maxwell cerró la entrada y se acercó a ellos. Suspiró con pesadez antes de hablar.
—No te quise decir nada en el puerto porque ya tenías suficiente con lo de la tormenta —explicó Maxwell con voz grave—. Pero un tal Dustin Pierce entró aquí a la fuerza. Quiso llevarse a los niños diciendo que era una orden directa de Dominic.
Grace se puso de pie de un salto, con los puños apretados y la respiración agitada por la indignación.
—Eso es imposible. Dominic estuvo conmigo todo el tiempo en alta mar —sentenció Grace—. Estábamos incomunicados, el radio no servía y los teléfonos estaban muertos. Él no pudo hablar con nadie, mucho menos dar una orden así.
—Lo sospeché desde el primer momento —respondió Maxwell, cruzándose de brazos—. Imaginé que todo fue un plan de la abuela. Esa mujer es un peligro real para los niños, Grace. No se va a detener ante nada con tal de recuperar el control.
La mención de Charlotte Pierce hizo que los ojos de Grace brillaran con una furia fría y peligrosa. El miedo que sintió en el barco se transformó en una determinación de hierro.
—Esa vieja no me conoce todavía —dijo Grace, con una voz cargada de una amenaza latente—. Puede quedarse con sus empresas y sus millones, pero nadie se mete con mis hijos. Mucho menos Charlotte Pierce. Si cree que puede pisotearme usando a mis niños como piezas de ajedrez, está muy equivocada.
Grace abrazó de nuevo a sus hijos, pero esta vez con un gesto protector y posesivo, mientras en su mente ya empezaba a trazar el plan para enfrentar a la matriarca de los Pierce en su propio terreno.
****
Dominic se removió en la camilla, impaciente mientras los enfermeros terminaban de ajustar los sensores del monitor. El hospital olía a desinfectante y el pitido de las máquinas le taladraba la sien.
—Solo fue un golpe contra la consola del yate —le dijo Dominic al médico, con la voz cargada de irritación—. No entiendo por qué tantos estudios. Tengo cosas que hacer como visitar a mi hijo enfermo.
—Son necesarios, Dominic —respondió el médico sin mirarlo, anotando algo en el expediente—.Ten paciencia.
Sarah entró en el cubículo en ese momento. Se acercó a la camilla y le tomó la mano con suavidad. Su rostro reflejaba un alivio que Dominic no se sentía capaz de procesar.
—¿Estás bien? —preguntó ella en un susurro.
—Sí, Sarah. Estoy bien.
—Gracias a Dios —dijo ella, soltando un suspiro largo—. No sé qué sería de Arthur sin ti. Él te necesita.
Dominic bajó la mirada, con una tristeza que le pesaba en los hombros. La imagen de Maxwell besando a Grace en el puerto seguía quemándole la retina.
—Él tiene a su verdadero papá, Sarah —soltó Dominic con amargura—. Maxwell…
Dominic se quedó mudo. Sintió un frío súbito que le recorrió la espalda.
—¿Qué? Pero si yo me siento bien... —balbuceó—. Chris, ¿qué ocurre?
El médico explicó su situación. Dominic sintió que la habitación se hacía pequeña.
—¿Cuánto tiempo me queda? —preguntó al fin, con la voz rota.
—No lo sé con exactitud. No sabemos cómo va a avanzar la enfermedad a partir de ahora.
—Quiero fechas, Chris. No me hables como a un paciente cualquiera, dime la verdad. ¿Cuánto?
Chris bajó la vista, incapaz de sostenerle la mirada.
—Quizás unos seis meses. Tal vez menos, tal vez un poco más. No lo sé, Dominic.
Dominic cerró los ojos y se recostó contra la almohada. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Pensó en Grace, en sus hijos que apenas empezaba a conocer, en el pequeño Arthur y en el desastre que era su familia con Charlotte a la cabeza.
—Seis meses —susurró Dominic para sí mismo, con la voz quebrada por el llanto—. Tengo seis meses para asegurarme de que Grace y mis hijos sean felices. Seis meses para lograr que Maxwell los proteja a todos cuando yo ya no esté.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO