Maxwell entró en la casa con los hombros caídos y el rostro grisáceo. En cuanto cruzó el umbral, Derek y Doménica se lanzaron contra sus piernas, rodeándolo con el afecto incondicional de siempre. Él se agachó con esfuerzo, forzando una sonrisa para abrazarlos, aunque sus manos temblaban levemente por la debilidad de la extracción.
—¡Papá! ¿Por qué tardaste tanto? —preguntó Derek, mirándolo con curiosidad—. Te ves pálido, ¿estás enfermo?
—No, campeón. Solo estoy muy cansado —respondió Maxwell, dándole un beso en la frente—. Fue un día largo en el hospital ayudando a Arthur.
Grace observaba la escena desde la cocina, con el corazón apretado. Se acercó y le puso una mano en el brazo, notando lo frío que estaba.
—Debes descansar y alimentarte, Maxwell. Ve a la habitación, te llevaré la cena allá mismo —le pidió con tono suave.
Él asintió sin fuerzas y caminó por el pasillo con lentitud. Tras arropar a los niños y asegurarse de que se durmieran, Grace preparó una bandeja y entró en la alcoba de Maxwell. Lo encontró sentado al borde de la cama, con la mirada perdida en el suelo.
—Aquí tienes —dijo ella, dejando la bandeja en la mesa de noche.
Maxwell no miró la comida. Levantó la cabeza y sus ojos estaban cargados de una amargura que Grace reconoció de inmediato.
—No quiero a los niños cerca de Dominic, Grace —soltó él sin preámbulos—. Eso solo los confunde. Él es una mala influencia para ellos, un hombre que vive entre sombras y secretos. Además, tarde o temprano tendrán que convivir con Charlotte si siguen frecuentándolo, ¿vas a permitir que esa mujer se les acerque?
Grace respiró hondo, tratando de mantener la calma que la psicóloga le había sugerido, pero sintió que la paciencia se le agotaba.
—Dominic es su padre, Maxwell. Y los niños se sienten bien a su lado —replicó ella con firmeza—. No puedo apartarlos de su derecho biológico. Además... él no es del todo culpable de lo que pasó hace años. Las cosas son más complejas.
Maxwell se puso de pie de un salto, la rabia estalló en su pecho y borrando cualquier rastro de cansancio físico. Se acercó a ella, invadiendo su espacio con una agresividad que nunca le había mostrado.
—¿Qué hizo para convencerte? —rugió él, con la cara enrojecida—. ¿Ya te acostaste con él? ¿Eso fue lo que necesitó para que ahora lo defiendas como si fuera un santo?
El sonido de la bofetada fue seco y rotundo, resonando en toda la habitación. La mano de Grace quedó suspendida en el aire, temblando de indignación, mientras Maxwell giraba el rostro por el impacto.
—No tienes derecho a hablarme así —sentenció Grace con la voz vibrando de furia—. Y no voy a permitir que uses a mis hijos para vengarte de Dominic solo porque no superas que Sarah lo escogió a él hace años. ¡Ve a terapia, Maxwell! Sana tu odio antes de que termines por destruir tu vida y a los que te queremos.
Grace dio media vuelta y salió de la alcoba, azotando la puerta con una fuerza que hizo vibrar los cuadros del pasillo. Maxwell se quedó solo en la penumbra, tocándose la mejilla ardiente, mientras el silencio de la casa se volvía tan asfixiante como su propio rencor.
Grace sintió un sudor frío recorrerle la espalda. Si ellos se iban en ese momento, la firma del contrato se cancelaría por falta de respaldo técnico y legal. Global Pierce perdería miles de millones en una sola mañana.
—Es una huelga de brazos caídos, querida —se burló Dustin, levantándose y acercándose a ella hasta invadir su espacio—. Los inversionistas ya saben que no tienes equipo. En treinta minutos, el consorcio asiático llamará para cancelar todo. A menos, claro... que me dejes tomar el control de la firma. Yo puedo convencerlos de que se queden si ven a un Pierce al mando.
Grace apretó los dientes, sintiendo la presión en el pecho. Sabía que Dominic estaba incomunicado, luchando por la vida de Arthur. No podía llamarlo. Estaba sola frente a las pirañas, tal como Dustin había predicho.
—No te voy a dar nada, Dustin —susurró Grace, con los ojos encendidos de una furia gélida—. Pueden dejar sus sobres ahí y largarse. Pero les advierto algo: si cruzan esa puerta, me encargaré personalmente de que no vuelvan a trabajar ni de cajeros en un banco.
Dustin soltó una carcajada, haciendo una seña a los directivos para que se pusieran de pie.
—Suerte manejando un imperio tú sola, Grace. Veamos cuánto duras antes de que las acciones valgan menos que el papel en el que imprimes tus amenazas.
El grupo salió de la sala, dejando a Grace en un silencio sepulcral, rodeada de sillas vacías y con el reloj de la pared marcando la cuenta regresiva para el desastre financiero.

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