—Y eso no es todo —intervino el director de Compras—. Cada vez que el director Salas se reúne con los representantes de GM o OI, exige llevar regalos, y nos obliga a nosotros a comprarlos. Cada obsequio supera las decenas de miles de pesos. Si me niego, arma un escándalo y destruye nuestra oficina. Nos morimos de rabia, pero no nos atrevemos a decir nada.
El rostro de Roxana se volvió un tempano de hielo.
—¿Por qué no se atreven?
—Bueno...
El director de Relaciones Públicas dudó y miró a los otros dos directores.
Ambos parecían igual de indecisos.
—¡A estas alturas, de qué sirve callarnos! —explotó finalmente el director de Compras, incapaz de contenerse—. Presidenta, como usted no suele venir mucho a la sede principal, no sabe que Sebastián Salas tiene contactos muy pesados.
Su hermano menor se casó con la sobrina del líder de la Familia Solórzano, por lo que los Salas ahora son parientes de esa mafia.
Además, hace poco surgieron rumores de que su sobrina, Donia Salas, está involucrada con el Príncipe Zachary. Y es verdad, porque el asistente del príncipe vino hasta la empresa para buscarla, trayéndole un ramo gigante de rosas y un anillo de diamantes.
Por eso nos hacemos de la vista gorda. No queremos provocarlo.
Al escuchar esto, el director de Relaciones Públicas y el de Recursos Humanos asintieron de inmediato.
Los demás ejecutivos también se sumaron a la queja.
—Así es, lidiar con la Familia Solórzano ya es un dolor de cabeza, y ahora también está el Príncipe Zachary.
—Exacto. No podemos darnos el lujo de ofender al Príncipe Zachary, así que solo nos queda aguantarnos y mirar hacia otro lado.
—Pero hay que admitirlo, la suerte de los Salas es envidiable. ¡Quién diría que el Príncipe Zachary se fijaría en ella!
Al mencionar ese detalle, los demás sintieron un pinchazo de envidia.
¿Por qué a ellos nunca les tocaba semejante golpe de suerte?
Roxana ya tenía muy claro cuál era el origen del problema.
—¿Daniel y Julián no estaban al tanto de esto?

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