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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 98

Grace llegó a la oficina con la mente fija en los pendientes del día, pero se detuvo en seco al ver un enorme ramo de girasoles sobre su escritorio. El amarillo vibrante de las flores parecía iluminar el despacho, pero a ella le provocó una sensación de incomodidad. Tomó la tarjeta y leyó la caligrafía impecable de André: «No creas que he olvidado que te encantan los girasoles».

Lanzó la tarjeta sobre la mesa con desdén y dejó las flores a un lado, ignorándolas para concentrarse de inmediato en sus actividades. No tenía tiempo para sentimentalismos ni para los juegos de André.

Más tarde, la puerta se abrió y André entró con su habitual aire de suficiencia.

—Todo está listo con el consorcio asiático —anunció él, sentándose frente a ella sin esperar invitación—. Empezarán a enviar sus mercancías a través de Global Pierce a partir de la próxima semana. Es un flujo constante de ingresos.

Grace asintió, abriendo una carpeta para revisar las cláusulas operativas.

—Es una excelente noticia para la estabilidad de la empresa en este trimestre —respondió ella con tono profesional—. Necesitamos coordinar las rutas de distribución y los seguros de carga para evitar retrasos en el puerto.

André la interrumpió con un gesto suave, recostándose en la silla.

—Sé que todo está en buenas manos contigo, Grace. No te agobies tanto. ¿Te gustaría almorzar?

—Tengo mucho trabajo, André. Apenas voy por la mitad de los reportes.

—¿Te gustaron las flores? —preguntó él, ignorando su negativa.

Grace levantó la vista, forzando una sonrisa de cortesía.

—Disculpa, no te di las gracias. Sí, son bonitas, pero no era necesario. No estamos en esa etapa.

—Mereces esto y mucho más —replicó André con voz suave—. Además, quiero que en el almuerzo discutamos un negocio. Tengo un nuevo cliente.

Grace dejó el bolígrafo sobre el escritorio, interesada a pesar de su desconfianza.

—¿Un nuevo cliente?

—Sí. Recuerda que trabajo para varias empresas y tengo una que desea enviar mercancía a gran escala desde San Francisco hasta el puerto de Shanghái. Es un contrato que Global Pierce no puede dejar pasar, especialmente ahora que estamos expandiendo la red logística.

Grace guardó silencio un segundo, analizando la propuesta.

—Si es para hablar de negocios, podemos hacerlo aquí mismo —insistió ella—. No necesito salir para revisar términos de transporte.

—No me gusta encerrarme en oficinas, Grace. Los mejores tratos se cierran con una buena comida —dijo él, poniéndose de pie y ofreciéndole la mano—. Solo será una hora. Es una oportunidad de oro para demostrarle a Dominic que no solo mantuviste la empresa, sino que la hiciste crecer.

Grace suspiró, cerró su computadora y tomó su bolso. La mención de demostrarle su valía a Dominic fue el detonante que André sabía que funcionaría.

—Está bien. Vamos a comer —aceptó ella, saliendo del despacho seguida por un André que no podía ocultar su satisfacción.

Se hizo un silencio tenso. Sarah cerró los ojos y apretó los puños, esperando que Maxwell estallara si Arthur lo rechazaba, pues conocía el temperamento volátil de su ex.

—No —intervino Arthur de inmediato, abrazando la almohada—. Yo no quiero quedarme con el señor Maxwell. Solo te quiero a ti, papá. No te vayas, por favor.

La palabra "papá" dirigida a Dominic golpeó a Maxwell como un mazo en el pecho. Sarah contuvo el aliento, temiendo la reacción violenta, pero Maxwell solo tragó saliva y bajó la mirada un segundo. Contra todo pronóstico, mantuvo la compostura.

—Lo comprendo, campeón —dijo Maxwell con la voz algo ronca, forzando una sonrisa—. No pasa nada. Te vendré a visitar mañana para que me cuentes qué tal va tu entrenamiento.

Dominic asintió en silencio, agradeciendo el gesto de Maxwell con una mirada cargada de respeto mutuo. Maxwell se giró hacia Sarah.

—¿Almorzamos? —le preguntó de forma directa.

—No, me quedo un rato más con él —respondió ella, todavía a la defensiva.

—Es importante, Sarah. Necesitamos hablar de lo que sigue —insistió él, sin hostilidad pero con firmeza.

Sarah lo miró a los ojos, buscando rastro de la antigua furia, pero solo encontró cansancio y una extraña resignación.

—Está bien —accedió ella—. Solo me despido de mi hijo y te alcanzo afuera.

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