—¿Y acaso el estándar mínimo deja de ser un estándar? —replicó el señor Federico con tono severo—. Si no tienen pruebas contundentes de que Caro filtró secretos, déjennos ir. Ya colaboramos con su investigación.
—Usted se puede ir, señor Federico, pero Carolina y Valentín no. —El oficial al mando les hizo una seña a sus hombres para que lo escoltaran a la salida.
El señor Federico, en efecto, solo había acudido a colaborar con la investigación y realmente ignoraba los asuntos entre su nieta y Valentín.
En cuanto a haber movido influencias para acomodar a su nieta, eso no era competencia de la policía.
De sancionarla, se encargaría el instituto de investigación.
Sin embargo...
—Señor Federico, acabamos de enviar a alguien. Dado que el ingreso de Carolina al proyecto fue demasiado tardío, que no aportó absolutamente nada, y que existe la sospecha de filtración de información clasificada, los líderes del instituto han decidido expulsar a Carolina del Proyecto Nexo de manera definitiva.
La habían echado.
El señor Federico se estremeció de pies a cabeza, con los ojos abiertos de par en par, atónito.
Había allanado el camino durante cuatro años, logrando con muchísimo esfuerzo meter a su nieta al Proyecto Nexo. Estaban a un paso de consolidar todo, ¿y ahora se esfumaba así nada más?
Años de conspiración y planes tirados a la basura.
Al señor Federico le faltó el aire y se desmayó en el acto.
Poco después, el sonido de las sirenas anunció la llegada de la ambulancia que se lo llevó al hospital.
***
En el Edificio San Laureano.
Durante la hora de comida, el profesor Chávez buscó a Esperanza. Aún llevaba en la mano los documentos impresos de Benicio, totalmente arrugados, como si los hubiera estrujado con furia.
—¿Quieres... echarles un ojo? —preguntó el profesor Chávez con sumo cuidado.
Teresa, que estaba al lado sin entender mucho, se acercó llena de curiosidad. Al ver que Esperanza asentía, tomó los papeles. De no haberlos visto no habría pasado nada, pero la lectura la dejó atónita.
Teresa exclamó sorprendida:
—Con razón la señorita Luque traía puras bolsas, ropa y zapatos de diseñador nuevecitos todos los días. ¡Resulta que el director Salinas era su benefactor! Pero... ¿el director Salinas no llevaba ya tiempo casado? Cuatro años de matrimonio... Esperanza, creo que tú también llevas cuatro años de casada...
—Sí —asintió Esperanza—. Mi exesposo es Valentín.
Se escuchó un golpe sordo.
Los papeles cayeron de las manos de Teresa al piso.
Pasó de la conmoción absoluta a entrar en pánico en un segundo.

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