Grace se quedó sola en la sala de juntas, con el silencio pesando sobre sus hombros, hasta que la puerta se abrió de nuevo. No era Dustin, sino un hombre de traje impecable y porte elegante que ella reconoció al instante: André, un antiguo amigo y socio estratégico de Dominic que siempre se había movido en los círculos más exclusivos de la élite financiera.
André se detuvo en el umbral, observando a Grace con una fascinación que no se molestó en ocultar. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo con una discreción cargada de intención, deteniéndose en su rostro con una sonrisa ladeada.
—Tanto tiempo, Grace —dijo André, acercándose con paso seguro—. Debo admitir que no esperaba encontrarte aquí, y mucho menos al mando de este imperio después de que el imbécil de mi amigo te dejara ir hace años.
Grace se enderezó, tratando de ocultar la agitación que le habían provocado Dustin y los directivos.
—No me gusta hablar de mi vida privada, André —respondió ella con tono profesional—. Pero dime, ¿qué haces tú en Global Pierce hoy?
—Soy el representante principal del consorcio asiático —reveló él, ensanchando su sonrisa—. Vengo para la firma del contrato, pero veo que los pasillos están desiertos. Por lo que escuché afuera, parece que te has quedado sin tu equipo de directores ejecutivos justo en el momento más crítico.
Grace apretó los dientes, sintiendo la humillación de ser vista en esa situación por alguien de su nivel.
—Es un sabotaje interno, André. Pero lo voy a solucionar, te lo aseguro —afirmó ella, aunque por dentro sentía que el suelo se le abría.
André dio un paso más y, con una confianza que rozaba la familiaridad, le agarró el brazo con suavidad. Su tacto fue firme, pero no agresivo.
—Lo sé. Y por eso mismo, yo creo en ti —le dijo, mirándola fijamente a los ojos—. Siempre supe de tus capacidades y admiré tu trabajo desde las sombras. Siento que Dominic no solo dejó ir a una excelente profesional, sino a una gran mujer. Por eso, tienes mi confianza absoluta y el respaldo del consorcio. Firmaremos.
Grace abrió los ojos de par en par, sintiendo que el aire regresaba a sus pulmones. No podía creer que la salvación llegara de la mano de alguien que Dominic consideraba un aliado cercano.
—¿En serio, André? ¿Vas a firmar a pesar de la renuncia de los directivos?
—Sí, pero bajo una condición —añadió él, bajando la voz y acercándose un poco más—. Una cena de amigos esta noche. No lo malinterpretes, Grace, solo es para coordinar ciertos puntos del contrato que ahora, sin tus directores, tendremos que revisar tú y yo personalmente.
—Tan terca como siempre. Está bien, te enviaré la ubicación por mensaje. Ahora, busquemos esos documentos. Firmemos de una vez para que puedas ver la cara de Dustin cuando se entere de que no pudo hundirte.
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La mañana en el hospital transcurría con calma. Sarah miraba por el vidrio a Arthur alimentarse. De pronto el sonido de su móvil interrumpió esa tranquilidad. Era un número desconocido. Sarah frunció el ceño, pero contestó de inmediato.
—Señora Pierce, le habla el representante de la persona que compró la cadena de joyerías Colleman y está muy impresionado con sus últimos bocetos —le informó el hombre al otro lado de la línea—. Quiere entrevistarla personalmente. Le agrada mucho su visión estética y desea una reunión para discutir una posición de liderazgo creativo en la expansión de la marca.
A Sarah se le iluminó el rostro. A pesar del caos familiar, el diseño de joyas era su verdadera pasión, el refugio donde se sentía ella misma.
—¡Por supuesto! —respondió Sarah, conteniendo la emoción—. Dígame la hora y el lugar, ahí estaré. Acepto la entrevista.

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