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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 97

Grace abrazó a Derek con un nudo en la garganta, sintiendo el peso de su pequeña esperanza.

—No te puedo contestar esa pregunta, cielo —susurró ella, acariciando su cabello—. Yo tengo un esposo, y su papá tiene una esposa. Además, Arthur está muy grave ahora. No quiero ilusionarlos mintiendo sobre que un día seremos una familia, pero mientras tanto, pueden acercarse a su papá. Aprovechen el tiempo con él.

Los niños asintieron con resignación y se deslizaron fuera de la cama para irse a dormir. Grace se quedó sola en el silencio de la alcoba, sintiendo que su vida era un rompecabezas al que le faltaban piezas clave.

Más tarde esa noche, Grace estaba sentada en el estudio, revisando con fatiga los últimos reportes de cifras de San Francisco. La puerta se abrió y Maxwell entró. Su aspecto la sobresaltó: traía el cabello revuelto, la corbata inexistente y la ropa arrugada, como si hubiera salido de una batalla física.

—¿Dónde estuviste? —preguntó Grace, dejando la tableta sobre el escritorio.

—Con Sarah —respondió Maxwell con voz ronca, dejándose caer en un sillón—. Pero no, no nos reconciliamos. Ahora resulta que ella es la digna, la que no quiere saber nada de mí.

Grace lo observó con detenimiento, notando la frustración en sus ojos.

—Pues la has tratado muy mal, Maxwell. No puedes esperar que te reciba con los brazos abiertos.

—Ella me confesó que terminó conmigo de esa forma tan cruel porque su padre se lo exigió —soltó él, mirando al techo con amargura—. Eso cambia todo, Grace. Nuestra venganza, el odio que alimenté durante todos estos años... Todo parece una mentira. Aunque eso no quita que me haya ocultado a mi hijo durante seis años.

Grace suspiró, recostándose en su silla.

—Mira, yo no puedo defender a Sarah. Ni siquiera la conozco bien, y fue cómplice de Charlotte para separarme de Dominic. Pero me he dado cuenta de que ama a su hijo, y una madre por proteger a su niño es capaz de lo que sea. Siento que todos nos equivocamos; nos dejamos llevar por el dolor y queda mucho camino por recorrer para sanar esto.

Se hizo un silencio pesado. Grace dudó un momento antes de continuar.

—Los niños me preguntaron si algún día vivirán con Dominic.

Maxwell sintió una punzada de pánico en el pecho, un miedo visceral a ser desplazado.

—¿Qué respondiste? —preguntó, tensando la mandíbula.

—La verdad. Que no sé si eso pasará algún día. No sé si deseo eso... no sé nada —confesó Grace, bajando la mirada—. Dominic actúa extraño y hoy... Nada. Mejor revisemos las cifras en San Francisco. Danna está haciendo un buen trabajo, pero siento que no avanza sola con la presión de la nueva terminal.

Maxwell se frotó el rostro, intentando recuperar la compostura profesional.

—Viajaré a apoyarla unos días —dijo él, tratando de alejarse de los problemas del hospital por un momento—. Tranquila. Mañana mismo me pongo en marcha.

Maxwell se acercó al escritorio y se sentó frente a ella. Por el resto de la madrugada, el único sonido en la habitación fue el murmullo de números y estrategias comerciales, una distracción necesaria para dos personas cuyos corazones estaban al borde del colapso.

—Claro que sí —respondió Dominic de inmediato, aunque se le quebró un poco la voz—. Más adelante, cuando estés fuerte de nuevo, irás con ellos.

Se hizo un silencio un tanto incómodo entre los pequeños. Los niños de Grace y Arthur no eran amigos; apenas se conocían de aquel encuentro fugaz en un parque de San Francisco. Se miraban a través del vidrio con una timidez extraña, sin saber realmente qué decirse, pues para ellos Arthur era solo el niño que Dominic cuidaba con tanto esmero.

—¿Te duele mucho? —preguntó Doménica, señalando las vías de Arthur.

—Un poquito, pero mi papá dice que soy un guerrero —respondió Arthur con orgullo, mirando a Dominic.

Grace observaba la escena con el corazón dividido. Por un lado, la ternura de ver a sus hijos intentando socializar con el pequeño; por otro, la sombra de las palabras de André sobre la supuesta infidelidad de Dominic en el pasado. Miró a Dominic a través del cristal, tratando de descifrar si ese hombre demacrado era el mismo que, según André, la había engañado sistemáticamente durante su relación.

—Te ves muy cansado, Dominic —dijo Grace por el intercomunicador, con un tono que pretendía ser neutral pero que destilaba preocupación—. Deberías dejar que una enfermera te reemplace unas horas para que duermas algo. No puedes seguir así, te vas a enfermar tú también.

Dominic negó con la cabeza, cerrando los ojos un segundo como si luchara contra un mareo que amenazaba con derribarlo.

—No me voy a mover de aquí, Grace. Ya te lo dije. Estoy donde debo estar —contestó con terquedad.

Grace suspiró, apretando los hombros de sus hijos. La cercanía de Dominic siempre la desarmaba, pero las dudas sembradas por André empezaban a levantar un muro de desconfianza que ni siquiera la piedad por su estado físico lograba derribar.

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