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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 89

El corazón de Grace amenazó con salirse de su pecho ante la confesión. La tensión era insoportable, un hilo invisible que tiraba de ella hacia él. Lo tenía ahí, vulnerable y honesto, entregándole su alma antes de encerrarse a luchar por su hijo. Sin pensarlo, impulsada por un deseo que la desbordaba y que ya no podía acallar, ella acortó la distancia, agarró por el cuello a Dominic y lo besó.

Dominic sintió que el alma le volvía al cuerpo. La rodeó con fuerza, pegando el cuerpo de Grace al suyo hasta que no quedó un solo espacio libre entre ambos. Respondió al beso con una pasión desesperada, con una locura que reclamaba cada segundo de los años perdidos. Se besaron con una entrega que desmentía cualquier palabra de desamor, sus lenguas se buscaban con la urgencia de quienes han estado sedientos en un desierto demasiado largo.

De pronto, la realidad la golpeó como un balde de agua fría. Grace se separó de golpe, jadeando, con los labios hinchados y los ojos cargados de pánico al darse cuenta de lo que acababa de entregar.

—Vete, Dominic. Vete ya —le ordenó con la voz temblorosa, dando un paso atrás.

Dominic sacudió la cabeza, confundido por la brusca reacción, pero con una chispa de triunfo y verdad en la mirada; en ese beso había sentido todo lo que ella negaba con palabras.

—Tienes la fuerza para enfrentar a mi abuela, Grace. Hazlo —le dijo antes de salir, su voz recuperó la firmeza—. No dejes que ella gane. Ya lo hizo en el pasado, pero ahora tienes las armas para destrozarla.

Se detuvo en el umbral, la miró una última vez con una devoción que la dejó sin aliento y sentenció:

—Te amo. No lo olvides.

La puerta se cerró tras él con un golpe seco. Grace corrió hacia la madera fría y apoyó la frente en ella, tocándose los labios con las puntas de los dedos, todavía sintiendo el fuego y la presión de su boca.

—También te amo —susurró para nadie, mientras las lágrimas finalmente rodaban por sus mejillas.

*****

Sarah entró en la sala de recuperación con una bandeja de comida. Había consultado cuidadosamente con la enfermera qué podía ingerir Maxwell para recuperar las fuerzas tras la extracción, buscando algo ligero pero nutritivo. Al verlo, lo encontró sentado en la camilla, todavía con una palidez que acentuaba su rostro cansado.

—¿Cómo te sientes? —preguntó ella con suavidad, dejando la bandeja sobre la mesa auxiliar—. Te traje algo de comer.

Maxwell la miró de reojo, con frialdad.

—Bien. No debiste molestarte —respondió él con voz seca, sin siquiera tocar la comida.

Sarah apretó los labios, sintiendo cómo la paciencia se le escapaba entre los dedos. Estaba harta de su actitud defensiva y de ese muro de hielo que él levantaba cada vez que ella intentaba un acercamiento humano.

—Tienes razón, no eres como él. Te falta mucho para igualarte a Dominic. Él tiene una clase y una integridad que tú ni siquiera alcanzas a comprender.

—¡Lárgate! —gritó Maxwell, señalando la puerta—. Viniste solo a humillarme. ¡Fuera de aquí!

—No, Maxwell. Vine en son de paz, pero contigo es imposible —replicó ella, su voz ahora era un susurro frío—. Deberías aprender de Dominic. Él no guarda rencor, él es capaz de...

Él no la dejó terminar. Consumido por la rabia de ser comparado una vez más con su rival, Maxwell la tomó por los hombros y la calló con un beso violento, brusco, cargado de una frustración acumulada que buscaba castigarla más que amarla. Fue un choque de labios desesperado que Sarah cortó de inmediato.

Ella lo empujó con todas sus fuerzas, haciéndolo retroceder hasta que él chocó con el borde de la camilla. Sarah se limpió la boca con el dorso de la mano, con los ojos encendidos de indignación.

—Así no, Maxwell —le soltó con tristeza—. Con esa rabia, no. No soy el objeto donde vas a descargar tus complejos. Mantén la distancia.

Sin mirar atrás, Sarah salió de la habitación, dejando a Maxwell solo con su agotamiento físico y el eco de sus propias inseguridades retumbando en las paredes blancas de la clínica.

—Tú y Dominic se van a arrepentir… —sentenció.

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