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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 94

Sarah entró en el despacho principal de la sede de las joyerías Colleman con el corazón acelerado por la expectativa profesional. Sin embargo, al girarse la silla de cuero, el aire se le escapó de los pulmones. Maxwell estaba allí, sentado con una sonrisa gélida y triunfante.

—Tú —soltó Sarah, retrocediendo un paso—. Tú compraste las joyerías. Claro, todo este montaje fue para humillarme.

Maxwell se reclinó en el asiento y soltó una carcajada seca que erizó la piel de Sarah.

—Por supuesto. ¿Para qué otra cosa iba a comprarlas? ¿Para dártelas en nombre del gran amor que nos unió en el pasado? —Se burló él, con los ojos cargados de veneno.

—Estás demente, Maxwell. Estás enfermo —le espetó ella, apretando su bolso con fuerza.

—Te hice venir porque necesitas el trabajo, Sarah. No me digas que no te mueres por diseñar de nuevo —dijo él, recuperando la seriedad y clavándole una mirada desafiante.

—No, no lo necesito. Dominic no me va a desamparar, a pesar de todo lo que le hice —replicó Sarah con orgullo.

Al escuchar el nombre de su rival, Maxwell se puso de pie de un salto y golpeó el escritorio con los puños cerrados. La mención de la lealtad de Dominic lo sacaba de quicio.

—Deberías conquistarlo de nuevo entonces —masculló Maxwell, acercándose a ella—. Así deja de andar detrás de las faldas de mi mujer de una buena vez.

Sarah soltó una risa amarga, incrédula ante lo que estaba oyendo.

—No sé si te haces o en verdad eres imbécil, Maxwell. ¿Todavía no te das cuenta de que ellos se aman?

—Pues no van a terminar juntos, de eso me encargaré yo —sentenció él, con una determinación oscura—. Dominic Pierce debe aprender que no siempre se gana en esta vida.

Sarah estalló. Dio un paso hacia él, señalándolo con el dedo, temblando de indignación.

—¡Eres un maldito egoísta! —le gritó—. Deberías estar agradecido con Dominic. Deberías agradecerle el cariño y la dedicación que le tiene a Arthur.

—Estamos a mano —respondió Maxwell con frialdad—. Yo también he dedicado mi vida a cuidar a sus hijos durante seis años. No le debo nada.

—Tranquilo, Dominic. Salvé a Grace tal como me pediste —respondió André, bajando un poco el tono—. Firmamos el contrato con el consorcio asiático esta misma mañana.

Dominic soltó un suspiro de alivio. Cerró los ojos un segundo, sintiendo que la presión en su cabeza cedía mínimamente ante la buena noticia.

—Gracias, André. Te debo una grande —dijo Dominic, clavándole una mirada intensa a través del vidrio—. Pero escúchame bien: no vayas a decirle que yo tuve algo que ver. Que ella crea que lo logró por su propia capacidad de gestión. Necesito que se sienta segura en ese puesto.

—Claro que no, descuida. Mi boca está cerrada —mintió André con una naturalidad pasmosa—. Ella cree que firmé porque confío en su talento y porque somos "viejos amigos". No sospecha nada.

Dominic asintió, confiando en la lealtad de años, sin imaginar que André estaba omitiendo deliberadamente la invitación a cenar y el tono íntimo que había usado con Grace. No iba a desaprovechar la oportunidad de acercarse a ella, mientras él estaba encerrado cuidando a Arthur.

—Debo irme, tengo que preparar unos detalles para la noche —añadió André, despidiéndose con un gesto informal—. Que mejore el niño.

Dominic se quedó solo, apoyando la frente contra el cristal frío, agradecido porque Grace estaba a salvo de las garras de Charlotte, sin saber que acababa de abrirle la puerta de su vida al hombre que estaba planeando ocupar su lugar.

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