Tras colgar, Sarah se dirigió de inmediato al área de aislamiento. Se pegó al cristal y vio a Arthur sentado en la cama, esforzándose por comer una gelatina mientras Dominic lo observaba con una paciencia infinita. Dominic levantó la vista y, al ver la expresión de Sarah, supo que algo bueno había pasado.
—Tengo una cita de trabajo —les anunció ella a través del intercomunicador, con una sonrisa que no podía ocultar—. El nuevo dueño de las joyerías quiere verme. Está interesado en mi trabajo.
Dominic sonrió de medio lado, aunque el cansancio y el dolor de cabeza lo acosaban constantemente.
—Me alegro mucho, Sarah. Te lo mereces —respondió Dominic con voz firme—. Pero sabes que te voy a respaldar en lo que necesites, no tienes que hacerlo sola.
—Lo sé, Dominic, y te lo agradezco —replicó ella, suavizando la mirada—. Pero necesito hacer esto por mí misma. Necesito saber que mi talento vale por lo que soy, no por el apellido que llevo.
—Entonces ve —asintió Dominic, dándole un suave apretón en la pierna a Arthur bajo las sábanas—. Ve tranquila, que este campeón se está recuperando de maravilla.
Arthur levantó su mano pequeña y le hizo un gesto de despedida a su madre.
—Suerte, mami —le dijo el niño con voz finita pero alegre.
Arthur le mandó varios besos volados contra el cristal. Sarah sintió que se le humedecían los ojos por la emoción, pero antes de darse la vuelta, una sombra de duda cruzó por su mente. Miró hacia la sala de espera vacía y luego consultó su reloj. Se le hacía extraño no ver a Maxwell ese día allí; el silencio de él resultaba inquietante.
*****
Dustin estaba recostado en el sillón de cuero de uno de los despachos secundarios, con las piernas cruzadas sobre el escritorio y una copa de cristal de bohemia en la mano. El descorche del champagne todavía resonaba en las paredes; saboreaba lo que consideraba una victoria absoluta, imaginando a Grace humillada y a punto de entregarle su cargo a él.
—Si yo hubiera hablado con Dominic, las cosas habrían sido muy distintas —replicó ella, con una calma que lo sacaba de quicio—. Así que busca otro repertorio, Dustin. O mejor aún, busca un trabajo de verdad. Deja de ser un parásito al servicio de tu abuela y deja de arrastrarte por las migajas que ella te tira.
Grace se acercó un paso más, bajando la voz hasta que sus palabras cortaron como cuchillas.
—Jamás serás como Dominic. Te falta demasiado camino por recorrer y te sobran complejos.
Sin darle oportunidad de replicar, Grace dio media vuelta y salió del despacho con la frente en alto. Dustin se quedó solo, temblando de rabia contenida. Estrelló la copa de champagne contra la pared, viendo cómo los cristales saltaban por todos lados.
—¡Me voy a vengar, Grace Scott! —gritó fuera de sí, su voz resonando en el pasillo vacío—. ¡Te juro que te voy a destruir a ti y a Dominic!

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