El área de aislamiento era un sepulcro de cristal y acero, donde el único sonido era el pitido rítmico de los monitores. Arthur yacía en la cama, pálido y frágil, con la piel casi traslúcida tras recibir la infusión de células madre. Estaba profundamente dormido, exhausto por el procedimiento que acababa de resetear su existencia.
Dominic estaba sentado en un sillón junto a la cama, vestido con el traje de protección completo. Sus dedos rozaban la mano pequeña del niño, pero su mente estaba en el apartamento de Grace. El eco de ese beso todavía le quemaba los labios; había sentido hambre, entrega y una verdad que las palabras de ella no podían borrar. Por primera vez en años, la esperanza se sentía como algo real, algo por lo que valía la pena luchar.
De pronto, un relámpago de dolor le atravesó el cráneo.
Dominic cerró los ojos con fuerza, apretando los dientes para no gritar y despertar al niño. No era un dolor común; era una presión interna que sentía que le iba a reventar los globos oculares. Intentó ponerse de pie, pero el mundo se inclinó violentamente y tuvo que aferrarse a la barandilla de la cama.
Una enfermera, que revisaba los niveles de suero a través del equipo de protección, notó su lenguaje corporal y se acercó de inmediato.
—¿Señor Pierce? ¿Se encuentra bien? —preguntó ella, observando cómo Dominic se llevaba una mano a la sien, temblando.
—No... —logró articular él con la voz pastosa—. Me duele mucho. Siento la vista nublada... no puedo enfocar.
La enfermera dejó lo que estaba haciendo y se colocó frente a él, escaneando sus reacciones.
—¿Es un dolor punzante o sordo? ¿Siente náuseas? —le interrogó con rapidez profesional mientras le tomaba el pulso por encima del traje.
Dominic soltó un suspiro pesado, rindiéndose ante la evidencia de que su cuerpo estaba fallando más rápido de lo previsto.
—Tengo un tumor en el cerebro —soltó Dominic, dejando que la verdad cayera con todo su peso en la habitación.
La mujer abrió los ojos de par en par, retrocediendo un paso por la sorpresa antes de recuperar su instinto clínico.
—¡Por Dios! Voy a llamar a su neurólogo ahora mismo —sentenció ella, buscando el intercomunicador de emergencia—. Señor, usted no debió encerrarse en aislamiento en estas condiciones. Es peligroso para usted y para el paciente si llega a colapsar aquí adentro.
Dominic levantó la mirada, con los ojos inyectados en sangre y una determinación suicida que heló la sangre de la enfermera.
—El niño es mi hijo —sentenció con una frialdad absoluta, a pesar de que el dolor le nublaba el juicio—. Y yo no pienso dejarlo solo. Así acabe mi vida en este encierro, Arthur no despertará sin verme a su lado. No llame a nadie que pretenda sacarme de aquí. Solo ayúdeme con el dolor.
Dominic asintió, cerrando los ojos mientras sentía cómo la punzada en su nuca comenzaba a ceder un poco ante la idea de la medicación.
—Tomaré lo que me recetes, Chris. Me cuidaré, lo prometo. He estado bajo demasiado estrés estos últimos días... han pasado cosas que no esperaba.
Christopher preparó la dosis y se la entregó, observando a su amigo con detenimiento profesional.
—El estrés es gasolina para ese tumor, Dominic. Necesitas mantener la calma. Si sientes entumecimiento en las extremidades o si pierdes el habla aunque sea por un segundo, tienes que avisar por el intercomunicador de inmediato. No te hagas el héroe porque aquí adentro nadie podrá entrar a tiempo si colapsas.
Dominic tragó las pastillas con un poco de agua, sintiendo cómo el frío del líquido le recorría la garganta.
—Estaré bien —mintió Dominic, volviendo su atención a Arthur—. Solo necesito que él salga de esto. El resto no importa.
Christopher le dio unas últimas indicaciones sobre la frecuencia de las dosis y salió de la habitación, dejando a Dominic en la penumbra, aferrado a la mano de su hijo y capitan América del pequeño, como si esos objetos fueran los únicos que lo mantenían anclado a la vida.

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