—¡Eres una mocosa insolente que no conoce los límites! ¡¿Tienes idea de quién es el señor Sandoval para atreverte a tratarlo con tus remedios sin preguntar?! ¡Si algo sale mal, ni se te ocurra echarle la culpa a otros! Aprovecha que aún no te han reclamado y ve a arrodillarte y suplicarle que te perdone, ¡o ni tu padre ni yo podremos salvarte!
Ricardo apoyó de inmediato las palabras de Elena.
Aunque Roxana se hubiera acercado a los Soler, todavía no formaba parte oficial de esa familia. Y si sus intereses se veían amenazados, los Soler la desecharían sin pensarlo.
Frunciendo el ceño, la reprendió con dureza:
—¡Tu madre tiene razón! Podrás hacer lo que quieras con otras cosas, pero lo que hiciste hoy me lo vas a tener que explicar. ¡Si no, todos dirán que los Maldonado no sabemos educar a nuestros hijos, y nos vas a arrastrar a todos a ser la burla de la ciudad!
Roxana soltó una carcajada burlona.
—¿Y quién les dijo que no lo curé?
Alcira giró rápidamente la cabeza hacia la barrera de hombres y notó que Leandro, que estaba asomado, tenía un semblante sombrío. Fingiendo preocupación, exclamó:
—¡Hermana, de verdad fuiste muy imprudente esta vez! Mis padres y yo jamás habíamos escuchado que supieras de medicina. El cuerpo del señor Sandoval es muy delicado. ¡¿Cómo pudiste atreverte a tratarlo tú misma sin esperar a un doctor profesional?! ¡¿Acaso querías lastimarlo a propósito?! ¡¿Cómo vas a arreglar este desastre ahora?!
Yara, que había estado sentada esperando el desenlace, sintió que el corazón le latía a mil por hora al ver la expresión impasible de Roxana.
«¿No logró salvarlo?»
Abrió la boca para sumar más leña al fuego, pero antes de que pudiera decir una palabra...
Darío se irguió como un león enfurecido, lanzando una mirada fulminante a la familia Maldonado.
—¡Si dicen una palabra más, les juro que no saldrán vivos de El Mirador esta noche!
Yara sintió que el dolor en su pecho se intensificaba.
En toda su vida, Darío siempre había sido el más tranquilo y paciente de sus tres hermanos.
Era la primera vez que lo veía tan iracundo.
Y no lo hacía para defenderla a ella, sino a Roxana.


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