Maxwell la tomó por la cintura y la atrajo hacia él con urgencia. La besó, pero esta vez no hubo dureza ni el rencor hiriente de las veces anteriores. Fue un beso cargado del amor que nunca pudo extinguir, un reclamo desesperado de dos almas que se habían destrozado buscando protegerse. Sarah se resistió al principio, golpeando su pecho con debilidad, pero terminó por ceder, enredando sus dedos en el cabello revuelto de Maxwell mientras correspondía con la misma intensidad.
Sin embargo, la realidad la golpeó de nuevo. Lo apartó con suavidad, jadeando.
—No... las cosas no se arreglan así —dijo ella, abrazándose a sí misma—. Me has lastimado tanto, Maxwell.
—Tú también lo hiciste —reprochó él, aunque su voz ya no tenía veneno.
—¡Pero yo no quería! —gritó ella con desesperación.
—No te separaste de Dominic, seguiste a su lado... Si no fuera por la enfermedad de Arthur, yo nunca habría sabido la verdad.
—Mi vida con Dominic fue un infierno —confesó Sarah, dejando que las lágrimas fluyeran de nuevo—. Grace siempre fue un fantasma entre nosotros. Pensé que él podía hacer que me olvidara de ti, pero solo descargaba mi frustración y mis celos en él. Me dolía saber que tú estabas con Grace, no entendía por qué los dos la preferían a ella. Me quedé por Arthur... ellos tienen una conexión que no pude romper.
—Me robó a mi hijo —masculló Maxwell, apretando los puños—. Y te robó a ti.
—Él no te robó nada, Maxwell. Hizo lo que un padre hace por su hijo. A mí jamás me tuvo, ni yo a él. En cambio tú... me restriegas tu amor por Grace en la cara. Me mandaste a diseñarle esa joya solo para herirme, y lo conseguiste. ¿Qué más quieres? ¿Qué me arrodille? Eso no lo verás.
Maxwell la miró, sintiendo que el alcohol perdía efecto ante la crudeza de sus palabras.
—Debiste decirme la verdad esa noche —dijo él.
—No podía. Tenía un micrófono oculto, mi padre necesitaba escuchar cómo terminaba contigo. Luego tuve miedo... miedo de que la reacción de mi padre cuando se enterara que Arthur no era un Pierce, de la reacción de Charlotte, de Dominic. Protegía a mi hijo.
Sarah se desplomó en una silla, ocultando el rostro entre las manos.
—No fui buena esposa, ni buena persona. Ayudé a separar a Grace y Dominic, pero ya recibí mi castigo. En cambio tú, no te das cuenta de que si el trasplante no funciona, si Arthur rechaza tus células, ambos perderemos a nuestro hijo. Solo te importa tu odio.
Sarah rompió en un sollozo desconsolado que rompió la última barrera de Maxwell. Él se acercó y la rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su cuello.
—Tengo mucho que pensar —susurró él—, pero Arthur no puede morir. No seas pesimista.
—Entonces deja el odio a un lado —suplicó ella contra su pecho—. Piensa en nuestro hijo.
—Claro que pienso en él, pero no resisto ver que quiera a otro como su padre.
—A Dominic le pasa igual con los tuyos —le recordó Sarah—. Van a tener que aprender a compartir el cariño de esos niños.
Maxwell guardó silencio un largo rato, acunándola, hasta que se separó un poco para mirarla a los ojos.
—¿Y nosotros? —preguntó en un susurro.
—Esto no puede ser —respondió Sarah, poniéndose de pie y recuperando algo de su orgullo—. Tú no eres el mismo de antes. Este hombre lleno de rencor no es el hombre de quien me enamoré. Vete, Maxwell. Por favor.
Maxwell caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo. Regresó hacia ella, le limpió las lágrimas con el pulgar y le tomó el rostro con ambas manos. La besó de nuevo, un beso lento, posesivo, que le erizó la piel.
—¿Por qué? —preguntó Doménica, levantando la vista.
—Porque hay gente mala que prefiere el dinero y el poder antes que el amor, hijos. Dominic no sabía que ustedes existían. En aquel entonces, nos separaron antes de que yo pudiera decírselo.
—¿Y por qué no le dijiste la verdad después? —insistió Derek, con esa lógica infantil que siempre desarmaba a Grace.
Grace tragó saliva, recordando las amenazas de Charlotte y el miedo constante que la persiguió en San Francisco.
—No podía. Tenía mucho miedo de que esa gente mala les hiciera daño a ustedes si se enteraban. Pero les aseguro algo: Dominic no es malo. Él los quiere muchísimo y está haciendo todo lo posible por ganarse su cariño. No piensen cosas feas de él, por favor.
Doménica guardó silencio un momento, jugueteando con el borde de la sábana, hasta que una pequeña sonrisa asomó a sus labios.
—A mí me cae bien el señor Dominic —confesó la niña en un susurro—. Me gusta cuando me abraza. Se siente... se siente bonito, mamá.
Grace sintió que las lágrimas amenazaban con salir, pero se obligó a sonreír para darles seguridad.
—Eso es porque él siempre va a protegerlos. Es su papá y ese lazo no se rompe con nada.
Derek se quedó pensativo, mirando un punto fijo en la habitación, hasta que hizo la pregunta que Grace más temía responder.
—¿Y nunca vamos a vivir con él? —preguntó el niño, con una nota de esperanza y duda en la voz.

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