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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 84

Dominic se instaló en la sala de juntas, rodeado de carpetas y el silencio del piso de la presidencia. Aprovechó la soledad para abrir su laptop y revisar casos similares al suyo, buscando con desesperación una alternativa, una cirugía experimental, cualquier tratamiento que le diera una oportunidad.

Sin embargo, las conclusiones eran las mismas que le había dado el médico: el tumor estaba ubicado en una zona del tallo cerebral donde no se podía operar sin destruir funciones vitales. Cualquier intervención lo dejaría en estado vegetativo o causaría una muerte inmediata en la mesa de operaciones. No había salida.

Grace entró en la sala con pasos silenciosos. Se detuvo a unos metros, logrando ver fragmentos de imágenes médicas y gráficos complejos en la pantalla.

—¿Qué estás revisando Dominic?

Al escuchar la voz de Grace. Él cerró la laptop de un golpe seco, con el rostro endurecido por la interrupción.

—¿Qué quieres, Grace? —preguntó Dominic con voz áspera.

—Perdón, no quise molestarte —respondió ella, todavía confundida por lo que había alcanzado a ver—. Solo venía a avisarte que los niños te esperan hoy. No lo olvides.

Dominic se levantó con lentitud.

—No lo olvido —dijo él, mirándola con una intensidad que la inquietó—. Es la cita más importante de mi vida. En este momento salgo para allá.

Grace se quedó inmóvil, observándolo con atención.

—Espera, puedo ir contigo —propuso Grace de repente—. Es que ellos...

Dominic la interrumpió con una sonrisa amarga, cargada de una distancia que ella no lograba romper.

—Es que no confías en mí, ¿verdad? —soltó él con frialdad—. Tranquila, Grace. Jamás les haría daño. Son lo único bueno que tengo.

—No, no es eso... —intentó explicar ella, pero sus palabras se cortaron cuando la puerta se abrió de nuevo.

Maxwell entró en la sala de juntas, caminando con paso decidido hacia ella.

—Grace, cariño, estoy aquí —dijo Maxwell, ignorando la presencia de Dominic y poniendo una mano protectora en la cintura de ella.

—Maxwell —dijo Grace con la voz temblorosa, lo notó pálido. —¿Estás bien? —preguntó su rostro reflejó una preocupación que hizo que Dominic apretara los puños bajo la mesa, tragándose la rabia y los celos que le quemaban la garganta. Ver la complicidad entre ellos era una tortura, pero se obligó a mantener la máscara de indiferencia.

—Solo estoy algo adolorido por el tratamiento.

—Hasta mañana —sentenció Dominic con un tono seco.

Recogió sus cosas y salió de la sala sin mirar atrás. Grace se quedó en medio de la habitación, mirando la puerta cerrada con un conflicto interno que la paralizaba. Quería ir tras de él, sin explicarse el motivo, pero Maxwell ya estaba desplegando documentos sobre la mesa, listo para empezar a trabajar.

Dominic se quedó mudo por un segundo, sorprendido por la firmeza de su hija.

«Eres igual a tu mamá» pensó sintiendo el pecho hinchado de orgullo.

—¿Ah, sí? ¿Y cuáles te gustan entonces? —preguntó él con curiosidad.

—Me gusta Mulán —respondió Doménica con orgullo—. Ella sí, porque es valiente y se pone así.

De pronto, la niña se puso en guardia, flexionando las rodillas y extendiendo los brazos en una postura de combate como en la película. Dominic soltó una carcajada genuina, la primera en mucho tiempo que no se sentía fingida. El dolor de cabeza retrocedió ante la energía de los niños.

—Pues un día debo ver esa película contigo —le dijo Dominic, sentándose en la alfombra junto a ellos—. Me parece que tu mamá tiene mucha razón.

—¿Usted sabe jugar a las batallas, señor? —preguntó Derek, acercándole a Iron Man y haciendo sonidos de propulsores.

—Soy un experto —dijo Dominic, olvidando por completo su enfermedad y el caos de la empresa.

Pasaron las siguientes dos horas entre risas y ruidos de explosiones imaginarias. Dominic se encontró tirado en el suelo, ayudando a Derek a volar su muñeco favorito mientras Doménica entrenaba a sus otras muñecas para ser guerreras. Por un momento, el tiempo se detuvo. No había tumores ni deudas del pasado. Solo estaban ellos tres. Dominic miró a sus hijos y sintió una calidez tan grande, grabando en su memoria cada risa antes de que el tiempo se agotara.

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