Después de que Silvano le consultara unas dudas académicas, y al enterarse de que ella estaba por salir, le lanzó una advertencia en voz baja:
—Roxana, después de que echaron a Marco de la universidad, su familia no pudo reubicarlo en ninguna otra institución del mismo nivel. Como Marco no ha parado de meter cizaña, la familia Sarmiento te guarda un rencor terrible. Ten mucho cuidado si vas a salir, lo más prudente sería que te quedaras en el campus.
La Universidad del Sur era de acceso restringido, por lo que, por más furiosos que estuvieran los Sarmiento, no se atreverían a causar un escándalo allí.
Aunque Roxana no les tenía el menor temor, valoró la buena intención de Silvano.
—De acuerdo, tendré cuidado.
Al ver que había aceptado su consejo, Silvano caminó junto a ella hacia la salida.
Apenas cruzaron la puerta, se toparon con Caleb Valente, quien parecía estar esperando.
—Roxana, tengo algo que decirte.
Roxana, que no sentía ninguna familiaridad con él, lo rechazó con naturalidad.
—Tengo cosas que hacer, no tengo tiempo.
Toda la ilusión de Caleb fue aplastada por su fría indiferencia.
Él era uno de los jóvenes más codiciados de la universidad y heredero de una familia acomodada en Puerto Esperanza. Siempre había sido brillante y objeto de admiración constante.
Su orgullo no le permitía rogarle por segunda vez.
Sin decir más, se dio la vuelta y se marchó con expresión gélida.
León Valdés, que no se había perdido la escena, preguntó intrigado:
—¿Qué mosca le picó a ese niño rico? ¿No se suponía que quería hablar contigo? ¿Por qué se fue así nomás?
—No lo sé —respondió Silvano con sinceridad.
León miró a Roxana con curiosidad.
—¿Tú qué crees, Jefa?
—No es asunto mío —Roxana le restó importancia y siguió caminando—. Me voy.
—¡Jefa! ¿Adónde vas? ¡Llévame contigo! —León, que había estado esperando el momento perfecto para pegarse a ella como chicle, no iba a desaprovechar la oportunidad.
Roxana fue tajante:

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