Sarah permanecía sentada junto a la cama, sosteniendo la mano de su hijo. Maxwell estaba de pie cerca de la ventana, con la mandíbula apretada y los hombros tensos. El efecto de las inyecciones para producir células madre le causaba una pesadez física evidente en su postura.
La puerta se abrió y el hematólogo principal entró con el equipo médico. Sarah se puso de pie de inmediato para escucharlo.
—Revisamos los últimos análisis de Arthur —dijo el médico—. Su médula ósea ya está en cero. El acondicionamiento terminó y el niño está listo para el procedimiento.
Sarah guardó silencio. Sabía que Arthur no tenía defensas en ese momento y que su vida dependía del éxito del trasplante.
—Mañana a primera hora haremos el trasplante —continuó el doctor—. Maxwell, su cuerpo respondió bien al tratamiento. Los niveles de células en su sangre son los adecuados. Mañana lo conectaremos a la máquina para recolectarlas e infundirlas a Arthur.
Maxwell asintió. Sentía un dolor sordo en los huesos por la medicación, pero no hizo ningún comentario sobre su malestar. Su atención estaba fija en el niño.
—¿Es peligroso para él? —preguntó Sarah con voz baja.
—Es un proceso delicado —explicó el médico—. Arthur estará en aislamiento. El trasplante es similar a una transfusión, pero los días siguientes serán críticos para ver si las células de Maxwell funcionan en su médula.
El equipo médico salió de la habitación tras dar las instrucciones para el día siguiente. Sarah miró a Maxwell con gratitud y se acercó a él con suavidad, intentando ser amable.
—Gracias, Maxwell —susurró ella—. Sé que te sientes mal por las inyecciones y que te duele el cuerpo. Valoro mucho que hagas esto por Arthur a pesar de todo lo que pasó entre nosotros.
Sarah intentó tocarle el brazo en un gesto de afecto, pero Maxwell se tensó al instante. Antes de que ella pudiera rozarlo, él dio un paso atrás de forma brusca, marcando una distancia clara. Su expresión era fría.
—No lo hago por ti, Sarah —respondió Maxwell con voz cortante—. Lo hago por el niño. Él no tiene la culpa de tus mentiras ni de tus decisiones.
Sarah bajó la mano de inmediato ante el rechazo.
—Maxwell, solo quería que supieras que agradezco tu sacrificio... —intentó decir ella.
—No necesito que agradezcas nada —la interrumpió él, mirándola con hostilidad—. Mañana cumpliré con mi parte porque Arthur me importa. Pero no te equivoques. Que salve su vida no significa que haya olvidado quién eres o lo que hiciste.
Maxwell caminó hacia el otro lado del cuarto y le dio la espalda, mirando hacia afuera. Sarah regresó a su silla junto a la cama de su hijo. Maxwell no volvió a hablarle, manteniendo el silencio mientras observaba a Arthur, decidido a salvarlo pero manteniendo su resentimiento hacia ella intacto.
Sarah, que estaba junto a la puerta de la habitación de Arthur, escuchó cada palabra de la conversación a través de la madera entreabierta. Se quedó inmóvil, sintiendo un peso amargo en el pecho.
«¿Cómo pudiste ilusionarte si él la ama a ella?», se preguntó Sarah en silencio, bajando la mirada. El tono de Maxwell al hablar con Grace era distinto, lleno de una complicidad y un afecto que con ella simplemente no existía. Se quedó triste, pero luego miró a Arthur, que dormía plácidamente, y se obligó a recuperar la compostura. «Lo importante es que tú te pondrás bien. Luego nos iremos lejos de aquí y empezaremos una nueva vida, los dos solos»
Maxwell salió del hospital con paso rápido. Mientras esperaba un taxi en la acera, su teléfono vibró de nuevo. Al ver quién llamaba, contestó de inmediato.
—¿Dígame? —dijo Maxwell, aguzando el oído ante el ruido del tráfico.
—Señor Foster, los trámites han finalizado —le informaron del otro lado de la línea—. Las joyerías de los Coleman ya son oficialmente suyas. La transferencia de títulos se completó hace unos minutos.
—Gracias por la información —respondió Maxwell con una frialdad absoluta.
Colgó el teléfono y guardó el dispositivo en el bolsillo de su abrigo. Miró hacia el horizonte de la ciudad con una expresión implacable.
«La estocada final» pensó Maxwell con una satisfacción sombría. El imperio de quienes lo habían humillado ahora le pertenecía.

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