—Solo es un nombre común; ella es una oficinista cualquiera —explicó Valentín sin darle importancia.
—Aunque bueno, que Esperanza comparta el nombre con alguien de tu proyecto ya es todo un honor para ella.
—Vaya que sí —Carolina sonrió—. La Esperanza de nuestro proyecto es muy fregona.
Tan fregona que le caía en la punta del hígado. Escudándose en su puesto como líder del proyecto, no solo no la había recibido con los brazos abiertos, sino que ni siquiera le permitía el acceso a la zona restringida.
Definitivamente, la gente llamada Esperanza le resultaba detestable.
Esperanza miró fijamente a Carolina:
—¿Qué clase de proyecto está dirigiendo, señorita Luque?
Antes de que Carolina pudiera responder, Valentín intervino con fastidio:
—Tú no entiendes de estas cosas, no hagas preguntas indiscretas. Es un proyecto confidencial a nivel nacional, no se puede andar divulgando.
—Si es tan confidencial, ¿por qué parece que ustedes sí están enterados de todo? —le devolvió Esperanza, tajante.
Carolina se quedó en blanco; la forma en que miraba a Esperanza cambió sutilmente.
Se giró hacia Valentín y le comentó:
—Tu esposa es bastante ocurrente.
Valentín frunció el ceño y volvió a desacreditar a Esperanza frente a todos:
—Ya te dije que no sabes de esto, ¿para qué sigues preguntando?
A Esperanza se le hizo un nudo en la garganta.
Valentín ni siquiera la miraba; toda su atención estaba puesta en Carolina.
Carolina esbozó una sonrisa triunfal, y un segundo después fingió una mueca forzada para cambiar de tema.
—Valentín, al principio pensé que lo de tu boda era... una broma.
Las últimas palabras sonaron con cierto toque de amargura.
El rostro de Valentín se tensó nuevamente.
Ambos se quedaron mirándose en silencio.
La atmósfera alrededor se volvió notoriamente pesada.
Valentín respondió:
—No fue una broma.
Hubo otro silencio prolongado.
Carolina lanzó una frase ambigua:
—De pronto me arrepiento de algunas cosas.
Esperanza notó claramente cómo la mano de Valentín, que rozaba la suya, tembló levemente.
—Señora Salinas, no me malinterprete. Lo que quiero decir es que Valentín me llamó para invitarme, y me arrepiento de no haber podido venir a su boda. Pensé que solo lo decía para molestarme.
Mientras hablaba, Carolina no le quitaba los ojos de encima a Valentín. A Esperanza, que vestía con ropa de mercado y no llevaba una gota de maquillaje, ni siquiera la tomaba en cuenta.
De pronto, a Esperanza le vinieron a la memoria todos esos detalles de su boda que le habían parecido extraños pero a los que no les encontraba explicación.
Su boda había sido un evento muy íntimo; los únicos invitados habían sido los mejores amigos de Valentín y la familia Salinas.
A pesar de eso, Valentín se la pasó riendo y brindando con sus amigos hasta altas horas de la madrugada, para finalmente regresar tropezándose a la habitación.
Estaba tan borracho que, al empujar la puerta, cayó de sentón al piso, con una botella de licor en una mano y el celular apretado en la otra.
Sus ojos, algo enrojecidos, ocultaban una emoción indescifrable mientras sus nudillos se tensaban y se relajaban sobre el teléfono.
Cuando se acercó a él, vio claramente que Valentín tenía lágrimas en los ojos.
—Qué pena...
Valentín empujó el plato de frutas hacia Esperanza y dijo:
—No pasa nada, Esperanza no tiene grandes logros académicos, pero esto de picar fruta se le da muy bien. Hasta te hace figuritas con ella.
Antes, Esperanza tampoco sabía hacer eso. Sin embargo, como a Valentín no le gustaba la fruta y ella sabía que la necesitaba por salud, siempre tenía que buscar la forma de rogarle que se la comiera.
Una vez, Valentín le dijo: «La verdad no se me antoja nada, a menos que me la sirvas en figuritas».
Y ella se lo tomó en serio; buscó tutoriales y aprendió a cortar la fruta de formas creativas y adornar los platos.
Y ahora resultaba que todas esas cosas que había aprendido por amor eran vistas por él como simples habilidades de una sirvienta de poca monta.
Esperanza agarró la manzana de la mesa, la limpió con la mano y, sin pelarla, le dio una mordida. El jugo dulce y crujiente resbaló por su garganta, calmando apenas un poco la amargura de su corazón.
—Tengo las manos ocupadas, mejor que lo haga la señorita Luque.
Valentín se le quedó viendo con fijeza a Esperanza, con el ceño sumamente fruncido.
Llevaba un par de días que no entendía qué bicho le había picado a Esperanza, pues andaba a la defensiva y se había vuelto rebelde.
Masticando la manzana y haciendo un crujido sordo bajo la mirada desaprobatoria de todos, Esperanza añadió:
—La familia del afectado allá afuera sigue esperando la indemnización. Tus papás aseguran que yo tengo tu dinero, pero aparte de los tres mil pesitos al mes que me das, no recuerdo que me hayas dado más. Vas a tener que ir a arreglarlo tú mismo.
Su tono de voz era helado.
A Valentín se le tensó la mandíbula de puro coraje.
La sonrisa de Carolina se congeló en su rostro y se apresuró a decir:
—Bueno, ya vi que Florencia está fuera de peligro, mejor me retiro.
—Yo te acompaño —soltó Valentín de inmediato. Quizás dándose cuenta de que verse tan atento con otra mujer frente a su esposa se veía mal, miró de reojo a Esperanza con cierta incomodidad, y rápidamente le tendió su tarjeta bancaria—. Ve a negociar lo de la compensación.

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