Grace llegó al restaurante por su cuenta, utilizando el auto con chofer que Dominic mantenía a su disposición. No quería deberle a André ni siquiera el trayecto de ida, marcando una distancia profesional desde el primer momento. Él ya la esperaba en una mesa discreta de aquel lugar de techos altos y luz tenue, donde las sombras parecían conspirar con el silencio.
Durante la primera hora, André se comportó como el caballero perfecto. Entre copas de un vino tinto costoso, desglosaron los puntos técnicos del contrato con el consorcio asiático, ajustando las cláusulas de logística que los directivos fugados habían dejado pendientes. Grace se sentía aliviada de ver que el negocio estaba a salvo, pero la calma duró poco.
En cuanto retiraron los platos principales, la atmósfera cambió. André dejó su copa sobre el mantel blanco y fijó sus ojos en Grace con una intensidad que la hizo enderezar la espalda.
—Grace, siempre quise saber algo —soltó él, rompiendo la burbuja profesional—. ¿Por qué lo escogiste a él? Yo te ofrecía un amor libre, sin el peso de un apellido, y tú lo escogiste a él, sabiendo que jamás te iba a dar un lugar importante en su vida.
Grace se tensó de inmediato, dejando la servilleta sobre la mesa. El tono de la cena acababa de cruzar una línea que ella no estaba dispuesta a transitar.
—Creí que esta cena era solo para asuntos de trabajo, André —respondió ella con voz cortante.
—El trabajo terminó —replicó él, inclinándose hacia adelante—. Y yo necesito salir de esta duda. ¿Por qué, Grace? ¿Es porque no tengo el dinero de él? ¿Es por el poder de los Pierce?
La mención del interés económico encendió una chispa de furia en los ojos de Grace. Se sintió insultada en lo más profundo de su identidad.
—Yo jamás estuve tras el dinero de Dominic —sentenció ella—. Cuando te conocí ya era tarde. Yo ya trabajaba un año en la empresa, en el archivo, y veía de lejos a Dominic. Siempre tan impecable, tan imponente, pero a la vez tan humano. Lo veía detenerse a saludar al conserje, a la señora de la limpieza... se preocupaba genuinamente por sus colaboradores. Lo admiraba en silencio mucho antes de que él supiera mi nombre. Y luego vino el ascenso.
André soltó una risa seca y amarga, interrumpiéndola con un gesto de desdén.
—Sí, claro. Te ascendió porque le gustaste. Siempre hacía lo mismo, Grace. ¿De verdad creíste que eras la primera?
Grace lo miró directamente a los ojos, sin parpadear, sosteniendo su orgullo frente a la provocación.
—No. Sé que no era la primera asistente que tenía un romance oculto con el jefe —admitió ella con una calma gélida—. Pero sí sé que fui la primera con la que él convivió, la primera que compartía su cotidianidad. Las otras solo fueron aventuras de una noche.
André guardó silencio un segundo, tamborileando los dedos sobre la mesa antes de soltar la estocada final. Su sonrisa se volvió compasiva.
—Si eso es lo que tú crees, no soy nadie para abrirte los ojos —soltó él con fingida pena.
—¿De qué hablas, André? —exigió Grace, sintiendo un nudo en el estómago.
Maxwell salió del bar con el sabor amargo del whisky quemándole la garganta, pero el fuego real era el que sentía en el pecho. Las palabras de Sarah se repetían como un eco distorsionado: «Mi padre me amenazó». Caminó bajo la lluvia ligera, ignorando el frío, con la corbata deshecha y el juicio nublado por el alcohol y la revelación. Todo este tiempo alimentando un odio que lo mantenía vivo, creyendo que ella lo había cambiado por el poder de un Pierce, cuando en realidad lo había estado protegiendo de la ruina.
Llegó al hotel donde se hospedaba Sarah, fue directo a la recepción y preguntó por la habitación. Ella, se encontraba en un estado de vulnerabilidad absoluta. Tenía los ojos rojos de tanto llorar por Arthur, por su matrimonio vacío con Dominic y por el peso de una vida llena de decisiones erróneas. Cuando le avisaron que Maxwell estaba abajo, sintió que el mundo se le venía encima, se quedó en silencio unos segundos, hasta que decidió enfrentarlo.
Abrió la puerta en bata, con su cabello rubio revuelto y una tristeza que la hacía ver más frágil que nunca. Maxwell la recorrió con la mirada; él también estaba desaliñado, con el olor a licor impregnado en su ropa.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó Sarah con la voz quebrada.
—¿Quieres saber por qué aparecí en tu vida realmente? —replicó él, ignorando su tono.
—Es obvio... para vengarte —susurró ella, intentando cerrar la puerta.
—No. Vine por esto.

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