Carolina pensó que acababa de escuchar el mejor chiste de su vida.
Sin levantarse, alzó la barbilla con arrogancia y barrió a Esperanza con la mirada de arriba abajo.
—Es verdad que la ropa ayuda, pero ni el atuendo más caro del mundo puede esconder lo que realmente eres, Esperanza.
Si Esperanza de verdad fuera tan importante, ¿habría estado perdiendo el tiempo lavando y cocinando para Valentín en su casa todos los días?
—Ustedes solo comparten el mismo nombre, no son la misma persona. No intentes engañarte a ti misma —añadió Carolina, sin hacer el menor amago de moverse de la silla.
Esperanza le echó una mirada a uno de sus guardaespaldas.
Los hombres se acercaron a Carolina por ambos lados y, frente a la mirada atónita de todos, la levantaron en peso.
—¡Qué hacen! —gritó Carolina, furiosa.
Esperanza empujó a un lado la silla en la que estaba sentada, y Teresa le acercó de inmediato una silla giratoria nueva mientras decía:
—Esperanza.
Carolina clavó una mirada fulminante en Teresa.
Al ver a Esperanza sentarse, los demás la saludaron:
—Señorita Jara.
Esperanza asintió y les dijo:
—El desayuno que les pedí llegará enseguida. Aunque ya es un poco tarde, pueden comer algo ligero y aguantar hasta el almuerzo.
Carolina se quedó a un lado, completamente atónita.
Los guardaespaldas la soltaron y tomaron sus posiciones a cada lado de Esperanza.
Esperanza levantó la mirada hacia ella y, respondiendo a lo que había dicho antes, soltó:
—Señorita Luque, la que no debería engañarse a sí misma es usted.
La licitación acababa de comenzar.
Esperanza señaló uno de los lugares vacíos y le indicó:
—Señorita Luque, tome asiento.
Lo dijo con la actitud autoritaria de alguien que está al mando.
Carolina seguía petrificada, mirando a Esperanza sin poder creerlo. Al principio, cuando escuchó su nombre, tuvo sus dudas; después de todo, era demasiada casualidad que en la misma ciudad hubiera alguien con el mismo nombre.
Sin embargo, Esperanza no encajaba en absoluto con la imagen de una directiva con tanto poder.
Siempre andaba desaliñada y sin chiste.
Además, la familia Salinas se la pasaba haciéndola menos, y con tal convicción, aseguraban que solo era una simple asistente administrativa en Grupo Córdova que ganaba cuatro mil pesos al mes.
Y aunque más tarde entró a trabajar a Grupo Córdova, e incluso se convirtió en la secretaria de Benicio, apenas había durado ahí menos de un mes.
¿Cómo iba a ser la jefa principal del proyecto de los microchips de diseño propio?
A Carolina le zumbaba la cabeza. Su cerebro estaba hecho un lío: por un lado, pensaba que todos se habían puesto de acuerdo para tomarle el pelo; por otro, sabía que nadie tendría el tiempo ni las ganas para organizar una farsa así en un momento tan crítico.
Esperanza, en cambio, estaba sentada con total serenidad.
Llegó el desayuno que había pedido, y mandó a sus guardaespaldas a meterlo a la sala. Había suficiente para todos, incluyendo, por supuesto, a Carolina.
Carolina miraba la comida caliente sobre la mesa con la respiración entrecortada; seguía sin creérselo.
—¿Qué pruebas tienes para demostrar que tú eres la doctora Jara?
—El hecho de que esté sentada aquí es mi prueba —respondió Esperanza.
—Señorita Luque, la señorita Jara es la señorita Jara, ¿quién más podría ser? —intervino alguien—. Todos la conocemos. Usted llegó cuando el proyecto ya estaba en sus últimas etapas, por eso nunca se cruzaron.

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