Dominic se sentó frente a su abogado de confianza: Anthony Lennox, un hombre íntegro, gran amigo de él, de las pocas personas en las que confiaba.
—Necesito que abras tres fideicomisos de inmediato —ordenó Dominic, yendo directo al grano. Su voz sonaba cansada, pero decidida—. Uno para Arthur y otros dos para Derek y Doménica Foster.
El abogado ajustó sus lentes. Lo miró algo confundido.
—Dominik, entiendo lo de Arthur, pero ¿quiénes son los niños Foster? —preguntó mientras tomaba nota—. Y, sobre todo, ¿por qué asignarles fondos de la herencia principal?
Dominic se frotó las sienes, sintiendo un pinchazo agudo de dolor que ignoró por pura voluntad.
—Derek y Doménica son mis hijos de sangre —reveló, mirando al vacío—. Pero escúchame bien: no voy a reclamar mis derechos legales sobre ellos. No habrá juicios de paternidad ni peleas por el apellido. Se quedarán como están, bajo la protección de Maxwell Foster y Grace Scott.
Anthony dejó la pluma sobre la mesa, asombrado.
—¿Grace? —inquirió—. Dominic, si son tus hijos, legalmente tienes una posición de fuerza. Podrías integrarlos a Global Pierce...
—No quiero integrarlos a la empresa —lo interrumpió Dominic con brusquedad—. Quiero que estén protegidos económicamente para siempre, sin que Charlotte pueda tocar un solo centavo de ese dinero. Quiero que el fideicomiso se active en caso de mi... de mi ausencia. Que sea un traspaso silencioso, sin escándalos de prensa.
El abogado asintió despacio, notando la urgencia inusual en los gestos de su cliente y amigo.
—¿Y qué hay de Arthur? —preguntó él—. Si no reclamas a los otros dos, y considerando que Arthur es legalmente un Pierce pero no lleva tu sangre...
—Es posible que Arthur deje de ser un Pierce legalmente si Sarah decide cambiarle el apellido —dijo Dominic con un nudo en la garganta—. Pero no lo voy a desproteger. Para el mundo y para las finanzas de esta empresa, Arthur sigue siendo mi hijo. Quiero que su fondo sea igual de robusto que el de los otros dos.
—Dominic, esto es complejo —explicó el abogado—. Para dejar fondos a niños que no son tus herederos legales reconocidos, necesitamos crear una estructura de sociedades offshore o donaciones irrevocables que no dependan de la sucesión directa. De lo contrario, tu abuela impugnará todo en cuanto se entere.
Dominic golpeó la mesa con la palma de la mano.
—Haz lo que tengas que hacer. Usa las cuentas en Suiza o los fondos de inversión en Singapur. Quiero que esos tres niños tengan una vida asegurada, educación en las mejores universidades y un capital inicial para cuando cumplan veintidós años.
El abogado lo miró fijamente, detectando una sombra de despedida en sus palabras.
—Dominic, esto suena a un testamento en vida. ¿Pasa algo que deba saber?
Dominic se puso de pie y caminó hacia el ventanal, dándole la espalda. Miró la ciudad, sabiendo que en seis meses dejaría de verla.
—Solo asegúrate de que el dinero esté ahí cuando yo no pueda estar para defenderlos —sentenció Dominic—. Y que sepan que los protegí.
Anthony se puso de pie y se acercó a Dominic, le puso la mano en el hombro.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. Soy tu amigo, te conozco, tú jamás renunciarías a tus hijos, además son hijos de Grace y tú… la amas.
—Porque adjuntaron documentos antiguos, de la década de los setenta, donde se cedían esos derechos en caso de viudez a un beneficiario que no se menciona directamente en la demanda actual, pero que deja la titularidad en el aire —explicó el encargado de seguros, visiblemente nervioso—. El riesgo para la aseguradora es que el contrato que firmamos con ellos sea nulo si el dueño real no es Global Pierce.
Grace golpeó la mesa con un bolígrafo, marcando el ritmo de su pensamiento.
«Charlotte Pierce» dijo en su mente, estaba segura que ella tenía que ver.
—No vamos a aceptar un "no" por respuesta. Busquen el anexo de "Continuidad de Operaciones" —ordenó Grace con autoridad—. Si la titularidad está en duda, la póliza permite un depósito en garantía en una cuenta de custodia para mantener la cobertura activa mientras se resuelve el juicio.
—Esa es la trampa —dijo el director financiero—. Para abrir esa cuenta de custodia, necesitamos usar los bonos del tesoro de la compañía, y también fueron bloqueados esta mañana con otra orden judicial anónima. Nos han quitado el respaldo y nos han prohibido usar el dinero para contratar uno nuevo. Todo parece hecho por fantasmas, no hay un nombre al cual reclamar directamente.
Grace se levantó de su asiento y caminó hacia la pizarra, trazando líneas rápidas. Su mente trabajaba como una máquina de precisión.
—Bien. Si no podemos usar los bonos de Global Pierce, usaremos activos externos. Revisen si el contrato de Mariani permite una "Co-Aseguranza". Si Luciano Mariani pone su respaldo sobre el muelle a cambio de una reducción en las tarifas de atraque durante el primer año, saltamos este bloqueo.
—Es una solución agresiva, Grace —advirtió el abogado—. Cederíamos control operativo a un socio externo.
—Prefiero ceder un porcentaje de control a Mariani que permitir que este sabotaje detenga la operación —sentenció Grace, mirándolos con determinación—. Empiecen a redactar la propuesta para Londres bajo ese esquema. Quiero que analicen cada coma de la ley de seguros marítimos. No me importa si tienen que pasar la noche aquí comparando leyes internacionales. No voy a permitir que un cierre técnico detenga esos barcos.
Grace se mantuvo de pie, supervisando cómo sus directores empezaban a desglosar los contratos. Se veía como la líder que la empresa necesitaba: analítica e implacable. Sin embargo, en el fondo, sabía que el tiempo jugaba en su contra y que, aunque no tuviera pruebas de quién era el responsable, la sombra de Charlotte Pierce estaba detrás de cada obstáculo.

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