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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 951

Al escuchar a la gerente decir que aún quedaba un diseño exclusivo por mostrar, una sonrisa burlona asomó en los labios de Yara Soler.

«¿Desde cuándo las gerentes se guardan lo mejor para el final?», pensó con desdén.

Giró la mirada hacia Gema Carrillo y, fingiendo una expresión de disculpa, comentó:

—Gema, la gerente ya me mostró todos los diseños de Tercera Armonía. Dudo mucho que lo que queda sea la gran cosa. Aunque diga que es exclusivo, seguro es solo un truco de ventas. ¿Por qué no mejor vamos a otra tienda? No me parece justo que Roxana tenga que elegir entre las prendas que yo ya descarté.

Gema, que ya había notado la actitud sutilmente pasivo-agresiva de Yara hacia Roxana, no le respondió de inmediato. En su lugar, miró a Roxana con genuino respeto.

—Roxana, ¿prefieres esperar a ver ese vestido exclusivo o prefieres que vayamos a mirar otras tiendas?

Al fin y al cabo, Roxana le había salvado la vida. De ninguna manera iba a permitir que la chica se conformara con las sobras de Yara.

Al ver que Gema le daba total prioridad a Roxana, un destello de furia cruzó por los ojos de Yara.

A Roxana, sin embargo, la situación la tenía sin cuidado.

—Esperemos un momento —respondió con tranquilidad—. Recuerdo que en el último desfile de Tercera Armonía presentaron un vestido largo inspirado en Blancanieves, pero con un toque muy tradicional. Quiero ver si es ese.

Ante la mención, Yara recordó de pronto haber visto ese mismo desfile por televisión. Solo que, en aquel momento, estaba tan ocupada intentando convencer a sus padres de que la llevaran a Estados Unidos que no le prestó mucha atención.

Además, estaba tan convencida de que la gerente ya le había sacado lo mejor de la tienda, que ni siquiera se le cruzó por la mente preguntar.

Pero en el fondo, su ego le dictaba que ningún vestido podía superar a los que ella ya había elegido.

Al notar el interés de Roxana, Gema asintió con una sonrisa.

—Perfecto, entonces esperaremos.

Poco después, la gerente regresó.

En sus manos llevaba un vestido largo en tonos blanco y azul. Sobre una extensa y prístina base blanca, delicados toques azules resaltaban en la cintura y el dobladillo, como pinceladas maestras. El diseñador había añadido una capa exterior de tul finísimo, lo que le daba a la prenda una caída etérea y ligera, como si estuviera hecha de nubes. Era la personificación de la elegancia pura.

Yara no podía apartar los ojos del vestido. Encajaba perfectamente con sus gustos.

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