La palabra «envenenada» era el mayor trauma en la vida de Valeriano.
Con solo escucharla, su cuerpo comenzó a temblar.
Sumado a que esta vez se trataba de su abuela, la persona que más respetaba en el mundo, su respiración se descontroló en un instante.
—¡Muéstrame el camino, rápido!
Roxana frunció el ceño al ver al sirviente alejarse a toda prisa empujando la silla de Valeriano.
En realidad, no quería involucrarse en los problemas de la familia Sandoval, pero al recordar cómo esa amable anciana le había sostenido la mano con tanto cariño, no pudo evitar sentir compasión.
Desde pequeña, nunca había sido del agrado del matrimonio Maldonado. Jamás había participado en ninguna de las fiestas de los Maldonado, ni en las invitaciones de otras familias.
No fue sino hasta que sus padres biológicos la llevaron a casa que supo lo que se sentía ser verdaderamente amada.
Doña Beatriz era la única figura mayor que, sin conocerla de nada, la había tratado con especial afecto. Si realmente estaba envenenada, no podía quedarse de brazos cruzados.
Para cuando regresó al salón principal, el lugar era un caos absoluto.
—¡Qué susto me he dado! Estaba a punto de felicitar a la señora cuando de pronto su rostro cambió, se llevó las manos al pecho y vomitó una bocanada de sangre. ¡Menos mal que yo estaba a una distancia prudente, si no, me habrían echado la culpa a mí!
—Yo también lo vi. Estaba perfectamente bien un segundo antes, ¿cómo es que empezó a vomitar sangre de repente?
—Y no se había escuchado que estuviera enferma. A su edad, que vomite sangre no es un buen presagio, ¿verdad?
—¡Cállense! ¿Acaso quieren empeorar las cosas? ¡Cuidado y los escuche alguien de la familia Sandoval, pensarán que le están echando una maldición a la pobre señora!
Al escuchar estos comentarios, Roxana dedujo que los síntomas de Doña Beatriz no parecían los de un envenenamiento común.
Le preguntó a alguien dónde se encontraba exactamente la señora en ese momento y se dirigió hacia allá sin dudarlo.
Elena, sabiendo que esa era la medicina salvavidas de su hija, sintió pena de entregarla.
—Querido, esta medicina es extremadamente valiosa, solo nos quedan dos. Si se la damos a alguien más, a Alcira solo le quedará una. Además, con esa... con la víbora de Roxana, es probable que no nos vuelva a dar sangre. Si Alcira corre peligro, ¿quién la salvará?
Ricardo la fulminó con la mirada.
—¿A qué le tienes miedo? ¿Acaso el doctor no dijo que Alcira ya está completamente sana? Con una píldora de reserva es suficiente. Además, si esta medicina realmente salva a Doña Beatriz, ¡la familia Maldonado tendrá el futuro asegurado!
Alcira también pensó que el trato valía la pena y trató de persuadirla con voz dulce.
—Mamá, no te preocupes por mí. Ahora estoy muy bien de salud, no me pasará nada. Pero Doña Beatriz ya es mayor. Además, me duele verlos salir temprano y volver tarde todos los días tratando de resolver los problemas de la empresa. Antes no podía hacer nada, pero ahora que por fin puedo ayudarlos, me siento feliz.
Ricardo, que hace un momento solo pensaba en el beneficio de la empresa sin considerar los sentimientos de su hija, sintió una cálida corriente en el corazón al escucharla preocuparse por ellos. La miró con profundo cariño.
—Me hace muy feliz saber que Alcira piensa en el bienestar de toda la familia.

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