Dominic cruzó el vestíbulo de Global Pierce, se dirigió directamente al piso de la presidencia. Al llegar frente a la gran puerta de madera, su impulso inicial fue entrar de golpe, como siempre lo había hecho, pero se detuvo en seco. Respiró hondo y, por primera vez, llamó suavemente con los nudillos.
—¡Dije que no quiero recibir a nadie! —exclamó la voz de Grace desde el interior, cargada de tensión.
—Soy yo, Grace. ¿Puedo pasar? —preguntó Dominic con una calma que lo extrañó incluso a él mismo.
Hubo un silencio prolongado. La puerta se abrió y Grace lo miró con una mezcla de asombro y desconcierto. La amabilidad en su tono la dejó descolocada; esperaba al hombre autoritario de siempre, no a este Dominic que pedía permiso para entrar a la que siempre fue su oficina.
—Pasa —dijo ella, retrocediendo hacia su escritorio lleno de contratos—. Supongo que ya te enteraste del desastre con el consorcio de Londres.
—Me enteré —respondió él, acercándose a la mesa—. ¿Qué solución tomaste?
Grace le explicó rápidamente el plan de la co-aseguradora con Luciano Mariani, cediendo un porcentaje de control operativo para saltar el bloqueo de las cuentas. Dominic escuchó con atención, pero negó con la cabeza al final.
—No. No vamos a darle un porcentaje a Mariani. Eso nos debilitaría a largo plazo y nos dejaría a merced de sus decisiones logísticas. Dile a la asistente que me comunique con la aseguradora de Londres ahora mismo —ordenó con naturalidad.
Al instante, se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Se detuvo y miró a Grace, notando su expresión de molestia por haber sido desautorizada en su propia oficina.
—Perdón, Grace —dijo Dominic, bajando la voz con sinceridad—. No es mi intención desautorizarte. Tu idea es brillante, de verdad, y en cualquier otra circunstancia sería la salida más inteligente. Pero tengo otra estrategia en mente que no implica entregarle nada a nadie.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella.
Dominic se apoyó en el borde del escritorio y le explicó su propuesta.
—No necesitamos los bonos del tesoro bloqueados ni el respaldo de Mariani. Existe una cláusula de "Sustitución de Garantía por Activo Físico Privado". Yo tengo una propiedad personal en las Islas Caimán, una terminal de carga secundaria que no está a nombre de Global Pierce, sino al mío. No es parte del patrimonio familiar ni de la herencia de mi abuelo; la compré con mis dividendos personales hace años.
Grace lo escuchó con atención, analizando la viabilidad legal de lo que decía.
—Si ponemos esa terminal como colateral directo —continuó Dominic—, la aseguradora recupera su respaldo de inmediato. Es un activo limpio, sin litigios y de ejecución rápida. El bloqueo anónimo sobre las cuentas de la empresa no afecta mis bienes privados declarados en el extranjero. Pero necesito tu firma como CEO para validar el anexo del contrato. Si tú lo autorizas, hablo con Londres ahora mismo y cerramos este problema antes de que anochezca.
Grace se quedó en silencio, observándolo. Era una solución impecable y mucho más segura para la autonomía de la empresa. Pero lo que más la confundía era que Dominic estuviera dispuesto a arriesgar su patrimonio personal para salvar una gestión que ahora lideraba ella.
—Hazlo —autorizó Grace, señalando el teléfono de conferencia—. Si esa terminal está limpia, Londres no tendrá excusas para mantener la suspensión.
—¿Por qué lo hiciste, Dominic? —preguntó Grace en voz baja—. Es tu patrimonio personal. Si algo sale mal con el puerto, podrías perder esa terminal. Es lo único que tienes que no depende de los Pierce.
Dominic se puso de pie con lentitud, evitando mirarla.
—Porque esta empresa es tuya ahora, Grace —respondió él, caminando hacia la puerta con pasos rígidos—. Y porque no voy a dejar que nadie, ni siquiera mi propia sangre, te siga haciendo daño. Los barcos atracarán sin problemas.
Grace dio un paso hacia él, deteniéndolo antes de que saliera. No podía ignorar lo que veía.
—¿Estás bien, Dominic? —le preguntó, escrutando su rostro pálido—. Te ves... diferente.
Dominic ni siquiera la miró a los ojos. Se mantuvo firme, con la mano ya en la manilla de la puerta.
—Solo es cansancio —mintió él con voz plana—. Y un dolor de cabeza persistente por el golpe que sufrí en el barco. No es nada, solo debo tomar un analgésico y descansar. No te preocupes por eso.
Grace se quedó petrificada. Esa respuesta evasiva y su negativa a sostenerle la mirada la llenaron de una inquietud que no sabía explicar. Dominic no esperó su reacción; abrió la puerta y salió de la oficina sin decir más, dejándola confundida ante un hombre que parecía estar entregando todo lo que poseía mientras se alejaba de ella para siempre.

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