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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 88

Dominic estaba sentado en la sala de espera, esperando el aviso final para entrar a la habitación de aislamiento con Arthur. Su teléfono vibró y contestó de inmediato al ver que era su bufete de abogados.

—Señor Pierce, hay un cambio de planes —informó el abogado con voz agitada—. La señora Foster se presentó en la sede de Global Pierce. Delante de los socios, rompió los documentos de anulación. Las empresas siguen operando bajo el mando de ambos. Ella misma dio la orden de estabilizar las acciones.

Dominic se quedó mudo, procesando la noticia. No comprendía por qué Grace había decidido quedarse y cargar con el caos de la empresa cuando él le había entregado su libertad en bandeja de plata. Una mezcla de desconcierto y una esperanza que no quería admitir le recorrió el pecho, pero mantuvo la voz firme.

—Entendido. Manténganme informado de cada movimiento en la oficina —ordenó Dominic—. Vigilen de cerca a Charlotte y a Dustin. Si intentan cualquier cosa contra Grace, quiero saberlo al instante. No permitan que la toquen.

Colgó justo cuando el hematólogo se acercó a él.

—Señor Pierce, el laboratorio está terminando de procesar las células de Maxwell. Tienen dos horas libres antes de que procedamos con la infusión y el encierro definitivo. Aproveche para descansar o despedirse.

Dominic no lo pensó dos veces. Necesitaba ver a Derek y Doménica antes de desaparecer del mundo por semanas. Salió del hospital y pidió un taxi hacia el apartamento de Grace sin avisarle a nadie. Al llegar, llamó a la puerta con insistencia. Rose, la niñera, abrió solo unos centímetros, bloqueando el paso con cautela.

—Señor Dominic, la señora Grace no está —dijo Rose con tono serio—. No tengo órdenes de dejar pasar a nadie si ella no se encuentra en casa.

—Solo quiero ver a los niños dos minutos, Rose. Voy a entrar a una habitación de aislamiento y no los veré en mucho tiempo —insistió Dominic, tratando de ocultar su desesperación.

Rose cerró la puerta y llamó de inmediato a Grace a la oficina. Tras unos segundos de tensión, la niñera volvió a abrir, esta vez por completo.

—La señora autorizó su ingreso. Pase, por favor.

Dominic entró a la sala y vio a los niños sobre la alfombra. Derek tenía a Iron Man en la mano y Doménica estaba mirando un libro de caricaturas. En cuanto lo vieron, se detuvieron con curiosidad.

—¡Señor Dominic! —exclamó Derek, acercándose con una sonrisa—. ¿Vino a jugar?

Dominic se arrodilló frente a ellos. Sentía una opresión en el pecho al saber que estaba a minutos de desconectarse del mundo exterior.

—Vine a despedirme por un tiempo —dijo Dominic, tomando la mano de Derek—. ¿Saben que Arthur está en el hospital, verdad?

Los niños asintieron con semblante serio. Sabían que su amigo estaba enfermo.

—Bueno, Arthur me necesita —continuó Dominic mirándolos a ambos—. Hoy le van a poner sus células nuevas y yo voy a entrar a una habitación especial con él. Me voy a quedar encerrado ahí para cuidarlo día y noche, para que ningún microbio lo toque. Estaré con él varias semanas sin poder salir.

—¿No va a salir ni un poquito? —preguntó Doménica, asombrada—. ¿Ni para ir al parque?

—Ni un poquito —confirmó Dominic con una sonrisa triste—. Por eso vine a verlos. No quería irme sin decirles la verdad.

Derek se acercó y le puso a Iron Man en la palma de la mano.

—Tenga, para que lo cuide a usted y a Arthur —dijo el niño con sinceridad.

Dominic tragó grueso y sus ojos se cristalizaron.

—Claro, los estaré esperando cada vez que quieran ir —asintió Dominic, mirando a Grace con una gratitud silenciosa.

Grace mandó a los niños a la cocina con Rose. En cuanto se quedaron solos, el silencio se volvió pesado.

—No pensé que lo disolverías todo —soltó ella, refiriéndose a los contratos.

—Soy hombre de palabra, Grace. Me conoces —respondió él, dando un paso hacia ella—. Lo que tampoco imaginé fue que tú no firmarías. Te estaba dando la libertad de volver a tu mundo tranquilo, sin ataduras conmigo.

—Pues no, me quedo —replicó ella con desafío—. Pero si lo que quieres es que nos alejemos, solo dilo y ya.

Dominic soltó un suspiro pesado y se acercó más. Grace sintió el calor que emanaba su cuerpo, un magnetismo que la obligaba a clavar los pies en el suelo para no tambalearse.

—Sabes mi respuesta. Si por mí fuera, las cosas serían muy diferentes —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en una caricia peligrosa—. Pero tienes esposo. Y lo amas; me lo dijiste muy segura.

Grace tragó saliva, sintiendo el peso de su propia mentira quemándole la garganta. El aliento de Dominic rozaba su piel, erizando cada vello de su nuca. Quería gritarle que Maxwell no era el dueño de su corazón, pero se obligó a mantener la fachada mientras sus dedos se hundían en las palmas de sus manos.

—Sí... pero podemos ser amigos —balbuceó ella, aunque su voz sonó pequeña, casi sin aire.

Dominic soltó una risa amarga y se inclinó, quedando a escasos milímetros de su rostro. Estaba tan cerca que Grace podía ver el brillo de dolor en sus pupilas.

—Yo jamás podré ser tu amigo, Grace —le soltó él con una intensidad feroz que la hizo temblar—. Porque cada vez que te tengo cerca, muero de ganas de abrazarte, de besarte, de volver a tenerte en mis brazos. Se me hace casi imposible contenerme... y lo único que me detiene es recordar tus palabras. Saber que ya no me amas.

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