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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 85

Grace entró al apartamento mientras la lluvia golpeaba con fuerza los cristales. Se quitó el abrigo y se quedó paralizada al mirar hacia el sofá. La televisión proyectaba una luz tenue sobre los tres, que estaban profundamente dormidos. Derek y Doménica estaban acurrucados contra Dominic, abrazados a él con una confianza natural. Grace sintió un impacto directo en el pecho; era la imagen exacta de la familia que alguna vez imaginó y que creyó imposible.

—Dominic… —susurró con la voz entrecortada, contemplando la escena que jamás pensó ver—, mis niños junto a su papá. —El corazón le dio un vuelco.

Se quedó inmóvil unos segundos, asimilando la calidez de la escena antes de obligarse a reaccionar.

Caminó con cuidado y apagó la televisión. El silencio de la sala solo fue interrumpido por el azote de la lluvia. Rose, la niñera, se acercó a ella en voz baja.

—No quise despertarlos, se veían tan tranquilos —susurró Rose antes de retirarse a la cocina.

El murmullo de las voces hizo que los niños se removieran. Derek y Doménica abrieron los ojos casi al mismo tiempo y, al verla, se lanzaron sobre ella.

—¡Mami, llegaste! —gritaron, rodeándola con sus brazos.

Dominic parpadeó, aturdido. Tardó unos segundos en procesar que estaba en el apartamento de Grace. Se incorporó con lentitud, sintiendo una pesadez extraña.

—Lo siento... me quedé dormido —dijo con la voz ronca.

Al ponerse de pie, el mundo le dio un vuelco. Un mareo violento lo obligó a sujetarse del respaldo del sofá, llevándose una mano a la cabeza con un gesto de dolor. Los niños se detuvieron en seco, asustados.

—Señor Dominic, ¿está bien? —preguntó Derek con los ojos muy abiertos.

—Sí, tranquilos. Solo me levanté muy rápido —respondió él, forzando una estabilidad que no tenía.

Grace lo observó con fijeza. Afuera, el cielo parecía caerse sobre la ciudad.

—¿Seguro estás bien? —preguntó ella, enseguida pidió a Rose que le sirviera agua a Dominic.

—No es necesario —respondió él—. Lo siento, no debo estar aquí, no medí el tiempo, debo irme.

—Dominic, no te puedes ir. Está cayendo el diluvio universal —le advirtió ella, acercándose un paso.

—No importa. Pediré un taxi para no conducir, no deseo incomodarlos más de lo necesario —replicó él, recuperando esa distancia gélida que levantaba chispas entre ambos.

Grace suspiró y miró a sus hijos.

—Niños, vayan a lavarse las manos para cenar. Rose, llévalos, por favor.

Cuando se quedaron solos, el ambiente se volvió eléctrico. Grace se paró frente a él, tan cerca que podía sentir su aliento, su aroma, su calor. Lo obligó a sostenerle la mirada.

—No te ves bien, Dominic. El golpe que te diste en el barco fue muy fuerte. ¿Seguro que todo está bien? —preguntó ella, y por un segundo su mano rozó el brazo de él, provocando que ambos se tensaran.

—Sí, todo bien —respondió él, acortando la distancia con un movimiento lento que la dejó sin aliento. Sus rostros quedaron a escasos centímetros—. ¿Acaso te importa lo que pase conmigo? Tú me odias, Grace. Lo dijiste mil veces.

—No te odio. Solo que… han sido años lejos uno del otro, las cosas cambiaron —susurró ella, incapaz de apartar la vista de sus labios. La tensión era tan fuerte que el aire parecía vibrar.

Dominic arqueó ambas cejas.

—Vaya, que contradictoria es la vida, tú que jurabas amarme, me olvidaste estos años, y yo que decía no amarte, no logro sacarte de mi corazón.

Grace se quedó sin habla. Esa confesión de Dominic fue directa y más dolorosa que cualquier reproche. Ella le sostuvo la mirada, sintiendo un estremecimiento en el cuerpo.

—No te olvidé, Dominic —susurró ella con amargura—. Aprendí a vivir sin ti, que es muy distinto. Tuve que elegir entre mi cordura y tu recuerdo, y elegí a mis hijos.

—Eres un egoísta —masculló ella, sintiendo que la cercanía la debilitaba.

Dominic se agarró las sienes, cerrando los ojos por un instante. El dolor era insoportable, pero no dejó que ella viera sus lágrimas.

—Es posible que sí. Resolveré el daño que hice al obligarte a estar aquí. Disolveré todos los contratos para que vuelvas a tener el control en San Francisco y regreses a casa. Te devuelvo tu libertad, Grace. Es lo único que me queda por darte.

Sin decir más, Dominic caminó hacia la puerta. A pesar de la lluvia torrencial, salió del apartamento sin mirar atrás. Grace se quedó allí, de pie en medio de la sala, con los labios entreabiertos y sintiendo exactamente el mismo vacío desgarrador de la noche en que terminaron años atrás.

Los niños salieron de la cocina poco después, mirando hacia la puerta.

—¿Y el señor Dominic? —preguntó Doménica.

—Se fue a casa —respondió Grace, tragándose el nudo en la garganta.

—Mamá... ¿con quién de nuestros dos papás vamos a vivir? —preguntó Derek con inocencia—. ¿Con el señor Dominic o con nuestro papá Maxwell?

Grace sintió un dolor profundo en el pecho. Se arrodilló para quedar a su altura.

—¿A ustedes con quién les gusta estar?

—Con ambos —respondieron casi al unísono—. Pero queremos más a nuestro papá Maxwell.

Grace cerró los ojos, sintiendo que la decisión ya no era suya, sino del tiempo y las circunstancias.

—Entonces las cosas no van a cambiar, niños —dijo ella con voz trémula—. Todo seguirá igual.

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