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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 80

Dominic apenas fue dado de alta, se dirigió a la habitación de Arthur.

—Dominic, tengo noticias —susurró Sarah con una sonrisa que iluminaba su rostro cansado—. Los médicos acaban de confirmarlo. Todo está listo para el trasplante. Arthur entrará a quirófano muy pronto.

Dominic sintió un nudo en la garganta, pero esta vez era de alivio. Apretó los hombros de Sarah con fuerza, compartiendo ese momento de esperanza que tanto habían esperado.

—Es la mejor noticia que me han dado en la vida —respondió él con sinceridad, ocultando el dolor que le provocaba saber que él no vería crecer al niño.

Dominic se acercó a la cama y se sentó en el borde. Arthur lo miró con curiosidad, notando que su papá estaba de regreso.

—Eso es increíble, campeón —dijo Dominic, tomando la pequeña mano del niño—. Ya falta muy poco. Pronto saldrás de aquí y dejarás de ver tantas máquinas.

Arthur le devolvió una sonrisa débil pero llena de ilusión.

—¿Y podremos jugar, papá? —preguntó el pequeño—. ¿Podremos ir al parque a volar el avión que me regalaste?

Dominic tragó saliva. Cada palabra sobre el futuro era una punzada en su pecho, sabiendo que su tiempo se agotaba rápidamente según el diagnóstico de Chris. Sin embargo, mantuvo la mirada firme y le devolvió la sonrisa.

—Claro que sí —respondió Dominic—. Volaremos ese avión y todos los que quieras.

—Y en mi cumpleaños quiero una fiesta de piratas —siguió Arthur con entusiasmo—. Tú serás el capitán y mamá la reina de los mares. Tenemos que comprar los parches para los ojos, ¿te acuerdas?

Dominic sintió que el corazón se le partía al escuchar los planes del niño. Sabía que seis meses era poco tiempo, y que no llegaría a ese cumpleaños, pero no dejó que la tristeza asomara a sus ojos.

—Me acuerdo perfectamente, marinero —le dijo Dominic, apretándole la mano con ternura—. Compraremos los mejores parches y daremos la fiesta más grande que se haya visto. Tú solo concéntrate en ponerte fuerte para la operación.

Dominic se quedó un rato más, siguiéndole la corriente en cada fantasía y promesa, riendo con él mientras por dentro se juraba que, sin importar cuánto le doliera, usaría sus últimos meses para hacer feliz a sus hijos.

****

Al día siguiente, el pasillo de la fiscalía hervía de tensión. Charlotte Pierce caminaba de un lado a otro frente al despacho del fiscal, exigiendo con gritos autoritarios la liberación inmediata de Dustin. Grace y Maxwell llegaron juntos, con el rostro serio y decididos a ratificar la denuncia por el intento de secuestro.

Al verlos, Charlotte se detuvo y los fulminó con la mirada, golpeando el suelo con su bastón.

—¡Retira esa denuncia ahora mismo, muchachita! —ordenó Charlotte con prepotencia—. No tienes ningún derecho a retener a un Pierce. Dustin solo seguía mis órdenes para traer a esos niños a donde pertenecen. Son unos Pierce, llevan nuestra sangre y deben estar en la mansión.

Grace se plantó frente a ella, sin retroceder ni un centímetro.

—Usted no tiene ningún derecho sobre mis hijos —sentenció Grace con voz gélida—. No son objetos de su propiedad ni piezas de su tablero.

Cuando los abogados y Charlotte se retiraron a una oficina privada para los trámites, Dominic se acercó a Grace. Ella lo observó con desconfianza, tratando de descifrar qué había detrás de su mirada triste.

—Lamento mucho lo que hizo mi abuela —dijo Dominic en voz baja—. Haces bien en ponerle esa restricción. Es peligrosa cuando se siente acorralada.

Grace asintió despacio, todavía procesando sus palabras anteriores.

—Lo sé, y no voy a permitir que se acerque a mis hijos.

—Me gustaría pasar un tiempo con los niños hoy —continuó Dominic—. Solo unas horas. Si es posible, dime la hora y el lugar. Si te sientes más segura, puede estar la niñera presente todo el tiempo. No tengo problema con eso.

Grace lo miró fijamente. Vio algo diferente en él, una especie de urgencia contenida y una falta de arrogancia que la desconcertó.

—Está bien —respondió Grace finalmente—. Ve a las cinco al apartamento. Puedes estar con ellos un rato. La niñera estará ahí.

—Gracias, Grace. De verdad, gracias —dijo él con una sonrisa triste.

Dominic se dio la vuelta y se retiró por el pasillo, caminando con una lentitud que Grace no pudo evitar notar, dejándola allí llena de dudas.

«¿Qué está pasando? ¿Por qué renuncia a los niños así de fácil? ¿Qué estarás tramando ahora Dominic?»

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